Bailando por un sueño: el rating

El nuevo espacio que la televisión le da a la "gente común": caídos en desgracia bailando para cumplir un sueño

ADRIAN ARDEN

adrianarden@rionegro.com.ar

Primero fue el reinado del tilingo que se sometía gustoso al experimento más brutal al que se había animado la televisión en toda su historia: decenas de chicos encerrados en una casa durante meses hablando de nada, haciendo nada y desesperados por conseguir fama y dinero sin mucho esfuerzo. Todo televisado a millones de personas, las 24 horas del día. Fue la época en la que Gran Hermano reflejó como nadie eso que les pasaba a millones de jóvenes en nuestro país: un poco de desencanto, bastante descompromiso y mucha desorientación.

Luego apareció la culpa y la tele decidió darles un nuevo estatus: los jóvenes ahora serían una alternativa productiva para el país. Aparecieron así los realities aspiracionales, en los que completos desconocidos se convertían en celebridades de la noche a la mañana. El estudio de televisión era ahora un lugar donde buscar trabajo…uno de los pocos en medio de la terrible crisis de 2001. A cambio, sólo se les exigía talento y tolerancia a la explotación. En poco tiempo lo nombres se sucedieron y desaparecieron con la misma rapidez: Bandana, Mambrú, Gamberro….Fueron tiempos en los que las colas para participar de un casting en esos programas (Popstars, Súper M, Camino a la Gloria, Escalera a la Fama y Operación Triunfo) concentraban a miles de chicos dispuestos a realizar una vocación, a intentar una carrera o simplemente a cumplir un viejo sueño: ser famosos por el sólo hecho de ser famosos.

Se cansaron de vender discos, de llenar estadios y de ver como los únicos que ganaban plata eran las discográficas y los canales….y luego buscaron nuevos horizontes. Hoy, excepto una o dos honrosas excepciones, nada se sabe de ellos.

Hasta que finalmente llegó Marcelo Tinelli y borró de un plumazo todo lo anterior. «Bailando por un sueño», o su próxima variante «Cantando por un sueño», les exige una sola condición: que tengan una historia conmovedora para contar.

Que llamen la atención para asegurar el rating. Ya no les pide que sean lindos. Les pide que sean «identificables». Morochos, provincianos, sufridos y altruistas en lo posible. Ese es el nuevo modelo de «gente común» que la tele quiere mostrar. Y para ello aplicará su regla de oro: caricaturizarlos y obligarlos a ser previsibles.

¿Cómo funciona? La producción de 'ShowMatch» elige entre cientos de aspirantes a los que cargan con las historias más emotivas. Desfilarán por el escenario abusadas que quieren crear una fundación de ayuda a niños víctimas de violaciones , desempleados que quieren colaborar con un colegio con necesidades, hermanos de discapacitados, hijos en busca de una casa que dignifique a sus padres, de un tratamiento médico para una madre enferma del corazón o de atención para un hermano con esquizofrenia. Ese es su sueño y la tele los ayudará a cumplirlo…per antes invitará a una serie de famosos y montará un show que justifique semejante idea. Formarán así varias parejas (un «común» y un famoso) que competirán bailando salsa, rock, tango, tap, mambo y todos los ritmos imaginables durante un par de semanas.

Un jurado (compuesto por vedettes de antaño, una bailarina sin popularidad y un periodista de espectáculos) nomina a dos parejas, de las cuales la menos votada por el público quedará descalificada. Y es ahí cuando empieza la diversión: el espíritu solidario se corre y aparecen las verdaderas intenciones. Ahora sólo importará si el que se queda o se va es Dady Brieva, si el rating sube con determinada pareja o no, si Jesica Cirio se acuesta con su co equiper, si Maradona se enojó por la poca suerte de su hija…

La pareja que gane el concurso obtendrá el premio mayor: cumplir el sueño del «común». Los que pierdan, de vuelta a casa, a aguantar las mismas penurias que ya soportaban antes de conocer a Tinelli. ¿Una nueva forma de explotación televisiva de la desgracia ajena? ¿Solidaridad? ¿Oportunismo? Lo cierto es que a esta altura está más que claro será el único ganador. Se sabe: la tele entretiene, pero no siempre dignifica.


ADRIAN ARDEN

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