¿Autocrítica o burla?

En nuestro país casi todos los políticos suponen que la ciudadanía los juzgará por lo buenas que le parezcan sus intenciones, no por lo que sean capaces de hacer.

Por Redacción

Está en lo cierto el titular del radicalismo Angel Rozas cuando dice que «nuestro partido tiene que pedirle perdón al pueblo» por el fracaso del gobierno del ex presidente Fernando de la Rúa, desastre al cual su aporte fue decisivo, y pocos discreparían con la afirmación de que «hace mucho que en la Argentina los políticos no cumplen con su palabra; nos hemos burlado de la gente», pero hasta ahora no se han dado señales de que la UCR o cualquier otro partido significante estén dispuestos a someterse a una «autocrítica» genuina. Según parece, Rozas, lo mismo que muchos otros correligionarios, cree que el gran error de los radicales consistía en no procurar cumplir con sus generosas promesas preelectorales, no en formularlas sin haber pensado demasiado en las dificultades concretas. De ser así, su propósito no es tratar de entender las causas del descalabro, sino encontrar una forma a su entender elegante de informarnos que se debió a la pasividad radical frente a la perversidad de De la Rúa.

Pues bien: si hay un pecado original que ha viciado toda la política argentina, corrompiendo irremediablemente tanto al radicalismo como al peronismo, éste no es la mendacidad electoral o la voluntad de tolerar desviaciones de las doctrinas partidarias, sino la falta de seriedad. Los políticos insinceros abundan en todas partes, incluso en los países mejor gobernados, pero parecería que sólo en América Latina predominan los que realmente creen en los lemas fatuos que se han habituado a repetir y que en otras latitudes serían considerados insultantes. No es una cuestión de fines o de «modelos» -por lo general, los objetivos dibujados por los oradores radicales en sus discursos de campaña han sido espléndidos-, sino de cómo concretarlos. Es deber de todo político responsable distinguir entre lo deseable y lo factible para entonces explicar las razones por las que ciertas cosas no podrían hacerse en un lapso razonable. En nuestro país, empero, casi todos los políticos profesionales suponen que la ciudadanía los juzgará por lo buenas que le parezcan sus intenciones, como si se tratara de las efusiones de filósofos o creadores artísticos, no por lo que sean capaces de hacer, de manera que no extraña que la retórica se haya alejado tanto de la realidad que vincularlas se ha hecho imposible. De difundirse la idea de que en la raíz del fracaso de De la Rúa estuviera su propensión a privilegiar la realidad en desmedro de los vuelos imaginativos de demagogos como el propio Rozas, la UCR nunca será mucho más que un club cuyos integrantes se entretienen intercambiando banalidades alusivas a sus utopías particulares antes de proceder a lo que más les importa, el reparto de cargos.

La brecha insalvable que separa lo que dicen tantos políticos del país que efectivamente existe ha contribuido enormemente a producir la angustiante situación actual. Convencidos de que su tarea se limitaba a hablar en torno de abstracciones imponentes destinadas a subrayar su propia virtud contrastándola con la malignidad ajena, ni los radicales ni los peronistas se han dignado a prestar atención a los engorrosos detalles administrativos que en última instancia son decisivos. A diferencia de los socialistas europeos que les han brindado el grueso de sus «principios», los radicales y peronistas jamás se han dado el trabajo de preparar equipos que sean capaces de manejar los programas ambiciosos que dicen querer ver puestos en marcha. Aunque se afirman estatistas, oponiéndose «por principio» al repliegue del sector público, siempre han sido reacios a reformar el Estado para que pueda funcionar con cierta eficacia. A pesar del consenso político en favor de un Estado «fuerte», el nuestro aún no está en condiciones de desempeñar funciones tan básicas como recaudar impuestos, organizar un sistema de seguro social que no sea meramente clientelista, o manejar una red hospitalaria mínima. Tampoco será capaz de controlar los precios tal y como quisiera el nuevo gobierno duhaldista. La verdad es que no sirve para mucho, pero ningún político ha pedido perdón por este fracaso vergonzoso y sería sorprendente que a algún populista se le ocurriera mencionarlo.