Breve escolio sobre la «pialada»
Por Jorge Castañeda
Entendemos por «pial» al lazo que se arroja a las patas delanteras del animal.
Del castellano peal: paño con que se cubre el pie. Pialar: arrojar el «pial».
Según Inchauspe en sus Voces: «Pialar es mucho más difícil que enlazar».
José Hernández en una de las sextinas de su Martín Fierro asevera que «El que maneja las bolas,/ el que sabe echar un pial/ o sentarse en un bagual/ sin miedo de que lo baje,/ entre los mesmos salvajes/ no puede pasarlo mal».
La pialada es una destreza que aún se ejecuta en las zonas rurales de nuestra patria como así en otras naciones donde se manejan rodeos, siendo una muestra de virtuosa habilidad en las fiestas camperas.
Ha sido detallada con minuciosidad por escritores como Hilario Ascasubi en sus obras «Paulino Lucero» y «Aniceto el Gallo»; Lucio Víctor Mansilla en «Una excursión a los indios ranqueles»; Lussich en «Los tres gauchos orientales» y Leopoldo Lugones en «La guerra gaucha».
Don Ricardo Güiraldes en su «Don Segundo Sombra» narra que «el más viejo de los hombres que nos ayudaba, sentado en un tostado retacón, enlazaba los potros que nosotros volteábamos de un pial».
House y Hernández
Por su parte Guillermo House en su novela «Anselmo Coronel», nos deja toda una acuarela de ese oficio rural que cada día se va perdiendo más, como casi todas las tradiciones camperas.
Dice que «en ese momento el lazo del peón que acompañaba a Silveria, pasando por sobre el anca se cerró en el cogote del colorado malacara elegido, que al sentir el golpe de la argolla quiso disparar.
Bien pronto se le cerró la lazada y el animal quedó separado de la tropilla plegada ahora en un rincón del corral.
A cada esfuerzo del potro, el lazo sujeto por la reciedumbre del hombre, se cerraba más, obligándolo a un resuello entrecortado y anhelante.
Pronto, Anselmo Coronel le tiró el pial que fue a inmovilizarlo en un cada vez más inestable equilibrio.
En los ojos del malacara había tanto de temor como de bravura. Hasta que su corpulencia dio pesadamente en el suelo polvoriento.
En contados momentos, un bozal aseguró todavía más al potro al que los comedidos buscaron por las patas a fin de que se reincorporase.
Traían ya el apero de Silveria que dejaron junto al poste de embramar a un costado del corral.
Hasta allí llevaron poco después al malacara y lo aseguraron con buenos maneadores.
En su afán de sentarse, el animal se sacudía como si quisiera descogotarse, llenándose de sudor y temblándole las verijas en su impotente esfuerzo por zafarse del dominio del hombre».
De esta forma describe el autor las faenas preliminares de una jornada de doma de animales salvajes, que poco tiene que ver con los espectáculos de jineteada, donde las tropillas de animales son preparadas especialmente para corcovear.
Para cerrar este breve escolio sobre la pialada y ante un nuevo aniversario del nacimiento de José Hernández en la chacra de Pueyrredón, es propicio recordar sus versos cuando rememoraba que «El que era pión domador/ enderezaba al corral/ ande estaba el animal/ bufidos que se las pela…/ y más malo que su agüela/ se hacía astillas el bagual./Y allí el gaucho inteligente/ en cuanto al potro enriendó/ los cueros le acomodó/ y se le sentó enseguida,/ que el hombre muestra en la vida/ la astucia que Dios le dio./Y en las playas corcoviando/ pedazos se hacía el sotreta/ mientras él por las paletas/ le jugaba las lloronas/ y al ruido de las caronas/ salía haciéndole gambetas./¡Ah tiempos! … ¡Si era un orgullo/ ver jinetear un paisano!/ Cuando era gaucho baquiano/ aunque el potro se boliase/ no había uno que no parase/ con el cabresto en la mano».»
Entendemos por "pial" al lazo que se arroja a las patas delanteras del animal.
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