Bajo el peso de los acontecimientos
Por María Susana Paponi (*)
Un viejo relato de la tradición oral -seguramente modificado por el paso del tiempo y la creación de sucesivas tradiciones- habla de la decisión tomada por un pueblo de Siberia al que acosaban los lobos. La estrategia consistió en formar partidas para darles caza. Se eligió para ello, puesto que la tarea no era sencilla, a los más valientes y mejores tiradores del pueblo. El grupo no era numeroso. A cambio de su tarea la comunidad acordó hacerse cargo de sus trabajos, sus rebaños, sus casas y sus familias mientras durara la batida.
Así se acordó y así se hizo. Los resultados se mostraron en poco tiempo. Los ataques de los lobos se hicieron cada vez más aislados y por lo tanto las pérdidas se redujeron a unas pocas ovejas en lo más crudo del invierno. La gente del lugar se felicitaba de la decisión tomada, otorgaba honores a los cazadores en tanto cumplía de su parte el contrato, haciéndose cargo esmeradamente de sus labores. Los cazadores a su vez vivían a sus anchas, haraganeando durante el día y al acecho por las noches, abatiendo tantos lobos como podían.
No tardó en presentarse un problema. Los cazadores comenzaron a darse cuenta de que, de continuar con la eficacia de sus batidas, la amenaza de los lobos desaparecería y ellos deberían volver a sus trabajos habituales: apacentar los rebaños, almacenar forraje, remover estiércol… es decir a la sorda lucha por la vida cotidiana de la que milagrosamente estaban exentos. Ante semejante perspectiva, tomaron ellos también una decisión: se ocuparían de abatir el número necesario de lobos como para que el pueblo siguiera considerando eficaces y necesarios sus servicios, pero sin llegar a la cantidad de piezas suficientes como para que se pudiera prescindir de ellos.
Debían lograr que los lobos fueran una amenaza constante y a la vez dentro de ciertos límites, para poder seguir siendo ellos cazadores de lobos.
Así se decidió y así lo hicieron.
De este modo lo que la historia acaba contando es cómo el pueblo no logró nunca liberarse, desde entonces, ni de los lobos ni de los cazadores de lobos.
La historia en fin nos pone a prueba, obliga a interrogar (nos) y enseña a reconocer a los cazadores de lobos. Desafío del momento actual que obliga a pensar lo que (nos) acontece sin consignas anacrónicas, declamaciones ni esterilidades.
El problema es abordar el presente. La tarea consiste en una reorganización profunda que rompa el sistema de clausura. Enfrentamos un enigma. La Argentina de hoy vive un nuevo drama. La función de cualquier diagnóstico no es la simple caracterización sino en cambio -siguiendo líneas de fragilidad en el presente- la de poder comprender por qué y cómo lo que es podría no ser más lo que es. Lo que hay que generar es un gesto, una marca, una línea, que logre abrir un recorrido, al modo de esas historias orales que quizás no explican nada, pero permiten comprenderlo todo. O bien, al modo en como lo planteaba Zaratustra: habrá que vérselas entre llevar las cenizas a la montaña o llevar el fuego al valle.
En especial si, como nos acontece, en medio de los horizontes grises del pensamiento actual, náufragos de distintos mares salen a pasear su cansancio. Más aún si la miseria de una sociedad agonizante nos va convirtiendo en habitantes de la frontera. Todavía más, si devorado por la estrategia de la simulación, en el parloteo de la vida cotidiana, el acontecimiento se apodera del lugar de la reflexión.
Hemos de lograr habitar el páramo.
Nos acontece ser los actores y, como se sabe, es característico de la tragedia que el protagonista deba actuar sin saber.
(*) Profesora de Filosofía de la UNC
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