Baudelaire, maldito tú serás

Por Redacción

De Cristo, de Satanás, de Napoleón, Sócrates, Platón y Empédocles, de Cleopatra y Marco Antonio. De Diógenes y Wagner, de Torquemada, Juana de Arco y Nostradamus, de Goya o Velázquez sobrevivieron retratos caprichosos de sus facciones, esculpidos o dibujados por otra mano. Pinceladas a veces anónimas de cómo fueron sus mejillas y qué intensidad tuvieron en la mirada. Pero de Charles Pierre Baudelaire quedan fotos. Algo debe significar.

En una de ellas, tal vez la más famosa, se lo ve mirando a cámara con los labios apretados y la expresión entre desconfiada y dolorida. Está perfectamente afeitado, dos líneas acompañan una nariz prominente y su pelo luce corto pero sin cuidar. Camisa blanca, un pañuelo al cuello. Soberbio y tenebroso.

Fue su amigo íntimo Nadar quien experimentó con las posibilidades de la figura del escritor a distintas edades.

También han quedado dibujos y caricaturas. El rostro de las fotografías es el de un hombre antes de la tempestad. Nadie podría decir que Charles Pierre Baudelaire tenía una pátina de abuelo o buen tipo. Más bien lo contrario. Sin embargo, quienes lo conocieron mejor dicen que era un buen hombre. Alejado del maldito sin remedio que finalmente pasó a la posteridad como un mito.

Parte de su poesía refleja precisamente esto; una especial preocupación por la pobreza y el sufrimiento ajenos. Su mirada es profunda cuando trata lo complejo de la existencia humana. «Su satanismo, su aparente lujuria, su gusto macabro, no son más que las transposiciones de su fe, de su amor por la naturaleza, de su amor por la vida», explica A. Verjat Massmann en el estudio preliminar de «Pequeños poemas en prosa».

El canto oscuro fue el rasgo de su obra que trascendió con más fuerza. «¡Oh noche! ¡oh refrescantes tinieblas!¡para mí sois la señal de una fiesta íntima, sois la liberación de la angustia! En la soledad de las llanuras, en los laberintos pedregosos de una capital, centelleo de las estrellas, relámpagos de los faroles, ¡sois los fuegos artificiales de la diosa Libertad!», escribió Baudelaire. La soledad aparece como un hecho indiscutible de muchas jornadas. Nadar recuerda que «no dudaba en ponerse a hablar sin nadie que le escuchase». El dato no es tan exótico si se piensa que la poesía tiene bastante de monólogo y Baudelaire fue el actor principal de una obra que pendulaba entre el hedonismo y el misticismo. En el medio hubo valles verdes.

Baudelaire supera largamente la tan promocionada idea de «poeta de Satanás». Pudo ser y lo fue, un representante marginal del romanticismo. Aunque él no lo quisiera. Durante su formación intelectual estuvo cerca del poderoso género, quiso huir en otra dirección y en el camino quedó impregnado de él.

«Déjame respirar largo, largo tiempo, el olor de tus cabellos, sumergir el rostro en ellos, como el hombre sediento en el agua de una fuente, y agitarlos con la mano como fragante pañuelo, para esparcir recuerdos por el aire», anotó en un papel el ser siniestro que imaginamos.

En 1850 publica «Los limbos» parte de lo cual terminará siendo las «Flores del mal», también aparece «Del vino y del haschish», primera versión de «Los paraísos artificiales». En 1855 publica en una revista una serie de poemas con el título de «Las flores del mal». En 1857 aparece el libro y con él llega el escándalo. En 1860 sufre el primero de sus ataques. En marzo de 1866, mientras visita la iglesia de Saint-Loup en Namur se desmaya. Quince días después sufre un ataque de hemiplegia. Baudelaire muere el 31 de agosto de 1867.

Distinguirse fue quizá la obsesión que con más enfermiza tenacidad persiguió el poeta. Quizá en esa razón de vida Charles Pierre Baudelaire encontrará en el vino y el haschish medios destinados a «multiplicar la individualidad». Entonces escribirá: «El haschish ocasiona en el hombre una exasperación de su personalidad y, al mismo tiempo, un sentimiento muy vivo de las circunstancias y de los medios, por lo que es conveniente someterse a su acción en medios y circunstancias favorables: al ser sobreabundante toda alegría y todo bienestar, es también inmensamente profundo todo dolor y toda angustia…» Cuando Rimbaud lee esto, toma nota de que ha sido atrapado para siempre. Como muchos años después Charles Pierre Baudelaire tallará en Marguerite Duras. «Carecemos de un Dios. El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del universo», dijo esta francesa cuando cerró la última página de «Sobre el vino y el haschish». Rimbaud sentenciará luego que en materia de alcohol no hay que andar con matices: «Lanzarse al fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? / al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo».

«Uno de mis amigos, el soñador más inofensivo del mundo, una vez puso fuego a un bosque para ver, decía, si prendía con la misma facilidad que se suele decir. Diez veces seguidas falló la experiencia, pero la onceava dio resultados inesperados. Otro encenderá un puro cerca de un barril de pólvora, para ver, para saber, para tentar al destino, para obligarse a demostrar su energía, para dárselas de jugador, para conocer los deleites de la ansiedad, para nada, por capricho, por ociosidad», escribe Baudelaire. El representa estéticamente estos hechos. Su poesía fue impredecible, caprichosa y hasta cierto punto esotérica. «¿Qué importa la condena eterna para quien encontró en un segundo el gozo del infinito?»

Baudelaire, un hombre víctima de su humanidad. Hubo momentos en que encarnó al demonio y en otros a un chico a punto de recibir amor. No por nada escribió, según recuerda Phillippe Brenot en su libro «El genio y la locura», «El genio no es más que la infancia recuperada a voluntad».

Carlos Torrengo

Claudio Andrade


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