Callejón sin salida

Por Redacción

El modelo económico soviético fracasó de manera catastrófica por un motivo muy sencillo: ninguna burocracia estatal, ni siquiera una conformada por funcionarios muy eficaces, puede manipular todas las variables. Por fortuna, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no se ha propuesto intentar emular a los responsables de la tragedia comunista, pero sus esfuerzos por manejar a discreción la economía nacional ya lo han llevado a multiplicar los controles, reforzándolos cuando los resultados no son de su agrado. Aunque a veces los controles parecen servir, como en el caso del dólar blue que retrocedió luego de superar brevemente la barrera psicológica de los seis pesos, tales logros suelen ser pasajeros, de suerte que dentro de poco el gobierno se sentirá obligado a endurecerlos nuevamente, poniendo así en marcha un proceso que es difícilmente reversible. Para complicar todavía más el panorama, el gobierno no cuenta con una burocracia eficaz. Tampoco son idóneos los funcionarios que, sin formar un equipo, influyen más en el pensamiento presidencial. Como ya sucedía cuando Néstor Kirchner se encargaba de la estrategia económica, el titular del ministerio correspondiente, Hernán Lorenzino, se limita a desempeñarse como una especie de secretario financiero, mientras que en el lugar en el esquema gubernamental que ocupaba el ex presidente están Guillermo Moreno y Axel Kicillof que, desde luego, militan en corrientes ideológicas muy diferentes; acaso lo único que tienen en común los dos es la convicción de que, siempre y cuando el gobierno haga sentir su autoridad, les será dado subordinar la evolución de la economía a su propia voluntad. Se trata de una pretensión desmedida. En los meses últimos la economía se ha alejado cada vez más de las previsiones optimistas de quienes se creen capaces de dominarla. El desdoblamiento del mercado cambiario no es más que un síntoma de lo que está ocurriendo. Conscientes de que “el modelo” kirchnerista ha entrado en una zona turbulenta, muchos están procurando ponerse a salvo de lo que temen está por suceder comprando dólares. Asimismo, los intentos de Moreno de impedir el ingreso de bienes foráneos siguen golpeando con fuerza a la industria que, claro está, necesita insumos importados para funcionar, de ahí el aporte de las medidas a la desaceleración que se ha registrado. Lejos de estimular la producción local, los controles ideados por Moreno están frenándola. Por lo demás, la campaña en contra de la dolarización ha tenido un impacto negativo en el mercado inmobiliario y, con cierto atraso, en la construcción, sector éste que es muy importante porque genera una gran cantidad de puestos de trabajo. El nerviosismo actual se debe no sólo a la proliferación de problemas atribuibles a las distorsiones inherentes a un modelo basado en una maraña de subsidios y el consumo en que, entre otras cosas, una tasa alta de inflación ha convivido durante mucho tiempo con una tasa de cambio oficial tan atrasada que, según algunos cálculos, ha regresado al nivel que había alcanzado en los días previos al colapso de la convertibilidad, sino también a la sensación de que el gobierno está improvisando, reaccionando con torpeza frente a sorpresas ingratas, porque sus miembros más destacados no saben muy bien lo que les convendría hacer. En el mundo actual escasean los mandatarios que se han especializado en economía, razón por la que en la mayoría de los países dependen de los consejos de asesores profesionales, pero a partir de la defenestración de Roberto Lavagna, aquí todas las decisiones importantes han sido tomadas por políticos convencidos de que en última instancia lo único que importa es su propia voluntad y sus preferencias ideológicas. Aunque merced al ajuste brutal que se produjo en los días finales del 2001 y en el 2002, además de una coyuntura internacional insólitamente favorable, hasta las elecciones presidenciales de octubre pasado la evolución macroeconómica del país pudo considerarse muy positiva, desde entonces no lo ha sido en absoluto. Por el contrario, es evidente que el “modelo” kirchnerista se agotó hace tiempo; pero el gobierno, por razones exclusivamente políticas, está resuelto a ir a cualquier extremo con la esperanza de mantenerlo intacto sin preocuparse por las consecuencias de tanta tozudez.


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