Autoritarismo creciente



El año comenzó con fuerte desafío para la comunidad internacional latinoamericana: cómo promover la democracia y frenar la deriva autoritaria que experimentan Venezuela y Nicaragua, dos países del antiguo “eje bolivariano” de la región.

El viernes, los cancilleres del denominado Grupo Lima, excepto México, llamaron al presidente venezolano, Nicolás Maduro, a no asumir un nuevo mandato este 10 de enero y transferir el poder a la Asamblea Nacional y que se organicen a la brevedad elecciones libres y transparentes, como forma de aliviar la enorme crisis política y humanitaria que vive ese país, que está teniendo además fuerte impacto en los países vecinos, que han debido acoger a los más de dos millones de venezolano obligados a emigrar.

El Grupo Lima fue creado en el 2017, cuando las masivas protestas en ese país dejaron como saldo más de 125 muertos, la mayoría por la represión gubernamental. Está integrado por 14 países americanos, entre ellos Argentina, Canadá, México, Brasil, Chile, Paraguay, Costa Rica y Guatemala. Aunque la medida acentúa el aislamiento internacional del régimen chavista, la abstención de México le quitó fuerza de presión y es poco probable que conmueva a un gobierno decidido a perpetuarse en el poder aun a costa de más represión y la miseria de su pueblo.

Mientras tanto, Nicaragua enfrenta un 2019 incierto, con un régimen cada vez más despótico de Daniel Ortega. Las detenciones arbitrarias e ilegales, torturas frecuentes, el asesinato de opositores a manos de agentes del Estado y grupos parapoliciales cada vez más activos, una creciente censura y represión a los periodistas y defensores de los derechos humanos fueron moneda corriente en el 2018 y según gran parte de los analistas la mayoría de las medidas tenderán a recrudecerse, en medio del creciente aislamiento político interno e internacional del gobierno sandinista.

En este caso, otra instancia diplomática regional, el Consejo Permanente de la OEA, evaluará el próximo 11 de enero si corresponde aplicarle a ese país la Carta Democrática Interamericana, lo que podría provocar la suspensión de Nicaragua del organismo y, además de la sanción política, complicar el acceso de ese país a préstamos y desembolsos pendientes del BID y otros organismos financieros internacionales.

El país vive desde abril del año pasado una ola de protestas que comenzó como un reclamo a una reforma previsional pero derivó en reclamos contra el creciente autoritarismo, nepotismo y corrupción de Ortega y su esposa, que gobiernan el país desde el 2007. Un líder que a principios de los 80 prometía una “revolución en libertad” y que en los últimos años abrazó la mayoría de las prácticas de la dictadura de Anastasio Somoza que tanto combatió entonces. Según grupos humanitarios y de la oposición, la represión ha dejado más de 320 muertos, entre 400 y 600 detenidos en forma arbitraria, malos tratos y vejaciones a opositores, el cierre de al menos cinco medios críticos al gobierno y de nueve organizaciones no gubernamentales, entre otras medidas. Lejos de proponer alguna salida política o abrir caminos de diálogo con los opositores que reclaman además los empresarios y la Iglesia católica, el régimen parece encerrarse cada vez más en un reducido grupo de incondicionales y recurrir, cuando no, a las teorías conspirativas, acusando a sus detractores de organizar un golpe de Estado promovido por EE. UU. Mientras tanto, su población sufre las peores consecuencias. La crisis económica derivada de la inestabilidad y del fin de los “petrodólares” de la ayuda venezolana, llevó a la recesión, un aumento del desempleo en casi medio millón de personas y la emigración masiva.

Los países de la región ya han mostrado su rechazo a cualquier intervención externa directa en los dos países, respetando el principio de autodeterminación. Pero sin dudas son necesarias acciones más decididas y eficaces de los organismos multilaterales y la diplomacia para frenar el daño social que causan estos regímenes, que han pasado de la “revolución bolivariana” populista a un autoritarismo a secas.

Editorial


Comentarios


Autoritarismo creciente