Autenticos
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El disparador
En “Voces en el desierto”, la estadounidense Marlo Morgan se enfoca en la profundidad espiritual de un grupo de aborígenes australianos. El libro, que en 1995 ya había vendido más de un millón de ejemplares, generó polémica sobre si era una historia autobiográfica real o de ficción.
Esas dudas, a Isidoro Reyes no le importaron en lo absoluto. Se enganchó con la novela porque por momentos sintió que la escritora le hablaba. La protagonista del relato es una médica y doctora en bioquímica que se embarca en una expedición por el desierto australiano con los Auténticos, una tribu junto a la que en cuatro meses aprenderá mucho más que en sus 50 años de vida.
Reyes -un joven proclive a lo inasible y abstracto- se quedó atrapado en varias partes de “Voces en el desierto”. Como cuando la autora cuenta que los Auténticos creen que es muy importante observar a los integrantes de un grupo cuando están sentados en círculo, sobre todo a quien está justo delante de uno mismo: “Esa persona -dice- es tu reflejo espiritual. Las cosas que admirás en ese individuo son cualidades propias a las que deseás darles preeminencia”.
Como en un juego de espejos, los Auténticos sostienen que lo que no nos gusta de otras personas suelen ser aspectos propios sobre los que uno necesita trabajar. “O sea, y más allá de un supuesto ejercicio de descripción, cuando digo que tal o cual es injusto, autoritario, déspota o egoísta, ¿no se trata más que de hablar de mí mismo?”, se preguntó Reyes.
Los Auténticos afirman que no se puede reconocer en otros lo que uno considera bueno o malo a no ser que uno mismo tenga las mismas debilidades y virtudes. Tan solo cambia el grado de autodisciplina y la fuerza de su carácter. Ellos creen que las personas sólo pueden evolucionar por una decisión propia, y que todos tenemos una capacidad de cambiar sin límite. También están convencidos de que la única influencia real que se puede ejercer sobre otra persona parte del modo en que uno actúa y de lo que hace.
Isidoro leyó la mitad de la novela en una semana, durante unas vacaciones. Luego, la dejó. En su obsesión, por momentos absurda, de ver mensajes cifrados hasta en un sobre de azúcar, creyó encontrar una señal para retomarla cuando leyó -no se acuerda bien dónde- que antes que la queja está la elección. “Mirar para dentro antes de sacarle el cuero a los espejos que nos da la vida para que nos veamos”, decía la frase que le hizo volver al libro. Sin saber por qué lo había abandonado, en tres días lo terminó.
La novela lo paseó de un lado a otro. De a ratos, con sensaciones encontradas. Tristeza, entusiasmo, incertidumbre y nostalgia. Como al leer que “poca cosa se ha hecho en la vida si lo que creés a los siete años sigue siendo lo que sentís a los treinta y siete. Es necesario desprenderse de viejas ideas, costumbres, opiniones y a veces, incluso, de viejos compañeros”. Y se serenó cuando la protagonista (le) dijo: “Conseguí controlar mis emociones juzgando mi propia estupidez”.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
El disparador
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