En desventaja
Dejar el refugio que es la casa para afrontar un “afuera” hostil, como es luchar y padecer el tránsito de la mañana temprano -el que yo llamo la hora de los locos (y locas) -; los primeros aires fríos del otoño, el cruce con autómatas humanos que marchan cabeza abajo (¿por qué?), ya es más que suficiente. Sin embargo, hay una circunstancia que hace enfrentar nuestro ídolo de cemento y metal ciudadano con mayor desventaja. Me explico. Quien más quien menos, nos armamos de unos mates, cafecitos, leche con tostadas, según costumbres y edades -porque incluyo en este ejército matutino a nuestros niños, niñas, adolescentes, que también marchan hacia su labor-. Salvo cuando hay que ir al laboratorio. ¡Ah! Ya nos entendemos, de tal forma que todo lo que sigue está de sobra, y sin embargo lo escribiré para usted porque ¿de qué hablaríamos los seres humanos si no intercambiamos costumbres y rupturas? ¿En ayunas?, preguntamos, con la secreta y fallida esperanza de que nos respondan “no”. Sí, hay que ir en ayunas, y esto ya es traumático, y usted y yo tratamos de ir lo más temprano posible, cosa de balancear esa experiencia con algo caliente y lleno de energías, de vuelta a casa, o en el trabajo, o donde acostumbre a llenar el tanque (perdón, es una forma de decir producto de la guerra del combustible). ¿Eso es todo? No. A esta desventaja tremenda de afrontar el trajinar típico de cualquier mañana en cualquier ciudad de nuestro territorio, hay que sumarle una humillación inevitable: el frasquito con la orina. Según he notado, tratamos de disfrazarlo de las más diversas formas: envuelto en papelitos, bolsitas, extraído de carteras inconmensurables o bolsillos profundos, no importa. Llegará el momento en que a la vista de toda la vasta clientela que se apiña temprano, tendremos que exhibir y entregar el frasquito. “¿Esta es la orina”? preguntan a menudo, innecesariamente, porque, ¿qué va a ser? Creo que hay en alguna gente una perversa satisfacción en dejarnos en evidencia con nuestra intimidad líquida, una suerte de revancha de tener que trajinar con ella multiplicada por decenas. Y si se trata del frasquito con nuestra intimidad sólida… Después falta el ritual en realidad más traumático, la oblación de nuestra sangre. Es posible que al estar un poco en estado de sueño, el trámite más significativo, más ancestral del ser humano, convertido por la tecnología moderna en una jeringa que se llena con nuestro rojo flamante, quede piadosamente atenuado. Le deseo buenas venas y eficaces extractores humanos. Una vez, hace mucho, un mucho que parece cercano como pasa con los momentos intensos, cierta dama hurgueteaba en mi brazo como el plomero en la cañería. Ella se estaba poniendo nerviosa, y yo estaba al borde del desmayo. Tras años de dejar estos muestrarios de nuestro funcionamiento, que luego se traducirán en siglas, números, palabras complejas que algún profesional decodificará, tras años, le decía, puedo aportarle algo, respecto de los envases vergonzosos: es peor tratar de ocultar lo inocultable. Así que me parece sabio imitar a Bárbara Streisand, la de la nariz infinita. Esta admirable actriz y cantante la exhibe con la naturalidad con que Su Majestad el Rey de España posa con su elefante muerto: cierta orgullosa displicencia (claro que a él le costó caro el descaro). Y piense que lo mejor está por venir: el mate o el cafecito que borren al primer sorbo esta impiadosa manera de empezar el día.
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
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