Batalla inútil

¿Están las provincias listas para superar los desafíos muy duros que tendrán que afrontar? Unas pocas, sí.



Desde las elecciones del 14 de octubre, el escenario político nacional se ha visto dominado por la lucha a menudo rencorosa que se ha entablado entre los mandatarios provinciales que por motivos comprensibles quieren más dinero, por un lado y, por el otro, el ministro de Economía que por motivos conocidos no está en condiciones de complacerlos. Aunque los gobernadores entenderán esta realidad ingrata tanto como el propio Domingo Cavallo, por lo pronto ninguno ha estado dispuesto a confesarlo en público por temor a perder terreno frente a sus homólogos de otros distritos o a los rivales de su partido político. Se trata, pues, de un conflicto que en el fondo es artificial -detalle que no parece haber incidido en la conducta del grueso de los participantes- y que, para colmo, ha resultado contraproducente para todos porque ha servido para agravar todavía más la situación económica del país, asegurando así que en el futuro los recursos reales disponibles para las provincias sean aún más magros de los que habrían obtenido si los responsables de gobernarlas hubieran manifestado desde el vamos su voluntad inflexible de aplicar al pie de la letra el principio del “déficit cero”, liquidando cuanto antes los costosos y ruinosamente ineficaces aparatos clientelares que tantos mandatarios consideran sus obras máximas.

Con todo, es de esperar que a esta altura los gobiernos provinciales acepten que es muy escasa la posibilidad de que la Nación, la banca privada o alguna entidad internacional les faciliten más de una fracción de los montos que necesitarían para seguir resistiéndose a emprender reformas que en ciertos casos, entre ellos los de Río Negro y Neuquén, podrían resultar traumáticas. Si quieren, podrán consolarse atribuyendo sus desgracias a la Alianza, a Cavallo, al “modelo” o al “liberalismo”, además de señalar que las víctimas de los ajustes por venir ya carecen de virtualmente todo, pero por elocuentes y sentidas que sean sus protestas no modificarán en absoluto el hecho de que los fondos que tanto desean no se materializarán. Asimismo, si bien les será dado intentar amortiguar el impacto de la crisis repartiendo bonos locales o nacionales a fin de impedir la parálisis total de la producción y del comercio, tendrán que acostumbrarse a vivir dentro de límites infranqueables.

¿Están los gobiernos provinciales listos para superar los desafíos muy duros que, pase lo que pasare en las próximas semanas, tendrán que afrontar? Es probable que en algunas provincias, como San Luis y Santa Cruz, e incluso Santa Fe y Córdoba, los mandatarios puedan mirar hacia el futuro con cierta confianza en cuanto a su capacidad para manejar los muchos problemas que sin duda les esperan, pero en otras han tardado tanto en reconocer que en esta ocasión las maniobras políticas no resultarán suficientes como para permitirles soslayar una vez más un desastre económico, que no parecen preparados anímicamente para los tiempos que ya están comenzando. En efecto, están tan habituados a convertir su poder político en ayuda financiera, que no han pensado en lo que les sería forzoso hacer si aquella fuente de recursos tradicionales se agotara.

Desde hace muchos años es común oír decirse que distintas provincias no son “viables” y que por lo tanto será necesario fusionarlas con otras. Sin embargo, aunque es cierto que tal y como están constituidas algunas provincias sencillamente no poseen los recursos económicos o humanos precisos para prosperar, esto no quiere decir que aun cuando contaran con gobiernos plenamente conscientes de lo que habría de hacer para que el “desarrollo” sea algo más que un lema o una palabra abstracta que se usa en informes extranjeros, no serían capaces de “modernizarse”. Claro, para que las distintas provincias del país emprendieran un esfuerzo en tal sentido sería necesario que sus dirigentes se comprometieran con la “modernización”, dedicándose a eliminar los muchos obstáculos políticos e ideológicos, para no hablar de la malla espesa de intereses creados que se han aglutinado en torno de las elites locales, que les están cerrando el camino hacia un porvenir que en muchas jurisdicciones debería de ser muy promisorio.


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