“Aspirinas y caramelos. Postales de una infancia” de Luciano Olivera

Se trata de un relato autobiográfico que recupera momentos de la niñez del autor aveces con costados ficcionales.



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LECTURAS

Con el recuerdo de su padre como estandarte, Luciano Olivera traza en “Aspirinas y caramelos. Postales de una infancia”, un relato autobiográfico, en el que recupera anécdotas de su niñez, que por momentos cobran ribetes ficcionales, y que lejos de proponer una mirada melancólica, emociona, entretiene y confronta al lector con su propia historia.

Inocencia, desconcierto, amor y, especialmente la muerte, cruzan el libro de Olivera, quien se remontó a los años de su infancia y su adolescencia temprana, marcados por lo amargo y lo dulce que tuvo su vida, que se resume en el título de la obra, que surgió como una forma de catarsis con vivencias que el autor creía olvidadas.

Entre esos recuerdos, Olivera, que es productor de televisión, relata historias como la de un tío rico que pesaba más de 200 kilos y avergonzaba a la familia con su desfachatez, grescas de bandas adolescentes en la avenida 9 de Julio, visitas obligadas al cementerio junto a su madre y travesuras que lo llevaron a descubrir revistas y objetos prohibidos.

Como un juego de selección de hechos que dispone la memoria, el libro, editado por Aurelia Rivera, le permitió al autor “cerrar una historia”, marcada por la muerte joven de su padre -hincha fanático de Independiente, ateo y fumador empedernido- y resignificar otras vivencias de su infancia desde el presente, según dijo en diálogo con Télam.

¿A partir de qué surgió en vos la necesidad de escribir este libro centrado en parte de tu niñez y adolescencia?

– El primer disparador tiene que ver con que mi viejo se murió cuando yo tenía 12 años y la verdad es que en los treinta años posteriores tuve que trabajar bastante la pérdida tan temprana de la figura paterna, supongo que porque no lo había hecho del todo bien cuando sucedió.

Otro disparador más cercano es que soy fanático de Independiente, igual que mi padre, y cuando era obvio que Independiente se iba a la B abrí la computadora y escribí un texto, una especie de catarsis que tenía que ver con una imagen muy fuerte de un día que fui a la cancha con él y se sintió mal.

Después de escribir cerré la computadora, me puse a llorar y lo subí a un blog especialmente hecho por el descenso del club. El texto se viralizó y empecé a recibir comentarios de gente que me dijo que siguiera escribiendo.

Al abrir la puerta a ese recuerdo se abrieron puertas a otras anécdotas de mi infancia, que empecé a anotar para que no se perdieran y me sorprendí de las cosas que recordaba. Por eso creo que el libro surgió de la necesidad de rescatar una infancia tapada por aquella tragedia de la muerte temprana de mi viejo.

-¿Para escribir el libro tuviste que recurrir a la memoria de otros en la reconstrucción de algunos hechos?

-No, solo tuve que preguntar algunos nombres que no recordaba y escribí de acuerdo a cómo me contaron algunas cosas hace 30 años y como lo recordé ahora. Es una memoria combinada en todo caso. Por ejemplo, cuando tenía tres o cuatro años hice andar un televisor de casualidad, mientras los adultos no sabían como hacerlo, y por eso me pusieron el “ingenieri”. Eso evidentemente me lo contaron y a partir de ahí lo reconstruí. El libro para mí es un ejercicio de la memoria, es reconstruir lo que pudo haber pasado y lo que evoco.

– El libro resultó una forma de homenaje a tu padre, ¿lo pensaste así en algún momento?

– Sí, terminó siendo un homenaje, pero no estuvo pensado así en lo mas mínimo. Lo entendí muchos años después en realidad, porque lo primero que me pasó a mí fue no entender que mi papá se había muerto, no lo quería reconocer, lo escondí. Mis compañeros de colegio durante un tiempo no lo supieron, me conmovió de tal modo que no lo pude expresar.

Con mi propia paternidad empecé a darme cuenta del peso de la figura de un padre. Así lo puse en un pedestal, después lo bajé de ese lugar y si bien tenía millones de falencias, me dejó valores: soy bastante recto, ando por la vida liviano, como hincha de fútbol me transmitió la idea de que es preferible jugar bien a ganar a cualquier costo y ese legado es lo que lo convirtió en un ídolo para mi.

– ¿Las fotos funcionaron como disparadores en tu memoria?

– Sí y un día aparecieron cuando estaba buscando el carnet de Independiente. Pensé que estaba en un baul que no abría hace añares y empezaron a salir fotos, de mis abuelos recién casados, cartas de mi vieja escritas a mi viejo en el 66, cuando no se conocían pero se carteaban, eran como joyas de mi historia

De hecho, entre esas fotos encontré la que aparece en la tapa del libro, en la que estamos en un Fiat 800, el único que tuvimos y me quedó como “el auto”. Por eso creo que las fotos reafirmaron mis recuerdos.

-En el libro aparece Malvinas, en el contexto de la guerra, que tiene que ver con tu niñez, y tu visita a las islas de adulto ¿Por qué elegiste este contrapunto?

– Conocer Malvinas fue fuertísimo. Estábamos haciendo un programa de televisión que se llamaba MP3 Música para el tercer milenio, con el bahiano, el músico de Los Pericos; íbamos por todas las provincias rescatando ritmos folklóricos, también a Latinoamérica y dije: no puede ser que no vayamos a Malvinas.

Fue interesantísima la experiencia, los primeros días no nos daba bolilla nadie, pero en una iglesia nos encontramos con un cura que había misionado en el Chaco y nos fue conectando y terminamos tocando en las casas de los kelpers. Descubrimos que hay músicos amateur, que se juntan a tocar en un bar. Fue un impacto muy grande entre la experiencia vivida de niño y cuando viajé a las islas.

– Hubo mucho afecto, mucho amor en lo que contás, ¿fue así realmente?

– Sí, efectivamente, pero cuando murió mi papá, -mi mamá tenía 34 años- surgieron muchos hechos confusos como peleas con las hermanas de mi papá. Se puso en crisis todo y esa familia que tuve de más chico se desarmó, entonces ese amor que tuve en la infancia no siguió en la adolescencia. Me fui a vivir solo a los 16 años y empecé a trabajar en un frigorífico. Pero eso no lo cuento, tal vez porque no quería revolver en esa parte de mi historia.


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