Ayuda imposible

Muchos se ilusionaron con la entrevista Bush-De la Rúa. Pero es entendible la negativa de los norteamericanos a enviarnos más recursos.

Redacción

Por Redacción

Como suele suceder en vísperas de una «cumbre» del presidente de turno con su homólogo norteamericano, había muchos que preveían que la reunión más reciente de Fernando de la Rúa y George W. Bush daría pie a un nuevo paquete de ayuda destinado a permitirnos salir de la situación muy peligrosa en la que nos encontramos. Por ser cuestión de una tradición tan arraigada, hasta aquellos que sabían muy bien que en esta ocasión Estados Unidos no se proponía firmar más cheques en blanco, no podían disimular sus esperanzas. De haberse tratado de nada más que un problema de dinero, tales ilusiones hubieran resultado realistas pero, desgraciadamente para todos, la «crisis» argentina que mantiene en ascuas a los economistas de buena parte del mundo desde hace más de un año es tan perversa que los aportes financieros, de los cuales han habido muchísimos, siempre han resultado ser contraproducentes, de modo que la negativa de los norteamericanos a enviarnos más recursos se debió a mucho más que la tacañería puritana o a su adhesión a una teoría económica determinada. Aunque es factible que los gobiernos que han conseguido todos los créditos que han jalonado la historia del país hayan obrado de buena fe por creer que, por fin, les sería dado cumplir con sus compromisos, la realidad es que las repetidas inyecciones de «dólares frescos» sólo han servido para prolongar esquemas que, sus eventuales méritos no obstante, dejaron de ser viables hace mucho tiempo. Para colmo, últimamente la evolución de la economía se ha asemejado a aquella de un drogadicto en la etapa final de su viaje sin retorno; a pesar de dosis crediticias cada vez mayores que culminaron con el «blindaje» y el «megacanje», los efectos positivos de tales aportes se han hecho más efímeros por momentos.

Si bien es de suponer que a muchos norteamericanos y a otros les conviene la evidente dependencia argentina, no es de su interés que el país se desplome por completo, desastre que con toda seguridad tendría repercusiones fuertes más allá de sus fronteras, de suerte que si existiera una fórmula salvadora promisoria ya la hubiera planteado incluso si en términos económicos les resultara muy costosa. Hasta ahora, empero, nadie, ni en Washington ni en Buenos Aires, ha logrado concebir una «solución» para la crisis argentina que además de ser relativamente indolora tuviera alguna posibilidad de éxito. Será por eso que tanto Bush como los líderes de distintos países europeos han hablado de su «comprensión» al canje de la deuda que está procurando llevar a cabo el gobierno de De la Rúa con la esperanza de impedir que el país se estrelle contra los escollos del «default», de la devaluación o de la dolarización entre los que está navegando de forma bastante errátil. Si bien a los dirigentes del Primer Mundo no les gusta demasiado la idea de que un país deudor tan rico como es la Argentina en comparación con tantos otros pueda reducir unilateralmente las dimensiones de sus obligaciones, reconocen que la alternativa podría ser aún más fea.

La contrapartida de la «comprensión» que podría tomar la forma de presiones políticas sobre las instituciones financieras a fin de que colaboren ha de ser la voluntad de la clase dirigente argentina de emprender las reformas necesarias para que, en una fecha futura tal vez distante pero aun así previsible, el país finalmente deje de depender del crédito externo. Sin embargo, por razones políticas notorias, en la actualidad el país sería incapaz de aplicar un «plan» realista aunque uno ya estuviera disponible. Lo que es peor todavía, la dispersión política combinada con el cansancio anímico que se ha difundido por todo el territorio nacional ha significado que la clase dirigente ni siquiera ha podido pensar en una estrategia apropiada para el país real en el mundo que efectivamente existe. Muchos individuos y grupos han formulado propuestas y es factible que algunas contengan lo que el país más necesita, pero ninguna cuenta con el consenso imprescindible y, en vista de la virtual imposibilidad de celebrar debates serios en las circunstancias actuales, parece poco probable que esta situación se modifique en los meses próximos.


Como suele suceder en vísperas de una "cumbre" del presidente de turno con su homólogo norteamericano, había muchos que preveían que la reunión más reciente de Fernando de la Rúa y George W. Bush daría pie a un nuevo paquete de ayuda destinado a permitirnos salir de la situación muy peligrosa en la que nos encontramos. Por ser cuestión de una tradición tan arraigada, hasta aquellos que sabían muy bien que en esta ocasión Estados Unidos no se proponía firmar más cheques en blanco, no podían disimular sus esperanzas. De haberse tratado de nada más que un problema de dinero, tales ilusiones hubieran resultado realistas pero, desgraciadamente para todos, la "crisis" argentina que mantiene en ascuas a los economistas de buena parte del mundo desde hace más de un año es tan perversa que los aportes financieros, de los cuales han habido muchísimos, siempre han resultado ser contraproducentes, de modo que la negativa de los norteamericanos a enviarnos más recursos se debió a mucho más que la tacañería puritana o a su adhesión a una teoría económica determinada. Aunque es factible que los gobiernos que han conseguido todos los créditos que han jalonado la historia del país hayan obrado de buena fe por creer que, por fin, les sería dado cumplir con sus compromisos, la realidad es que las repetidas inyecciones de "dólares frescos" sólo han servido para prolongar esquemas que, sus eventuales méritos no obstante, dejaron de ser viables hace mucho tiempo. Para colmo, últimamente la evolución de la economía se ha asemejado a aquella de un drogadicto en la etapa final de su viaje sin retorno; a pesar de dosis crediticias cada vez mayores que culminaron con el "blindaje" y el "megacanje", los efectos positivos de tales aportes se han hecho más efímeros por momentos.

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