Cacerolazos a la turca
Nunca fue muy realista la esperanza de que el gobierno del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, un islamista habitualmente calificado de “moderado” por los medios occidentales, sirviera de modelo para los demás países musulmanes al mostrarles que es posible combinar la piedad religiosa, la democracia, el respeto por los derechos ajenos y el capitalismo relativamente liberal. Además de haber sido una potencia imperial, un detalle que reduce su influencia en el resto de la región, Turquía es un país de cultura muy distinta de la de sus vecinos árabes. Por lo demás, a pesar de la “moderación” que se le atribuye, Erdogan no ha vacilado en impulsar una agenda islamista que apunta al debilitamiento primero, y la eliminación después, del Estado secular creado por Kemal Ataturk luego del desmembramiento del Imperio Otomano. Por cierto el Partido de la Justicia y el Desarrollo gobernante no se parece a la democracia cristiana alemana, como arguyen sus defensores europeos. Si bien Erdogan ha operado con cautela, aprovechando hábilmente el apoyo de los campesinos y la clase media baja que se aferran a las tradiciones religiosas que a juicio de los kemalistas estaban en la raíz del atraso de su país, el autoritarismo y la arrogancia del régimen terminó provocando el estallido social que desde hace un par de semanas está convulsionando los principales centros urbanos. Los enfrentamientos entre la policía y manifestantes inicialmente pacíficos han provocado la muerte de varias personas mientras que miles han sido heridas. Los disturbios comenzaron cuando la policía, actuando con brutalidad, reprimió una protesta en Estambul contra la construcción de un centro comercial y una mezquita gigantesca en un parque pequeño, pero pronto se hizo evidente que bastaba con una chispa para causar una conflagración en gran escala. En una cuestión de horas, estallaron disturbios similares en la capital, Ankara, y otras ciudades del interior, como Esmirna, motivados no por preocupaciones ecológicas sino por la sensación de que el régimen islamista está transformándose con rapidez en una dictadura oscurantista, intolerante y contraria a las libertades públicas. Con todo, si bien los temores de quienes quieren que Erdogan renuncie pueden justificarse, el primer ministro cuenta con el respaldo suficiente como para confiar en triunfar en las próximas elecciones sobre una oposición tan dividida como su equivalente en la Argentina. Asimismo, aunque el crecimiento económico vigoroso de los años últimos parece estar por agotarse, el gobierno islamista se ha visto beneficiado por el aumento sustancial del nivel de vida que se ha registrado a partir de marzo del 2003, cuando Erdogan inició su gestión. La reacción del régimen islamista frente a las protestas de quienes claramente se sienten más occidentales que asiáticos ya ha tenido repercusiones negativas en Europa, donde la mayoría se opone al eventual ingreso de Turquía, con sus 80 millones de habitantes mayormente musulmanes, en la Unión Europea, pero muchos políticos, incluyendo el primer ministro británico David Cameron, se afirman a favor. Aunque en teoría dicha alternativa se mantiene abierta, los obstáculos parecen insuperables ya que, para que Turquía fuera admitida, sus gobernantes tendrían que reconocer que los armenios sí fueron víctimas del genocidio perpetrado por los otomanos, dejar de perseguir a la inmensa minoría kurda que, dentro de un par de décadas, podría erigirse en mayoría debido a su mayor tasa de natalidad y poner fin al problema causado por la invasión turca del norte de Chipre en 1974. Otro obstáculo, claro está, consiste en la pérdida de interés de muchos turcos en las posibilidades que ofrecería la hipotética incorporación de su país a la UE. Últimamente les ha atraído la idea de tratar de erigirse en una potencia regional hegemónica, pero la guerra civil de Siria, el peligro planteado por la teocracia chiita iraní y el riesgo que les supondría ser otro campo de batalla para los sectarios belicosos que están provocando tantos estragos en el mundo musulmán han contribuido a la oposición de los sectores menos tradicionalistas que, a pesar de todo lo sucedido, siguen aspirando a un estilo de vida más occidental que islámico, por “moderado” que éste fuera en comparación con las variantes propias de Irán y muchos países árabes.