Bronca legítima
Estos comicios nos recordaron que la mayoría de los ciudadanos quiere una urgente y drástica reforma política que facilite la salida de figuras archiconocidas.
Que muchos se sientan sumamente disgustados con sus representantes parlamentarios ya no puede dudarse. Aunque ciertos optimistas hayan insistido en que en Europa y Estados Unidos -donde votar no es obligatorio- sería perfectamente normal que el cuarenta por ciento del electorado optara por abstenerse o por arruinar la boleta de suerte que no tenemos motivos para preocuparnos, en la Argentina no lo es en absoluto. Y si bien, como es su costumbre, diversos políticos profesionales están procurando hacer pensar que el voto negativo inmenso fue en realidad una forma harto extraña de respaldar sus propias posiciones, a esta altura hasta los más resueltamente miopes entenderán que fue una manifestación colectiva de desdén por la «clase política» en su conjunto comparable con las habituales en vísperas de los golpes militares que eran rutinarios en épocas felizmente superadas. Puesto que los integrantes más notorios de dicha «clase» habían decidido que la mejor manera de congraciarse con la ciudadanía consistiría en intentar ponerse a la cabeza de las protestas contra el gobierno, éste sí tiene derecho a sentir cierta satisfacción por lo ocurrido. Si bien no hay por qué creer que quienes no depositaron votos válidos en las urnas hayan querido apoyarlo, tampoco lo hay para suponer que tomaran en serio las «propuestas» suicidamente disparatadas de muchos candidatos. Por el contrario, sabían muy bien que a los autores les interesaba más su imagen de «disidente» hipercreativo que las consecuencias más probables de lo que a voz en cuello reclamaban.
Entre otras cosas, estos comicios nos recordaron que una proporción creciente de la ciudadanía, una que con toda seguridad no se limita a los millones que votaron en blanco o eligieron una forma un poco más imaginativa de expresar su disconformidad con la oferta, está convencida de la necesidad urgente de una reforma política drástica que facilite tanto la salida definitiva de una multitud de figuras archiconocidas, algunas de las cuales están festejando triunfos electorales logrados con un porcentaje de votos que en otras ocasiones les hubiera asegurado una derrota contundente, como el ingreso de otras que sean muy pero muy distintas. Acaso el obstáculo mayor en el camino del recambio así supuesto es el poder a todas luces excesivo de los aparatos partidarios, controlados férreamente por caciques que son especialistas en mantener bloqueadas todas las vías de acceso, a las instituciones, a los reacios a someterse a su liderazgo o a cohonestar sus procedimientos. Además de declarar ilegales las tristemente célebres «listas sábana» que benefician sólo a los operadores y a los obedientes, convendría poner fin al monopolio constitucional de los partidos para que independientes auténticos puedan conseguir escaños en el Parlamento si así lo quieren los habitantes de un distrito particular: puede que los partidos sean esenciales para la democracia, pero ya sabemos cuán elevado es el precio de privilegiar a quienes los dominan por encima del resto de la ciudadanía.
Por dos razones evidentes no sirve demasiado atribuir el estado lamentable de «la política» a la crisis económica o al «modelo» si por esta palabra uno quiere decir «capitalismo». La primera razón es que hasta nuevo aviso, la Argentina tendrá que acostumbrarse a vivir de acuerdo con sus medios, mientras que la segunda consiste en que a pesar del clima generalizado de desesperación exasperada el país sencillamente no cuenta con los recursos humanos que le permitirían hacer funcionar, aunque fuera mínimamente, cualquier otro «modelo» porque todos los teóricamente concebibles serían mucho más exigentes. A los políticos actuales y a sus eventuales sucesores, pues, no les será dado escaparse saltando milagrosamente a una nueva realidad. Mal que les pese, todos habrán de seguir viviendo en el país que efectivamente existe, y es precisamente a causa de su resistencia «principista» a reconocerlo que tantos han llegado a la conclusión de que son tan deprimentes que en vez de votarlos han preferido quedarse en casa, dejar blanca la boleta o, para variar, llenar el sobre con un dibujo de Clemente o el retrato de aquel sanguinario multimillonario saudita Osama Ben Laden.
Que muchos se sientan sumamente disgustados con sus representantes parlamentarios ya no puede dudarse. Aunque ciertos optimistas hayan insistido en que en Europa y Estados Unidos -donde votar no es obligatorio- sería perfectamente normal que el cuarenta por ciento del electorado optara por abstenerse o por arruinar la boleta de suerte que no tenemos motivos para preocuparnos, en la Argentina no lo es en absoluto. Y si bien, como es su costumbre, diversos políticos profesionales están procurando hacer pensar que el voto negativo inmenso fue en realidad una forma harto extraña de respaldar sus propias posiciones, a esta altura hasta los más resueltamente miopes entenderán que fue una manifestación colectiva de desdén por la "clase política" en su conjunto comparable con las habituales en vísperas de los golpes militares que eran rutinarios en épocas felizmente superadas. Puesto que los integrantes más notorios de dicha "clase" habían decidido que la mejor manera de congraciarse con la ciudadanía consistiría en intentar ponerse a la cabeza de las protestas contra el gobierno, éste sí tiene derecho a sentir cierta satisfacción por lo ocurrido. Si bien no hay por qué creer que quienes no depositaron votos válidos en las urnas hayan querido apoyarlo, tampoco lo hay para suponer que tomaran en serio las "propuestas" suicidamente disparatadas de muchos candidatos. Por el contrario, sabían muy bien que a los autores les interesaba más su imagen de "disidente" hipercreativo que las consecuencias más probables de lo que a voz en cuello reclamaban.
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