Brasil y el complejo del perro callejero
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
Cuando faltan pocos días para que comience el Mundial de Fútbol de Brasil, la FIFA mira con recelo los aprestos finales de la cita ecuménica. Su secretario general Jerome Valcke ha sostenido que “Brasil no será como Alemania. No hay trenes, no se puede manejar y es peligroso”. Si bien tal expresión no resulta ninguna novedad para quienes vivimos en esta región del mundo, la queja ha llevado a que la propia presidenta Dilma Rousseff recorriera –cual supervisora de obra– distintos estadios que aún –para la perplejidad europea– no han concluido sus tareas. A pesar de mostrarse sonriente en diversas fotos con trabajadores, Rousseff no ha querido dialogar con los periodistas. Igualmente, se supo de su preocupación por los atrasos habidos en distintos escenarios, en particular en el de Curitiba. Este contralor de la mandataria, paradójicamente, la enfrentó a una nueva muerte de un obrero ocurrida en el estado Arena Pantanal de Cuiabá, producto de una descarga eléctrica. Contrariamente a la frase de su bandera, el orden y el progreso no parecen ir de la mano por estos días en las tierras de Brasil. El Mundial es esperado como una muestra de alto impacto internacional y una enorme posibilidad de capitalizar rédito político ante las próximas elecciones nacionales de octubre. La idea de no sólo ser un gran equipo de fútbol sino demostrar por qué se es la séptima economía mundial, treinta y seis millones salieron de la pobreza y cuarenta y dos millones ascendieron a la clase media es motivo de desvelo para el partido gobernante, que deberá atravesar un buen examen mundialista si pretende continuar en el poder. El oficialismo sabe que en el frente interno se esconde la gran bestia que puede malograr el ágape. En efecto, vastos sectores políticos y sociales disconformes con su realidad y con las millonarias sumas utilizadas en el certamen han manifestado públicamente y juran seguir haciéndolo durante el Mundial. A ello deben sumarse el preocupante índice delictivo y el narcotráfico, que desde hace tiempo se pretende controlar en favelas y la periferia de las grandes ciudades anfitrionas. Esta situación pone en zozobra la tranquilidad ambicionada por los descontracturados espectadores de más de 200 países que visitarán las sedes mundialistas. Es por ello que el expresidente Inácio Lula da Silva –cual reservista llamado a apagar el fuego– ha emitido un mensaje que apunta al corazón del brasileño medio. En el mismo, con clara intención de llegar a los sectores populares, afirma que el mestizaje es una de las principales riquezas del país y que la justa deportiva es un llamado para mostrar al mundo lo mejor de su pueblo. Tampoco ha vacilado en decir que durante mucho tiempo Brasil experimentó el “complejo del perro callejero”, por el cual se sentía inferior al resto del mundo, que fue a partir del primer Mundial obtenido en Suecia en 1958 que se reforzó la autoestima y que si hoy Brasil es la nación más triunfadora en la historia del fútbol, ¿cómo no podrá hacer lo mismo en materia de paz y de fraternidad? Para el exmandatario el fútbol es mucho más que un deporte: “Es una pasión nacional que trasciende los muros de los clubes… millones de personas lo practican; donde haya un espacio, por chico que sea, se improvisa un jueguito de fútbol. Si el balón no es de cuero se juega con uno de plástico, de caucho o de tela… hasta con una lata vacía”. El mensaje arenga a dejar el estereotipo del pueblo “ignorante y perezoso” para alimentar los sueños de progreso económico y justicia social. En un mensaje que recuerda al Mandela previo al Mundial de Rugby de Sudáfrica, el otrora líder mecánico llama a su gente a estar preparada dentro y fuera de la cancha. La lucha de Brasil es intestina. El país tiene dentro de su cuerpo el virus, que podrá activarse o no durante el Mundial. No serían bien vistos, para un país que pregona progresismo y respeto por los derechos humanos, blindajes y prohibiciones como los utilizados por Putin en los Juegos Olímpicos de Invierno. El gobierno busca denodadamente que el antídoto llegue antes de que cualquier brote de conflictividad prenda y que los trapitos internos sean exhibidos lo más lejos posible de la vidriera internacional. Brasil se enfrenta así a su otro gran desafío. Un partido sin reglas claras y de pronóstico reservado donde empieza a definir su futuro.} (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar
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