Borroso

Por Redacción

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com

Isidoro Reyes está en su casa. Termina de trabajar y tres horas después sigue dando vueltas en internet. Son las dos de la mañana cuando decide irse a dormir. Latana Buendía no ronca pero duerme profundo. Reyes da vuelta para un lado y para el otro. Se va a la cocina a tomar agua. Vuelve a la cama. –¿Estás bien? –le pregunta Latana. –Estoy muy cansado pero no me puedo dormir. Me siento intranquilo… Y no sé por qué. Es como si supiera que alguien está por entrar por el jardín a robarnos. –¿Qué tenés miedo que te saquen? Reyes no contesta. Mira el techo y cambia de tema. Latana se duerme. Reyes se pone de costado, con los ojos clavados en la pared. Son las ocho de la mañana. En algún momento, Reyes se durmió sin darse cuenta. Va al baño, sale al jardín y ve que el agua de la pileta está turbia. El cloro de la noche anterior no fue suficiente. Algunas plantas aún están algo marchitas. “Debe ser el calor”, murmura y vuelve a la cama. Da vuelta durante dos horas, hasta que se levantan para desayunar. *** –¿Estás mejor? –pregunta Latana. –Soñé algo… Estaba mi vieja, en la entrada de una casa con jardín, pero no tengo idea de a quién pertenecía esa casa. Y era como si yo te estuviera presentando a mi vieja. –¿Había más gente? –Sí, era una especie de reunión social, con invitados que no sé quiénes eran. Apareció mi viejo y se puso a hablar. Se quejaba de mi mamá. –¿Qué decía? –preguntó Latana. –La miraba a mi vieja y protestaba: “Si no fuera por ella, no hubiera…”. Pero se quedaba ahí, no completaba las frases. La sensación era que él se quejaba todo el tiempo de cosas que en realidad nunca habían pasado. Hablaba en un tono que estaba entre el lamento y la nostalgia, pero no era genuino. Creo que ni él se lo creía. Añoraba situaciones que no habían existido. Pero para mí, lo fuerte es que se quejaba como enojado… Papá se quejaba todo el tiempo. –¿Tu viejo era así? –intervino Latana, mientras preparaban el desayuno. –No. Y eso me llama la atención. No era de quejarse, al contrario. Así que no entiendo por qué se me apareció en el sueño de esa manera, echándole la culpa a mi vieja de no sé qué cantidad de cosas. –Isidoro, las angustias que llevamos a la almohada suelen estar relacionadas con lo que soñamos. Pero no es fácil desentrañar los misterios del soñar. La semana pasada leía un cómic que describía los sueños como la expresión de todas las basuritas que se acumulan durante el día. –¿Cómo sería? –se interesó Reyes. –Qué sé yo… Ponele, viste por cinco segundos en la tele a un tigre y de repente soñás con el tigre pero de otro modo. Por ejemplo, el otro día estuve jugando con mi sobrino de dos años, que quería andar en skate. Y a la noche soñé con un veterano de guerra que iba en skate aunque sin las piernas. –¿Y qué más pasaba? –se intrigó Reyes. –No sé, me pasa como a vos, tengo un recuerdo borroso.


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