Burocracia y negligencia a favor de bandoleros

Por Francisco N Juarez

¿Qué designio ha tenido la Patagonia para mantenerse durante siglos tan inasible como mítica? ¿Cuáles han sido las razones por las cuales desde el río de la Plata se le destinó tanto olvido que incluyó cierto desdén de los gobiernos centrales y sin embargo sedujo a impetuosos exploradores y misioneros hasta que, por fin, llegaron, atraídos por raro embrujo, pioneros y colonos bajo el sueño de amasar fortuna o simplemente dar con la rara fertilidad que da paso al heroico prestigio y luego alzarse con el poder mayor?

Por esas razones no parece casual que el mexicano Juan José de Vértiz consumara una expedición de estilo conquistador en tierras aborígenes y australes cuando era gobernador del Río de la Plata -y aún no existía el Virreinato- y, precisamente, años más tarde fuera él mismo Virrey. O que Juan Manuel de Rosas consumara su campaña Sur de 1933 -oportunidad que no desaprovechó Charles Darwin cuando lo visitó el 11 de agosto en Cerro Redondo a orillas de río Colorado- y el bonaerense, con la proeza en el bolsillo vigorizara su plan para alcanzar la Suma del Poder. Un calco y precedente -por lo menos en lo que atañe a la secuela política de la ocupación territorial- de lo que haría Julio A. Roca 46 años después. ¿Casualidad? ¿ Metodología política? ¿Destino?

Cada historia patagónica podría nutrirse de otras: inacabables historias de vida. Muchas con orígenes parecidos y destinos antagónicos. Un ejemplo: los inicios paralelos pero trayectorias diferentes de los cordobeses Urbano Montenegro y de Ricardo Perkins, a quienes, dramáticamente, se les rescata cercanas historias referidas al bandolerismo patagónico.

 

Cordobeses rumbo Sur

 

Ambos nacieron un 25 de mayo. En ese día d 1880, Ditomasa Aguirre dio a luz al pequeño cordobesito Urbano, hijo de Albion Montenegro. En la misma fecha patria, pero 6 años antes, cerca de Villa María del mismo terruño cordobés, Guillermo Knight Perkins -contratista del ferrocarril- y su esposa, vieron nacer a su hijo Ricardo Knight, a quien al cumplir 16 años mandaron a estudiar la carrera militar a la Academia Richmond de los Estados Unidos. También ayudaría con otros dos hermanos (Guillermo y George) a Guillermo padre en el tendido de la línea férrea al Pacífico.

Desde principios de siglo, los hermanos Perkins estuvieron vinculados laboralmente con la Compañía de Tierras de Sud Argentina (inglesa), pero Ricardo es el que resultó más nómade: nació en Córdoba, trabajó en San Luis, hizo carrera militar en USA, tuvo su papeleta cívica en Corrientes y de 1898 a 1900 fue en el Junín bonaerense, secretario del ingeniero ferroviario J. C. Bryan. Torció su camino cuando se vinculó con los norteamericanos de Cholila y especialmente con Bob Evans, con quien buscó oro y lo acompañó en el intento de asalto «a la casa de comercio del señor Lahusen» en Comodoro Rivadavia de 1908 (donde murió su peón chileno Manuel Sánchez) para terminar apresado en la calle Bebedero 3636, en la cercanías del barrio de Belgrano de la Capital Federal, el 13 setiembre de 1911, y llevado al Departamento Central de la Policía en la calle Moreno donde consiguió una pasajera notoriedad. Veintiséis días más tarde, el otro cordobés, Urbano Montenegro, que se había alistado tardíamente en la Policía Fronteriza del Chubut -su alta fue el 10 de marzo- cayó muerto en el «combate» de Río Pico, por balas explosivas que le disparó Roberto Bob Evans, seguramente, ya que William Wilson combatió herido del pulgar de la mano derecha, ambos bandidos norteamericanos abatidos ese 9 de diciembre y luego «enterrados por mi tío Hans, porque mi otro tío Eduardo estaba ausente» dijo Antonio Hahn en lo que fue el viejo boliche de Río Pico y epicentro de la desaparecida colonia alemana. Luego, ese 5 de noviembre de 1975, este germano que había nacido casi junto con el siglo, me acompañó hasta los dos miserables leños cruzados que marcaban el lugar donde había sido enterrados Evans y Wilson 64 años antes, y se resume en mis archivos de fotos y cintas grabadas.

 

Maquillaje para la Memoria

 

¿La Patagonia casual, además de trágica?

Para Richard K. Perkins y para Urbano Montenegro, aquel fin de año de 1911 resultó glorioso. La angosta y huesuda cabeza de Perkins, por ejemplo, quedó fotografiada en su desbordante prontuario de la Policía de Buenos Aires, como se llamó hasta mediados de los años '40. Montenegro, la única baja fatal de los perseguidores en Río Pico, ingresó pomposamente aludido en la página 162 de la Memoria 1911-1912 impresa por el Ministerio del Interior y elevada al Congreso Nacional. Es decir, la historia oficial.

¿Y cuál es la diferencia entre esa historia oficial y lo que sucedió realmente? Abismal. Quienes sigan esos informes maquillados, que disimulan los gruesos errores cometidos, justifican falsamente las demoras, inflaman algún éxito y ocultan las calamidades que padecieron -la mayoría de las veces injustamente- pioneros, artesanos, labradores, pastores y vaqueros, no atraparán la verdad del pasado.

Si se toman tramos de la Memoria del Ministerio del Interior elevada al Congreso Nacional en 1912, es posible intercalarle datos demoledores para semejantes falsedades.

Cuando la Memoria se refiere a la creación de las Policías Fronterizas del Chubut y Río Negro, señala que «recién pudo ponerse en marcha y dar principio a su cometido en 1° de Marzo del año ppdo., por no haberle llegado todo el armamento.» Falso. Recién lo hizo a fines de mayo. Y no fue sólo por no proveérselas en Buenos Aires para embarcarse rumbo a Puerto Madryn, sino que jefes y tropa permanecieron en Trelew varios meses, con ninguna disciplina, mucho alcohol e incapacidad de los jefes y el propio Gebhard, quien entonces «pescó» una enfermedad prostibularia. Es que este jefe no estaba «anclado en Trelew» por falta de armas. En realidad carecía de calzado y uniformes. Fue el gobernador Alejandro Maíz quien despachó al ministerio el telegrama del 29 de marzo (N° 1183) que decía: «Mayor Gebhard comunica que devuelve treinta pares de botas n° 37 (!). Necesita de 40-41-42». Es que no era una tropa de novicias en plan de enclaustrarse. Se trataba de un grupo heterogéneo y brutal que iba «a las cordilleras» cuando se venía el invierno, las escarchas y las nevazones. Por eso la nota reclamaba a la vez «ponchos, mantas y matras para fuerzas cordillerana (y aquí uno de los datos que contradice a la Memoria ministerial) a fin de da comienzo a la campaña». Es decir: faltaba el recorrido burocrático de la nota, conseguir los elementos adecuados no provistos en la Capital Federal, embarcarlos y esperar la travesía por mar y por tierra.

En realidad era un broche de oro entre tantos desaciertos, porque tres días antes del reclamo por las botas provistas para pies de bailarinas, el telegrama 1104 del gobernador Alejandro G. Maíz, ya había reclamado al ministro que «Comunica el Mayor Gebhard que los uniformes recibidos para ropa resultan chicos. Necesítase urgentemente veinticinco chaquetillas tipo escuadrón N° uno y dos». El ministro ya estaba fatigado de los reclamos de Gebhard y fue el subsecretario Adolfo Casabal quien pidió las chaquetillas al jefe de policía Luis J. Dellepiani.

 

La mentira oficial

 

La Memoria 1911-1912 al Congreso Nacional también mentía así: «Pero el tiempo que la por la causa antedicha (la demora en la provisión del armamento) permaneció (la Fronteriza) en Trelew no fue tiempo perdido; por cuanto el Jefe instruyó y disciplinó su tropa, y una vez recibido el armamento y puesto en marcha el escuadrón hacia la Cordillera, se practicó el ejercicio del tiro, condición esencial para luchar con bandoleros, entre los cuales algunos, de nacionalidad norteamericana, tenía fama de eximios tiradores».

Se sabe cómo disciplinó Gebhard a su tropa. Sacándola de los boliches de Trelew como si fuera una leva de embriagados durante tres meses, período durante el cual se produjo en el mismísimo Chubut el escandaloso secuestro del encumbrado estanciero R. Lucio Ramos Otero.

«A principios de julio se tuvo noticias de una serie de robos, asaltos y homicidios cometidos en la Cordillera», señaló a continuación la Memoria, con total omisión del gran secuestro cometido ya a fines de marzo por dos norteamericanos (identidad conocida tardíamente por las maniobras de distracción y de descreimiento que cometió la propia Policía Fronteriza).

¿Qué hace la Memoria para no hablar del despiste de los fronterizos frente al caso Ramos Otero, del encubrimiento -que hoy se llamaría «embarrar la cancha»- diseñado por el comisario Dreyer de Tecka, bajo el argumento de que la desaparición de Ramos Otero la había urdido el propio estanciero? No se menciona tal secuestro y se detalla la batida del comisario Alanís (José, que actuó en Bariloche y en Roca, pero que en aquella batida invernal agravó la afección al corazón que lo llevó poco después a la muerte) como pantalla encubridora.

El funcionario que escribió la Memoria bajo directivas, seguramente lo extractó de un desordenado cúmulo de papeles. Escribió: «Puede decirse asimismo, que sólo el 16 de Octubre subsiguiente se inicia la segunda parte de la campaña…» Pero no hubo tal fecha marcada, sino que el escuadrón de Gebhard se instaló en el departamento 16 de Octubre (nominación homenaje a la fecha de 1884 de creación de los territorios nacionales), más precisamente en Súnica. El documento oficial mencionaría al abatido Montengro y los premios otorgados a los brutales jefes fronterizos. El caos y los apaleamientos de los fronterizos a pobladores inocentes, quedaron barridos detrás de la cortina.

 

(Continuará)

 

fnjuarez@sion.com


¿Qué designio ha tenido la Patagonia para mantenerse durante siglos tan inasible como mítica? ¿Cuáles han sido las razones por las cuales desde el río de la Plata se le destinó tanto olvido que incluyó cierto desdén de los gobiernos centrales y sin embargo sedujo a impetuosos exploradores y misioneros hasta que, por fin, llegaron, atraídos por raro embrujo, pioneros y colonos bajo el sueño de amasar fortuna o simplemente dar con la rara fertilidad que da paso al heroico prestigio y luego alzarse con el poder mayor?

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