“¿Ayudar o frustrar a nuestros jóvenes?”

Redacción

Por Redacción

El 24 de abril viajó de Viedma a Jacobacci y yo, de El Bolsón a Jacobacci. Me encontré con él, mi hijo de 21 años, para darle mi apoyo porque otra vez –ya no sé cuántas veces– rendía Matemáticas en el CEM Nº 6. Terminó de cursar 5º año en ese colegio en el 2011, el trágico año de las cenizas a lo largo del cual prácticamente no tuvieron clases. El año pasado no me arriesgué a enviarlo a estudiar a Viedma (donde quería cursar Ciencias Políticas) porque quería que rindiera primero. Salió mal todas las veces… su abuela, mi mamá (profesora jubilada), le pidió a la docente que por favor lo preparara para el examen y ella le contestó, muy irónica, que sólo preparaba alumnos para la universidad (los que preparó rindieron mal). Este año, haciendo malabares con mi sueldo de Salud Pública, viajé a Viedma dos veces, le alquilé un departamento y se lo amueblé y por fin comenzó a cursar la carrera que él quería. La condición: lo esperaban hasta el 30 de abril para que rindiera esa materia y presentara el título de 5º para quedar como alumno regular. Se preparó (otra vez) y viajó con toda la convicción de terminar su secundaria. Yo le había dicho, también como exprofesora acá, en El Bolsón: “Tranquilo, hijo, no pueden desaprobarte, no se le frustra el futuro a un alumno que quiere estudiar, ni siquiera ves matemáticas en tu carrera”. Me tuve que tragar mis palabras. Es evidente que hay profesores que trasladan sus frustraciones a sus alumnos… una pena. Hoy mi hijo está en Viedma tratando de inscribirse en otra carrera, algún curso, lo que sea, para no perder otro año. Y yo, tratando de que no abandone todo, porque a mí me cuesta mucho, soy el único sostén de mis dos hijos, él y ella (que vive conmigo porque tiene capacidades especiales)… una historia que todo Jacobacci conoce porque los tres nacimos ahí y mis padres viven ahí. Mi hijo siente que fracasó, que no puede estudiar, que su madre se endeuda por él, que deja de pagar rehabilitaciones para su hermana para que él estudie, que nada tiene sentido. ¿Es justo que un jovencito de 21 años se sienta así? ¿Y yo? También estoy triste porque me parece muy injusto lo que hacen con los alumnos, porque no valoran los sacrificios de los padres… porque, seamos honestos, el secundario debe preparar a los alumnos para la vida, enseñarles a estudiar, a ser responsables (con el ejemplo), a convivir. Los profesores “debemos” conocer de algún modo a nuestros alumnos, no podemos pretender que salgan profesores de Química, Historia, Matemáticas… ellos elegirán su vocación sin presiones; nuestro deber es alentarlos, no frustrarlos ni etiquetarlos. Pero, lamentablemente, para algunos aún existe “la ley del gallinero”; en este caso, el poder del profesor se presentó con una gran cuota de arbitrariedad que hizo desaparecer la asimetría de la relación pedagógica que debe existir entre docente y alumno. Pero bueno, era sabido: mi hijo sufriría en Jacobacci el efecto Pigmalión por ser quien es. Es mi obligación seguir alentándolo para que no baje los brazos y se sienta orgulloso de sus capacidades, sus valores y sus principios, porque estoy segura de que será un muy buen profesional en lo que elija y que esta mala experiencia será formativa para él. Sonia Patricia Sloane, DNI 16.644.222 El Bolsón

Sonia Patricia Sloane, DNI 16.644.222 El Bolsón


El 24 de abril viajó de Viedma a Jacobacci y yo, de El Bolsón a Jacobacci. Me encontré con él, mi hijo de 21 años, para darle mi apoyo porque otra vez –ya no sé cuántas veces– rendía Matemáticas en el CEM Nº 6. Terminó de cursar 5º año en ese colegio en el 2011, el trágico año de las cenizas a lo largo del cual prácticamente no tuvieron clases. El año pasado no me arriesgué a enviarlo a estudiar a Viedma (donde quería cursar Ciencias Políticas) porque quería que rindiera primero. Salió mal todas las veces... su abuela, mi mamá (profesora jubilada), le pidió a la docente que por favor lo preparara para el examen y ella le contestó, muy irónica, que sólo preparaba alumnos para la universidad (los que preparó rindieron mal). Este año, haciendo malabares con mi sueldo de Salud Pública, viajé a Viedma dos veces, le alquilé un departamento y se lo amueblé y por fin comenzó a cursar la carrera que él quería. La condición: lo esperaban hasta el 30 de abril para que rindiera esa materia y presentara el título de 5º para quedar como alumno regular. Se preparó (otra vez) y viajó con toda la convicción de terminar su secundaria. Yo le había dicho, también como exprofesora acá, en El Bolsón: “Tranquilo, hijo, no pueden desaprobarte, no se le frustra el futuro a un alumno que quiere estudiar, ni siquiera ves matemáticas en tu carrera”. Me tuve que tragar mis palabras. Es evidente que hay profesores que trasladan sus frustraciones a sus alumnos... una pena. Hoy mi hijo está en Viedma tratando de inscribirse en otra carrera, algún curso, lo que sea, para no perder otro año. Y yo, tratando de que no abandone todo, porque a mí me cuesta mucho, soy el único sostén de mis dos hijos, él y ella (que vive conmigo porque tiene capacidades especiales)... una historia que todo Jacobacci conoce porque los tres nacimos ahí y mis padres viven ahí. Mi hijo siente que fracasó, que no puede estudiar, que su madre se endeuda por él, que deja de pagar rehabilitaciones para su hermana para que él estudie, que nada tiene sentido. ¿Es justo que un jovencito de 21 años se sienta así? ¿Y yo? También estoy triste porque me parece muy injusto lo que hacen con los alumnos, porque no valoran los sacrificios de los padres... porque, seamos honestos, el secundario debe preparar a los alumnos para la vida, enseñarles a estudiar, a ser responsables (con el ejemplo), a convivir. Los profesores “debemos” conocer de algún modo a nuestros alumnos, no podemos pretender que salgan profesores de Química, Historia, Matemáticas... ellos elegirán su vocación sin presiones; nuestro deber es alentarlos, no frustrarlos ni etiquetarlos. Pero, lamentablemente, para algunos aún existe “la ley del gallinero”; en este caso, el poder del profesor se presentó con una gran cuota de arbitrariedad que hizo desaparecer la asimetría de la relación pedagógica que debe existir entre docente y alumno. Pero bueno, era sabido: mi hijo sufriría en Jacobacci el efecto Pigmalión por ser quien es. Es mi obligación seguir alentándolo para que no baje los brazos y se sienta orgulloso de sus capacidades, sus valores y sus principios, porque estoy segura de que será un muy buen profesional en lo que elija y que esta mala experiencia será formativa para él. Sonia Patricia Sloane, DNI 16.644.222 El Bolsón

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