Una contradicción insuperable

Redacción

Por Redacción

Si la ciudadanía se atuviera a criterios rigurosamente racionales, la enfermedad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debilitaría mucho al oficialismo que, como es notorio, depende casi por completo de su liderazgo, pero sucede que, cuando de las preferencias políticas se trata, la fría lógica suele influir muy poco. No sólo aquí sino también en todos los demás países, el destino de los dirigentes se ve determinado por un conjunto de factores emotivos como la imagen, el deseo de cada uno de sentirse parte de un movimiento popular o minoritario y prejuicios por lo común reprimidos. Así, pues, mientras que algunos especialistas creen –o desean– que el oficialismo se verá beneficiado por la voluntad de muchos de ayudar a Cristina en un momento difícil, ahorrándole el mal trago que le supondría la derrota humillante de los candidatos oficialistas que se prevé, otros creen que, a diferencia de lo que ocurrió después de la muerte imprevista de su marido, el expresidente Néstor Kirchner, el que haya sido operada nuevamente no incidirá del todo en los resultados de las elecciones legislativas. A menos que nos aguarde una sorpresa mayúscula, nunca sabremos la respuesta al interrogante que ha dado pie a tanta especulación en los días últimos. Sea como fuere, no cabe duda de que la salud –la que según parece es mucho más frágil de lo que se creía– de la presidenta continuará ocasionando inquietud. Aun cuando en el corto plazo Cristina se vea beneficiada por la voluntad de muchos de manifestarle su solidaridad, es probable que, andando el tiempo, hasta los más decididos a respaldarla se acostumbren a la idea de que su “ciclo” ya ha entrado en su fase final y que por lo tanto ha llegado la hora de dejar de aferrarse al pasado para pensar en el futuro. De ser así, nos espera un período de inestabilidad en que distintas personas y agrupaciones maniobren preparándose para tomar el relevo. De éstas, las kirchneristas llevan las de perder. Aunque el caudillismo unipersonal que reivindican los oficialistas más resueltos siga siendo lo que en el fondo la mayoría más quiere, en sus filas no se encuentra nadie que esté en condiciones de reemplazar a Cristina, ya que a su juicio el gobernador bonaerense Daniel Scioli, a pesar de sus manifestaciones repetidas de lealtad hacia la presidenta, es en verdad un liberal, cuando no un derechista, que se las ha ingeniado para ocupar un lugar destacado en el organigrama oficial. En cuanto al intendente de Tigre, Sergio Massa, sus intentos por diferenciarse del gobierno del que formó parte podrían costarle el apoyo del óptimamente financiado aparato político gubernamental. A los kirchneristas no les resultará nada fácil solucionar los problemas planteados por la naturaleza contradictoria de un movimiento que, según sus voceros más locuaces, aspira a perpetuarse en el poder, porque, en su opinión, para completar “la revolución” que se imaginan protagonizando necesitaría contar con al menos cincuenta años más. Para justificar tales pretensiones, los “militantes” han exaltado la figura de la jefa hasta tal punto que la han separado de todos sus seguidores fieles, de los que ninguno podría cosechar votos en cantidades suficientes como para sucederla, razón por la que tantos dirigentes oficialistas han tenido que mantener un perfil bajo hasta que la campaña electoral haya llegado a su fin. Asimismo, la presidenta, por razones personales y también para impedir que surgieran rivales internos capaces de hacerle sombra, optó desde el primer día de su gestión por rodearse de hombres y mujeres que le deberían todo y por lo tanto no soñarían con desobedecerle. Luego del triunfo electoral de octubre del 2011, los kirchneristas más fervientes querían aprovechar la oportunidad para reformar la Constitución a fin de permitir la reelección permanente, como ya es habitual en Santa Cruz y tantas otras provincias, pero no lograron hacerlo. Parecería que olvidaron que ninguna reforma constitucional los ayudaría a superar el hecho de que Cristina sea tan propensa como el que más a sufrir problemas de salud como los que la han obligado a internarse en distintos hospitales. En el ámbito de la política como en cualquier otro, es siempre un error apostar demasiado a que una persona, por imprescindible que fuera, resulte ser inmune a los problemas que afectan a todos los demás mortales.


Si la ciudadanía se atuviera a criterios rigurosamente racionales, la enfermedad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debilitaría mucho al oficialismo que, como es notorio, depende casi por completo de su liderazgo, pero sucede que, cuando de las preferencias políticas se trata, la fría lógica suele influir muy poco. No sólo aquí sino también en todos los demás países, el destino de los dirigentes se ve determinado por un conjunto de factores emotivos como la imagen, el deseo de cada uno de sentirse parte de un movimiento popular o minoritario y prejuicios por lo común reprimidos. Así, pues, mientras que algunos especialistas creen –o desean– que el oficialismo se verá beneficiado por la voluntad de muchos de ayudar a Cristina en un momento difícil, ahorrándole el mal trago que le supondría la derrota humillante de los candidatos oficialistas que se prevé, otros creen que, a diferencia de lo que ocurrió después de la muerte imprevista de su marido, el expresidente Néstor Kirchner, el que haya sido operada nuevamente no incidirá del todo en los resultados de las elecciones legislativas. A menos que nos aguarde una sorpresa mayúscula, nunca sabremos la respuesta al interrogante que ha dado pie a tanta especulación en los días últimos. Sea como fuere, no cabe duda de que la salud –la que según parece es mucho más frágil de lo que se creía– de la presidenta continuará ocasionando inquietud. Aun cuando en el corto plazo Cristina se vea beneficiada por la voluntad de muchos de manifestarle su solidaridad, es probable que, andando el tiempo, hasta los más decididos a respaldarla se acostumbren a la idea de que su “ciclo” ya ha entrado en su fase final y que por lo tanto ha llegado la hora de dejar de aferrarse al pasado para pensar en el futuro. De ser así, nos espera un período de inestabilidad en que distintas personas y agrupaciones maniobren preparándose para tomar el relevo. De éstas, las kirchneristas llevan las de perder. Aunque el caudillismo unipersonal que reivindican los oficialistas más resueltos siga siendo lo que en el fondo la mayoría más quiere, en sus filas no se encuentra nadie que esté en condiciones de reemplazar a Cristina, ya que a su juicio el gobernador bonaerense Daniel Scioli, a pesar de sus manifestaciones repetidas de lealtad hacia la presidenta, es en verdad un liberal, cuando no un derechista, que se las ha ingeniado para ocupar un lugar destacado en el organigrama oficial. En cuanto al intendente de Tigre, Sergio Massa, sus intentos por diferenciarse del gobierno del que formó parte podrían costarle el apoyo del óptimamente financiado aparato político gubernamental. A los kirchneristas no les resultará nada fácil solucionar los problemas planteados por la naturaleza contradictoria de un movimiento que, según sus voceros más locuaces, aspira a perpetuarse en el poder, porque, en su opinión, para completar “la revolución” que se imaginan protagonizando necesitaría contar con al menos cincuenta años más. Para justificar tales pretensiones, los “militantes” han exaltado la figura de la jefa hasta tal punto que la han separado de todos sus seguidores fieles, de los que ninguno podría cosechar votos en cantidades suficientes como para sucederla, razón por la que tantos dirigentes oficialistas han tenido que mantener un perfil bajo hasta que la campaña electoral haya llegado a su fin. Asimismo, la presidenta, por razones personales y también para impedir que surgieran rivales internos capaces de hacerle sombra, optó desde el primer día de su gestión por rodearse de hombres y mujeres que le deberían todo y por lo tanto no soñarían con desobedecerle. Luego del triunfo electoral de octubre del 2011, los kirchneristas más fervientes querían aprovechar la oportunidad para reformar la Constitución a fin de permitir la reelección permanente, como ya es habitual en Santa Cruz y tantas otras provincias, pero no lograron hacerlo. Parecería que olvidaron que ninguna reforma constitucional los ayudaría a superar el hecho de que Cristina sea tan propensa como el que más a sufrir problemas de salud como los que la han obligado a internarse en distintos hospitales. En el ámbito de la política como en cualquier otro, es siempre un error apostar demasiado a que una persona, por imprescindible que fuera, resulte ser inmune a los problemas que afectan a todos los demás mortales.

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