Un desastre compartido



Le tocó a la calificadora de riesgo Moody’s señalar algo que, si bien es evidente, muchos suelen pasar por alto: la evolución nada promisoria de la economía argentina está teniendo repercusiones muy negativas para toda América del Sur. Según los autores del informe, el deterioro, que con toda seguridad se agravará en los meses próximos, “amenaza con dañar gran parte del progreso social logrado durante la última década”. Puede que los técnicos de la consultora norteamericana hayan exagerado un poco, ya que los gobiernos de los demás países latinoamericanos, sobre todo los de Brasil y Uruguay, habrán tomado medidas para atenuar el impacto del desplome previsible de una economía que, como todos saben muy bien, siempre ha sido proclive a alternar etapas de auge con otras de caos inflacionario provocado por gobiernos poco acostumbrados a dejarse preocupar por los molestos detalles fiscales, pero así y todo es inevitable que las convulsiones periódicas de un país tan importante como la Argentina perjudiquen a los vecinos. Por desgracia, se trata de una historia que se ha repetido una y otra vez desde inicios del siglo pasado, pero que sólo adquiriría notoriedad internacional en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Al apartarse la Argentina del camino por el cual avanzarían los países actualmente prósperos, es decir los de Europa occidental, América del Norte y Oceanía, además del Japón, Taiwán, Singapur y Corea del Sur, asestó lo que resultaría ser un golpe demoledor a varias generaciones de latinoamericanos. De haber cumplido el país con las expectativas de quienes lo creyeron destinado a erigirse un día en una potencia auténtica, una versión latina del “Coloso del Norte” sajón, se hubieran beneficiado no sólo sus propios habitantes, pocos de los cuales estarían sumidos en la denigrante pobreza estructural de la que la mayoría no logrará salir a menos que los gobiernos que sucedan al kirchnerista abandonaran por completo la forma de pensar que se ha hecho propia de buena parte de la clase política nacional, sino también decenas de millones de personas en el resto de la inmensa región que se extiende desde Tijuana, en México, hasta Tierra del Fuego. Por cierto, si el ingreso per cápita nacional duplicara o triplicara el actual, aproximándose al australiano, canadiense o estadounidense, como en principio hubiera sucedido de aplicarse políticas parecidas a las adoptadas por los dirigentes de tales países, y si fueran comparables las instituciones gubernamentales y privadas nacionales, la Argentina sería un polo de desarrollo no sólo económico sino también político, social y cultural. No necesariamente sería un país regionalmente hegemónico, como antes de la caída algunos nacionalistas brasileños y chilenos habían temido, puesto que los vecinos, inspirándose en su ejemplo, se hubieran esforzado por emularlo, pero con toda probabilidad ejercería un liderazgo indiscutible. Acaso sea inútil pensar en lo que no fue, en conjeturas “contrafácticas” acerca de lo que pudo haber ocurrido de no haber optado ciertos gobiernos, con la aprobación fervorosa de muchos intelectuales presuntamente lúcidos, por caminos que nos llevarían a una actualidad que nadie en sus cabales consideraría satisfactoria. Con todo, sería saludable reconocer que, a la larga, entregarse al facilismo populista, como han hecho en tantas oportunidades los gobiernos nacionales, puede tener consecuencias calamitosas para muchos otros países. Al caer una y otra vez en la tentación así supuesta, la elite política argentina privó a toda la región de la posibilidad de acompañar a países de tradiciones parecidas del sur de Europa en su viaje hacia un grado de bienestar que, a pesar de los muchísimos problemas que seguirán enfrentando, es muy superior al alcanzable por la mayoría abrumadora de los latinoamericanos. Aunque parecería que en el resto de la región ha servido como una advertencia la debacle que la Argentina está protagonizando con Venezuela, otro país privilegiado por la naturaleza gobernado por populistas más interesados en su propio “relato” que en la realidad, a nuestros vecinos no les será dado impedir que incida de manera muy negativa una crisis que, tal y como están las cosas, parece destinada a ser casi tan destructiva como la del 2001 y el 2002.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA - Domingo 28 de septiembre de 2014


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