Bolsos de dinero

Redacción

Por Redacción

Mal que le pese a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, muchos encuentran verosímiles las versiones en torno a los negocios turbios que se atribuyen a su extinto marido Néstor Kirchner y sus amigos, que está difundiendo el periodista Jorge Lanata en su programa televisivo semanal. Aunque las denuncias formuladas por los entrevistados no son exactamente nuevas, ya que a través de los años han aparecido muchos artículos periodísticos e incluso libros en que se detallan los métodos recaudatorios presuntamente empleados por el expresidente, debido al clima político imperante el impacto de revelaciones que confirman lo ya sospechado ha sido mayor de lo que era antes. Hasta hace muy poco, la voluntad general de minimizar la importancia de tales acusaciones era tan grande que apenas incidían en la imagen de la presidenta, pero, desgraciadamente para ella, parecería que la mayoría ya no está dispuesta a darle el beneficio de la duda. Convendría, pues, que Cristina intentara responder a las preguntas que se han planteado con algo más que declaraciones supuestamente humorísticas, como la ensayada hace poco para silenciar a una santacruceña que en el transcurso de un acto político afirmó que los kirchneristas están robando: “Quedate tranquila querida, nadie va a robar nada”. Conforme a Miriam Quiroga, la exsecretaria de Néstor Kirchner, los métodos que se usaban para trasladar dinero desde Santa Cruz y otros lugares a la Casa Rosada u Olivos eran un tanto primitivos, si bien cinematográficos: nos asegura que, en vez de aprovechar las ventajas brindadas por el progreso electrónico como es habitual entre sus equivalentes en otras partes del mundo, los involucrados en el asunto lo envían en bolsos pesados que llegarían al despacho del mandatario, para entonces seguir viaje hacia los paraísos fiscales. A menos que Miriam Quiroga, que luego de la muerte de Néstor Kirchner fue echada de sus funciones por orden de Cristina, sufra alucinaciones o esté mintiendo descaradamente, realmente cree que durante mucho tiempo el entonces presidente de la República, con la colaboración de miembros de su gobierno, empresarios y muchos funcionarios, se apropiaba sistemáticamente y, desde luego, ilegalmente, de cantidades enormes de dinero. Por lo demás, da por descontado que Cristina sabía muy bien lo que estaba sucediendo. Pues bien, parecería que los intelectuales oficialistas, además de los legisladores y los funcionarios del gobierno, están convencidos de que sólo es cuestión de un relato fantasioso inventado por reaccionarios, enemigos de los derechos humanos, la justicia social y la democracia, que por motivos viles están procurando difamar a los comprometidos con un proyecto progresista destinado a cambiar la historia. Tendrían que creerlo porque de lo contrario quienes nunca han robado nada ya habrían dejado de apoyar a un gobierno que se ve acusado de ser un antro de corrupción equiparable con los peores del mundo subdesarrollado. Para quienes subordinan todo al “proyecto” kirchnerista, la corrupción es a lo sumo un tema anecdótico cuyo significado dependerá de la actitud asumida por la ciudadanía en las elecciones próximas. Hasta ahora, el gran jurado así constituido se ha mostrado propenso a subordinar la preocupación que algunos podrían sentir por la rapacidad notoria de ciertas personas vinculadas por el kirchnerismo a la estabilidad política; a su juicio, sería mejor mirar hacia otro lado de lo que sería aplicar al pie de la letra las leyes correspondientes. ¿Seguirá pensando así o, alarmado por las señales de que el “modelo” económico está hundiéndose, repudiará a los acusados de saqueo? Por lo pronto, es imposible prever la respuesta a dicho interrogante aunque, al acercarse el día fijado para las elecciones legislativas, no tardará en definirse. Sea como fuere, es por lo menos factible que el gobierno se vea beneficiado por la extrema gravedad de la situación que se ha creado, ya que a esta altura resulta evidente que para remediarla el país tendría que experimentar un cambio político profundo de desenlace imprevisible. En efecto, muchos podrían decidir que, por ser tan fea la realidad y parecer tan peligrosas las eventuales consecuencias de un intento auténtico de combatir la corrupción, sería más sensato resignarse a algunos años más de hegemonía kirchnerista aun cuando suponga votar a favor de la decadencia del país.


Mal que le pese a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, muchos encuentran verosímiles las versiones en torno a los negocios turbios que se atribuyen a su extinto marido Néstor Kirchner y sus amigos, que está difundiendo el periodista Jorge Lanata en su programa televisivo semanal. Aunque las denuncias formuladas por los entrevistados no son exactamente nuevas, ya que a través de los años han aparecido muchos artículos periodísticos e incluso libros en que se detallan los métodos recaudatorios presuntamente empleados por el expresidente, debido al clima político imperante el impacto de revelaciones que confirman lo ya sospechado ha sido mayor de lo que era antes. Hasta hace muy poco, la voluntad general de minimizar la importancia de tales acusaciones era tan grande que apenas incidían en la imagen de la presidenta, pero, desgraciadamente para ella, parecería que la mayoría ya no está dispuesta a darle el beneficio de la duda. Convendría, pues, que Cristina intentara responder a las preguntas que se han planteado con algo más que declaraciones supuestamente humorísticas, como la ensayada hace poco para silenciar a una santacruceña que en el transcurso de un acto político afirmó que los kirchneristas están robando: “Quedate tranquila querida, nadie va a robar nada”. Conforme a Miriam Quiroga, la exsecretaria de Néstor Kirchner, los métodos que se usaban para trasladar dinero desde Santa Cruz y otros lugares a la Casa Rosada u Olivos eran un tanto primitivos, si bien cinematográficos: nos asegura que, en vez de aprovechar las ventajas brindadas por el progreso electrónico como es habitual entre sus equivalentes en otras partes del mundo, los involucrados en el asunto lo envían en bolsos pesados que llegarían al despacho del mandatario, para entonces seguir viaje hacia los paraísos fiscales. A menos que Miriam Quiroga, que luego de la muerte de Néstor Kirchner fue echada de sus funciones por orden de Cristina, sufra alucinaciones o esté mintiendo descaradamente, realmente cree que durante mucho tiempo el entonces presidente de la República, con la colaboración de miembros de su gobierno, empresarios y muchos funcionarios, se apropiaba sistemáticamente y, desde luego, ilegalmente, de cantidades enormes de dinero. Por lo demás, da por descontado que Cristina sabía muy bien lo que estaba sucediendo. Pues bien, parecería que los intelectuales oficialistas, además de los legisladores y los funcionarios del gobierno, están convencidos de que sólo es cuestión de un relato fantasioso inventado por reaccionarios, enemigos de los derechos humanos, la justicia social y la democracia, que por motivos viles están procurando difamar a los comprometidos con un proyecto progresista destinado a cambiar la historia. Tendrían que creerlo porque de lo contrario quienes nunca han robado nada ya habrían dejado de apoyar a un gobierno que se ve acusado de ser un antro de corrupción equiparable con los peores del mundo subdesarrollado. Para quienes subordinan todo al “proyecto” kirchnerista, la corrupción es a lo sumo un tema anecdótico cuyo significado dependerá de la actitud asumida por la ciudadanía en las elecciones próximas. Hasta ahora, el gran jurado así constituido se ha mostrado propenso a subordinar la preocupación que algunos podrían sentir por la rapacidad notoria de ciertas personas vinculadas por el kirchnerismo a la estabilidad política; a su juicio, sería mejor mirar hacia otro lado de lo que sería aplicar al pie de la letra las leyes correspondientes. ¿Seguirá pensando así o, alarmado por las señales de que el “modelo” económico está hundiéndose, repudiará a los acusados de saqueo? Por lo pronto, es imposible prever la respuesta a dicho interrogante aunque, al acercarse el día fijado para las elecciones legislativas, no tardará en definirse. Sea como fuere, es por lo menos factible que el gobierno se vea beneficiado por la extrema gravedad de la situación que se ha creado, ya que a esta altura resulta evidente que para remediarla el país tendría que experimentar un cambio político profundo de desenlace imprevisible. En efecto, muchos podrían decidir que, por ser tan fea la realidad y parecer tan peligrosas las eventuales consecuencias de un intento auténtico de combatir la corrupción, sería más sensato resignarse a algunos años más de hegemonía kirchnerista aun cuando suponga votar a favor de la decadencia del país.

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