Cosa de idiotas

Por Redacción

Cuando los políticos oficialistas más influyentes, los que están resueltos a aferrarse a lo que ya han conquistado o se preparan para ser reemplazados, quieren intercambiar mensajes poco amistosos, lo hacen en código para que, si les conviene, puedan desdecirse más tarde, lo que plantea dificultades a los demás, ya que a veces les cuesta entender lo que está pasando en la cima del poder. Aunque muchos suponen que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner aludía no sólo al gobernador bonaerense Daniel Scioli sino también a Sergio Massa, cuando, desencajada, afirmó, entre otras cosas, que se siente “un poquito cansada, no de gobernar, sino de que algunos se hagan los idiotas o me tomen a mí por idiota” porque no la defienden con el ardor que quisiera, el intendente de Tigre insistió en que no fue blanco de la sorprendente invectiva presidencial si bien, conforme a las encuestas de opinión, tiene el “millón de amigos” cuya presunta existencia motiva el furor de los kirchneristas más vehementes. Parecería que Massa ha adoptado la misma estrategia de Scioli que, según Cristina, consiste en “hacerse el idiota”, distanciándose subrepticiamente de un gobierno que corre riesgo de hundirse, pero absteniéndose de aclarar lo que tiene en mente. A juzgar por los resultados iniciales, la estrategia “idiota” funciona muy bien. A pesar de los problemas ocasionados tanto por el deterioro rápido de la maltrecha economía nacional como por la hostilidad de la dueña de la caja que nunca vacila en privar a los “desleales” de los fondos que les corresponden, Scioli se las ha arreglado para conservar el apoyo de una proporción sustancial de los bonaerenses y el respeto de otros habitantes del país. Sin vestirse con una camiseta opositora, el gobernador ha logrado posicionarse como una alternativa al kirchnerismo más rudimentario, un hombre que, de mudarse a la Casa Rosada, aseguraría “cambio” y “continuidad”, una combinación que acaso sea imposible de concretar pero que así y todo suena atractiva. Pero, claro está, tanta ambigüedad calculada molesta muchísimo a aquellos kirchneristas que se imaginan destinados a llevar a cabo una especie de revolución nacionalista e izquierdista. Ven en Scioli a un oligarca disfrazado de militante popular, un reaccionario como el satanizado jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, que ha conseguido infiltrar su movimiento. Massa, sin duda impresionado por la capacidad de Scioli para mantenerse a flote en las turbulentas aguas del poder kirchnerista, está imitándolo. Es de suponer que cree que tarde o temprano Scioli pagará un precio abultado por haberse quedado tanto tiempo cerca de Cristina y por haber reaccionado frente a los agravios que le ha propinado con nada más que una sonrisa amable, como si sólo se tratara de manifestaciones heterodoxas de cariño. A diferencia del gobernador, el que forma parte de la desprestigiada élite política desde que el entonces presidente Carlos Menem decidió que el deportista podría resultarle útil, Massa es considerado un recién llegado. Si bien, por ser cuestión de un político ambicioso, estará pensando en cómo trasladarse de la intendencia de Tigre a la presidencia de la República, puede darse el lujo de esperar algunos años más. Parecería que, por motivos comprensibles, no le interesa hacer causa común con los kirchneristas, pero tampoco quiere vincularse estrechamente con Scioli que, al fin y al cabo, ocupa el mismo lugar en el mapa político. Otra opción consistiría en aproximarse a Macri y, tal vez, al exministro de Economía Roberto Lavagna, para formar un polo centrista que, de resultar tan espectacular el naufragio del kirchnerismo como es razonable prever, podría aprovechar la oportunidad así planteada para consolidarse. Mientras tanto, Massa y Scioli “se harán los idiotas”, procurando no cometer demasiados errores o participar prematuramente de peleas que deslucirían su imagen de ser dirigentes sensatos, moderados, contrarios a los excesos y, huelga decirlo, al “odio y el fanatismo” que, en palabras del gobernador, están privando a los argentinos de un “punto de encuentro” y que, según la interpretación atribuida a Cristina, fue su forma, codificada como ya es habitual, de acusarla de ser la responsable principal del clima de crispación que se ha difundido por todo el territorio nacional.

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