La locomotora alemana se frena
La Argentina no es el único país cuyo gobierno quisiera que los pronósticos del FMI acerca de la evolución de la economía nacional en los meses próximos fueran menos pesimistas. También se sienten preocupados por los vaticinios del organismo encargado de vigilar el desarrollo de la economía mundial los gobiernos de Alemania, Francia e Italia, aunque a diferencia del nuestro no les atribuyen a los técnicos de la multilateral intenciones conspirativas, ya que entienden que sería inútil negar que las perspectivas frente a la Eurozona son decididamente malas. El FMI acaba de prever que el año que viene la economía italiana siga achicándose, la francesa apenas crezca y la alemana, con suerte, logre anotarse en el futuro inmediato una tasa de expansión modesta de poco más del 1,3% anual, si bien a juicio de muchos economistas privados lo que le espera a la “locomotora” europea es una recesión prolongada. Por lo demás, tanto el FMI como otras entidades están advirtiendo que la Eurozona, encabezada por Alemania, corre peligro de caer en una trampa deflacionaria parecida a la que en el Japón se debate desde hace un par de décadas. De tener razón los alarmados por el riesgo de deflación, el estancamiento previsto para Europa podría resultar ser permanente. La falta de dinamismo de la Eurozona ha alentado a quienes insisten en que lo que necesita para reanudar el crecimiento es abandonar la política de austeridad que fue adoptada después de la crisis financiera del 2008 y reemplazarla por otra de “relajamiento cuantitativo”, o sea, de paquetes de estímulo como los que han brindado resultados promisorios en Estados Unidos y el Reino Unido, pero el gobierno alemán se le opone por entender que los beneficios serían pasajeros, ya que, entre otras cosas, significaría acumular más deudas. Asimismo, los alemanes son reacios a subsidiar a socios como Francia, Italia y Grecia que, en su opinión, gastan demasiado en esquemas clientelistas, pero sucede que sus propios problemas se deben en buena medida a la caída de las ventas de sus productos industriales en los países en apuros de la franja mediterránea y, lo que les parece aún más grave, en los llamados “emergentes” como China, Rusia y Brasil. Por depender tanto de las exportaciones, Alemania es muy vulnerable a los cambios negativos en otras partes del mundo. Pero no sólo se trata del conflicto ya clásico entre “keynesianos” que se afirman convencidos de que, para salir de una recesión, hay que imprimir más dinero por un lado y, por el otro, los partidarios de reformas estructurales que supuestamente servirían para mejorar la eficacia del conjunto. También están en juego factores culturales y demográficos. Los alemanes y sus vecinos del norte de Europa son proclives a creer que la austeridad es siempre una virtud; por lo tanto, desprecian a quienes acusan de despilfarrar el dinero público. Aunque conforme a las estadísticas los empleados griegos, italianos, franceses y españoles trabajan más horas que sus homólogos teutones, la idea de que éstos se destacan por su apego a “la cultura del trabajo”, mientras que sus vecinos tienden a ser haraganes, está firmemente arraigada en Europa. En cuanto a la demografía, no cabe duda de que el hecho de que Alemania, Italia y otros países de la Eurozona, lo mismo que el Japón, estén envejeciendo con rapidez desconcertante ha tenido un impacto económico muy fuerte que, paradójicamente, ha perjudicado mucho a los más jóvenes que, andando el tiempo, tendrán que aportar los fondos precisos para financiar las costosas “conquistas sociales” que fueron conseguidas por sus mayores cuando se suponía que el crecimiento siempre sería normal. Aunque los poderosos sindicatos de Francia e Italia se resisten a permitir reformas destinadas a hacer más sostenibles los generosos sistemas previsionales que se crearon en circunstancias muy diferentes de las actuales, y más flexibles las leyes laborales, ya que de otro modo millones de jóvenes nunca encontrarán un empleo estable, la batalla que están librando parece perdida de antemano puesto que, como sucedió en la Argentina, “los mercados” tendrán la última palabra. De resultar insostenible un esquema determinado, terminará desplomándose aun cuando todos los políticos y sindicalistas se aseveren resueltos a defender el statu quo cueste lo que costare.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 20 de octubre de 2014
La Argentina no es el único país cuyo gobierno quisiera que los pronósticos del FMI acerca de la evolución de la economía nacional en los meses próximos fueran menos pesimistas. También se sienten preocupados por los vaticinios del organismo encargado de vigilar el desarrollo de la economía mundial los gobiernos de Alemania, Francia e Italia, aunque a diferencia del nuestro no les atribuyen a los técnicos de la multilateral intenciones conspirativas, ya que entienden que sería inútil negar que las perspectivas frente a la Eurozona son decididamente malas. El FMI acaba de prever que el año que viene la economía italiana siga achicándose, la francesa apenas crezca y la alemana, con suerte, logre anotarse en el futuro inmediato una tasa de expansión modesta de poco más del 1,3% anual, si bien a juicio de muchos economistas privados lo que le espera a la “locomotora” europea es una recesión prolongada. Por lo demás, tanto el FMI como otras entidades están advirtiendo que la Eurozona, encabezada por Alemania, corre peligro de caer en una trampa deflacionaria parecida a la que en el Japón se debate desde hace un par de décadas. De tener razón los alarmados por el riesgo de deflación, el estancamiento previsto para Europa podría resultar ser permanente. La falta de dinamismo de la Eurozona ha alentado a quienes insisten en que lo que necesita para reanudar el crecimiento es abandonar la política de austeridad que fue adoptada después de la crisis financiera del 2008 y reemplazarla por otra de “relajamiento cuantitativo”, o sea, de paquetes de estímulo como los que han brindado resultados promisorios en Estados Unidos y el Reino Unido, pero el gobierno alemán se le opone por entender que los beneficios serían pasajeros, ya que, entre otras cosas, significaría acumular más deudas. Asimismo, los alemanes son reacios a subsidiar a socios como Francia, Italia y Grecia que, en su opinión, gastan demasiado en esquemas clientelistas, pero sucede que sus propios problemas se deben en buena medida a la caída de las ventas de sus productos industriales en los países en apuros de la franja mediterránea y, lo que les parece aún más grave, en los llamados “emergentes” como China, Rusia y Brasil. Por depender tanto de las exportaciones, Alemania es muy vulnerable a los cambios negativos en otras partes del mundo. Pero no sólo se trata del conflicto ya clásico entre “keynesianos” que se afirman convencidos de que, para salir de una recesión, hay que imprimir más dinero por un lado y, por el otro, los partidarios de reformas estructurales que supuestamente servirían para mejorar la eficacia del conjunto. También están en juego factores culturales y demográficos. Los alemanes y sus vecinos del norte de Europa son proclives a creer que la austeridad es siempre una virtud; por lo tanto, desprecian a quienes acusan de despilfarrar el dinero público. Aunque conforme a las estadísticas los empleados griegos, italianos, franceses y españoles trabajan más horas que sus homólogos teutones, la idea de que éstos se destacan por su apego a “la cultura del trabajo”, mientras que sus vecinos tienden a ser haraganes, está firmemente arraigada en Europa. En cuanto a la demografía, no cabe duda de que el hecho de que Alemania, Italia y otros países de la Eurozona, lo mismo que el Japón, estén envejeciendo con rapidez desconcertante ha tenido un impacto económico muy fuerte que, paradójicamente, ha perjudicado mucho a los más jóvenes que, andando el tiempo, tendrán que aportar los fondos precisos para financiar las costosas “conquistas sociales” que fueron conseguidas por sus mayores cuando se suponía que el crecimiento siempre sería normal. Aunque los poderosos sindicatos de Francia e Italia se resisten a permitir reformas destinadas a hacer más sostenibles los generosos sistemas previsionales que se crearon en circunstancias muy diferentes de las actuales, y más flexibles las leyes laborales, ya que de otro modo millones de jóvenes nunca encontrarán un empleo estable, la batalla que están librando parece perdida de antemano puesto que, como sucedió en la Argentina, “los mercados” tendrán la última palabra. De resultar insostenible un esquema determinado, terminará desplomándose aun cuando todos los políticos y sindicalistas se aseveren resueltos a defender el statu quo cueste lo que costare.
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