Avance inexorable

Ya parece inevitable que, andando el tiempo, crezcan la cantidad de clones humanos y la gente con genes de diversas fuentes.

Por Redacción

Aunque en casi todos los países existe legislación destinada a frenar o, por lo menos, a regular la aplicación de los resultados de la investigación genética, puede decirse que la posibilidad de que tales barreras logren su propósito es nula. Como ya sabemos, si se dan motivos para creer que la «ingeniería genética» de plantas, animales o seres humanos brindará ventajas, en alguna parte habrá científicos que estén dispuestos a probar averiguarlo sin preocuparse demasiado por los dilemas éticos que preocupan a los demás. Por cierto, los temores comprensibles de los que preferirían prohibir esta clase de experimentos en humanos hasta nuevo aviso no han impedido que científicos en los Estados Unidos y, tal vez, en otros países hayan conseguido dotar a cada uno de aproximadamente treinta niños de genes procedentes de tres personas, y no sólo de dos, mediante un proceso denominado «la transferencia citoplasmática». Según los responsables del procedimiento – el que conforme a una revista especializada respetada, Human Reproduction, ha sido plenamente exitoso en términos científicos-, no fue su intención enriquecer la herencia genética de nadie sino solucionar algunos problemas relacionados con la infertilidad, pero sorprendería que todos los científicos pasaran por alto las otras connotaciones de este nuevo avance médico.

En verdad, ya parece inevitable que andando el tiempo crezca la cantidad no sólo de clones humanos sino también de personas que cuenten con genes de diversas fuentes cuidadosamente seleccionadas, incluyendo, es de suponer, algunos que sean de origen artificial. Por lo pronto, los investigadores han podido minimizar la importancia de sus esfuerzos, señalando, como hicieron otros hace un par de décadas cuando nació en Inglaterra la primera «bebé de probeta», que los niños resultantes no difieren en absoluto de los demás – en efecto, en esta oportunidad también los investigadores de un instituto norteamericano que agregaron materia genética ajena a la provista por los dos padres naturales insisten en que los niños así beneficiados son perfectamente «normales»- pero la frontera que separa lo presuntamente prohibido de lo rutinario sigue moviéndose. Mal que bien, en el mundo moderno no hay forma de cubrir nuevamente lo que ya ha sido descubierto.

Puesto que es muy grande la significancia de la herencia genética de las personas, los experimentos al parecer exitosos que se han realizado en los Estados Unidos no tardarán en atraer la atención de quienes tienen algo más en mente que el deseo de contar con métodos novedosos que les permitirían ayudar a las mujeres estériles. Los nazis alemanes distaron de ser los únicos que encontraron fascinante la idea de que debiera de ser factible seleccionar los genes de los futuros niños, eliminando los considerados inferiores y aportando otros supuestamente mejores, creando así jóvenes extraordinariamente dotados. Por el contrario, antes de que el genocidio hitleriano la desacreditara, la eugenesia fue ampliamente considerada una de las responsabilidades irrenunciables de cualquier gobierno progresista, y leyes destinadas a impulsarla formaban parte de la legislación de docenas de países.

En el transcurso de los años últimos la genética ha avanzado mucho. Ya ha incidido profundamente en la agricultura y ha comenzado a afectar al reino animal. Aunque por ahora las consecuencias prácticas para el género humano han sido escasas, todo hace pensar que en los próximos años seguirán multiplicándose los descubrimientos que, a su vez, abrirán nuevas posibilidades y nuevas tentaciones. Desde luego que filósofos, líderes religiosos, políticos y otros tratarán de obligar a los investigadores a respetar ciertos límites, pero por ser el nuestro un mundo a un tiempo culturalmente pluralista y cada vez más interconectado, lo cual significa que la información científica puede trasladarse casi instantáneamente de un continente a otro, es muy poco probable que sus reparos sirvan para obstaculizarlos. Así las cosas, tanto nosotros como nuestros descendientes nos veremos frente a una multitud de problemas no sólo éticos sino también concretos para los cuales el pasado no nos ha preparado, perspectiva ésta que entusiasmará a algunos pero que no puede sino alarmar a la mayoría.