Asignaturas siempre pendientes

Por James Neilson

Redacción

Por Redacción

Como corresponde a una sociedad que a veces parece producir casi tantos psicólogos como toneladas de soja, últimamente se ha puesto de moda atribuir el estilo agresivo del presidente Néstor Kirchner y de sus adláteres a la inseguridad que los carcome, a la conciencia de que si bien ocupan los puestos de mando su poder real es bastante limitado. Estarán en lo cierto quienes piensan de esta manera, pero sucede que aquí ya es tradicional que los gobernantes de turno sientan que su situación es mucho más precaria de lo que los demás suponen y que por lo tanto no les convendría arriesgarse. Desde hace muchos años los miembros más destacados de la clase política parecen convencidos de que les sería inútil, cuando no peligroso, actuar como si se creyeran dueños del destino nacional, y que por lo tanto lo más sabio sería que se limitaran a «manejar la crisis», es decir, a tratarla como algo con lo que les es necesario convivir porque sólo a un iluso se le ocurriría intentar solucionarla.

Esta actitud pasiva, imputable al naufragio de las hipótesis políticas y económicas que los habían entusiasmado cuando eran más jóvenes, está en la raíz de un sinfín de problemas actuales, de los cuales la mayoría tiene su origen en decisiones a primera vista rutinarias que fueron tomadas hace décadas. El estado nada satisfactorio de las organizaciones policiales – «esta policía de gatillo fácil», según una definición reciente del presidente Kirchner- se debe en buena medida a que en otros tiempos los dirigentes políticos más influyentes, sabedores de que reformarlas sería difícil y costoso, optaron por tolerar sus excesos y sus actividades extracurriculares con tal de que protegieran al ciudadano honesto de los delincuentes. El que dicho acuerdo tuviera un sabor mafioso no les perturbaba demasiado: era necesario ser realistas, ¿no?

Al comenzar a proliferar los piqueteros, el grueso de los políticos reaccionó de la misma forma realista, ofreciéndoles tolerancia, subsidios y un lugar respetable en sus estructuras a cambio del compromiso tácito de no traspasar ciertos límites informales. Una vez más, fue cuestión de elegir la manera presuntamente más fácil de afrontar un desafío, en este caso el planteado por la desocupación masiva en un país de instituciones inoperantes. Algunos que aceptaron que en una emergencia tendrían que recurrir una vez más a los viejos instrumentos clientelistas habrán comprendido que de cara al futuro convendría crear un sistema de asistencia social un tanto menos arcaico, pero no lo harán porque aquí las emergencias suelen perpetuarse.

En la Capital Federal y el conurbano bonaerense las consecuencias de la política de confiar en la buena voluntad ajena, porque de lo contrario sería preciso hacer algo, lo que por lo pronto debería considerarse imposible, están a la vista. El pacto entre los partidarios de Eduardo Duhalde y «la mejor policía del mundo» se hizo trizas hace mucho tiempo: según parece, muchos comisarios entendieron que el entonces gobernador cohonestaba sus fechorías. Tal y como están las cosas, lo mismo sucederá con el pacto celebrado por los kirchneristas con los mejores piqueteros del país: como ciertos uniformados, sus jefes tomaron la aprobación oficial por una promesa de impunidad, cuando no por una señal de que había llegado la hora para dar comienzo a una revolución.

Cuando a finales de 1983 Raúl Alfonsín estaba por iniciar su gestión, hizo hincapié en la necesidad de que el nuevo gobierno democrático hiciera sentir su autoridad. Pocos prestaron atención a sus palabras porque en aquel momento el país se entregaba a los placeres del antiautoritarismo, lo que es una lástima porque sin autoridad ningún gobierno, por brutal que fuera, puede hacer mucho más que mantener cruzados los dedos y esperar a que andando el tiempo los problemas se resuelvan sin que nadie se vea constreñido a actuar. Puede que los persuadidos de su propia debilidad no tengan más alternativa que la de dejarse llevar por la corriente, pero por desgracia saber mantenerse a flote en aguas caudalosas no equivale a gobernar bien y, mal que nos pese, cuanto más grave es una crisis, más importante se hace que un gobierno cuente con la autoridad necesaria para impulsar reformas estructurales.

¿Es compatible la democracia con la firmeza? Si no lo es, las perspectivas frente a más de un centenar de países, incluyendo la Argentina, serán lúgubres, pero por fortuna la experiencia de las democracias más consolidadas hace pensar que un gobierno resuelto que logre convencer a la ciudadanía de la necesidad de concretar ciertos cambios puede disfrutar durante años del apoyo popular sin apartarse de las reglas constitucionalmente vigentes.

La Argentina del 2004 está pagando un precio elevadísimo por la resistencia de dirigentes políticos de los años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta y noventa a hacer frente a lo que todos reconocieron eran asignaturas pendientes que un día les sería necesario procurar aprobar. El medio siglo de inflación crónica, con algunos picos hiperinflacionarios, que privó a la Argentina de la posibilidad de emular a países antes más pobres como Italia y España, fue el resultado de la decisión de hombres ya casi olvidados de anteponer la «paz social» al sentido común económico. Cuando por fin un gobierno se animó a poner fin a la locura inflacionaria, se sintió tan orgulloso de su hazaña que se negó a atender otras asignaturas, entre ellas las supuestas por la costumbre de muchos políticos y funcionarios de gastar cada vez más sin preocuparse por el origen de los ingresos, lo que nos llevó al colapso del 2001.

Ya que el cortoplacismo parece formar parte del genoma político nacional, es natural que Kirchner, Roberto Lavagna y los demás sean minimalistas programados para ser reacios a tomar medidas que podrían resultarles políticamente costosas antes de que las circunstancias los obliguen a hacerlo. Como médicos sin instrumentos ni remedios en un campo de refugiados, les parece lógico tratar de asegurar a los muchos enfermos que si se quedan quietos todo saldrá bien. Aunque se ha difundido la impresión de que el gobierno es en verdad tremendamente vigoroso, su activismo ha sido casi exclusivamente verbal, una serie al parecer interminable de declaraciones rimbombantes, a menudo compadrescas, destinadas a distraer la atención de la gente de la escasez de iniciativas concretas que, cuando las hay, están dirigidas no a atacar las causas de la grave enfermedad nacional sino a atenuar los síntomas coyunturalmente más alarmantes.

En este sentido, el manejo del problema representado por los piqueteros ha sido típico. En vez de intentar eliminarlo, lo que requeriría algunas reformas básicas del sistema beneficiario paternalista que se ha improvisado, el gobierno prefiere aprovechar el estado de abandono en el que se encuentran los desocupados para hacer gala de su sensibilidad social excepcional y para incomodar a sus antecesores que fueron responsables de permitir que el desastre alcanzara sus dimensiones actuales.

Del mismo modo, Kirchner se ha negado a admitir que a menos que su gobierno tome medidas encaminadas a superar el default, al país no le será posible emprender un proceso de crecimiento económico sostenible. Puesto que llegar a un acuerdo con los acreedores le exigiría al gobierno un esfuerzo, ha optado por continuar aprovechando la situación atribuyendo su pasividad a su «dureza» y, huelga decirlo, despotricando contra los «neoliberales» y el FMI. Sin embargo, no es forzoso ser un economista para entender que cuanto más tiempo la Argentina se mantenga al margen del orden financiero internacional, asumiendo ante él una postura desafiante que es casi idéntica a la de personajes como Luis D'Elía y Raúl Castells frente al resto del país, más seguro se hará que los inversores en potencia elijan borrarla de sus listas de destinos promisorios, lo que, debería ser innecesario señalarlo, significará menos empleos dignos en el futuro y muchos, tal vez muchísimos, más piqueteros.


Como corresponde a una sociedad que a veces parece producir casi tantos psicólogos como toneladas de soja, últimamente se ha puesto de moda atribuir el estilo agresivo del presidente Néstor Kirchner y de sus adláteres a la inseguridad que los carcome, a la conciencia de que si bien ocupan los puestos de mando su poder real es bastante limitado. Estarán en lo cierto quienes piensan de esta manera, pero sucede que aquí ya es tradicional que los gobernantes de turno sientan que su situación es mucho más precaria de lo que los demás suponen y que por lo tanto no les convendría arriesgarse. Desde hace muchos años los miembros más destacados de la clase política parecen convencidos de que les sería inútil, cuando no peligroso, actuar como si se creyeran dueños del destino nacional, y que por lo tanto lo más sabio sería que se limitaran a "manejar la crisis", es decir, a tratarla como algo con lo que les es necesario convivir porque sólo a un iluso se le ocurriría intentar solucionarla.

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