Cambiar para no cambiar

Por Redacción

A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le gustan los cambios en el gabinete porque entiende que sus adversarios los tomarán por un síntoma de debilidad. Fue por esta razón que ha motivado cierta sorpresa la decisión de reubicar a quien hasta el jueves pasado era ministro de Defensa, Arturo Puricelli, en Seguridad, poner al diputado Agustín Rossi a cargo de las Fuerzas Armadas residuales y enviar a Nilda Garré a Washington, donde podrá ayudar a los aliados bolivarianos del gobierno a socavar la Organización de Estados Americanos en que participan activamente Estados Unidos y Canadá. Aunque los cambios son menores, el que hayan sido los primeros desde que Cristina inició su segundo período presidencial podría interpretarse como una señal de que entiende que le convendría tratar de brindar la impresión de estar dispuesta a renovar un gobierno que hace mucho dejó de inspirar confianza. De ser éste su propósito, el recambio que se anunció el jueves pasado servirá para poco. De acuerdo común, la gestión de Puricelli como ministro de Defensa fue lamentable; además de ser responsable de la captura de la fragata “Libertad” por las autoridades de Ghana a pedido de un “fondo buitre” y haber permitido que el destructor “Santísima Trinidad” se deteriorara hasta tal punto que terminó hundiéndose, hizo un gran aporte al fracaso de la campaña antártica. Así las cosas, trasladarlo a un ministerio clave como el de Seguridad no parece tener mucho sentido. Por cierto, Puricelli no es el hombre indicado para convencer a una ciudadanía traumatizada de que por fin el gobierno se ha propuesto tomar en serio “la sensación” de inseguridad provocada por una sucesión de delitos brutales. Según parece, quien llevará la voz cantante en el ministerio será, como ha sido el caso desde hace años, el teniente coronel Sergio Berni, pero se conjetura que Cristina ha elegido mantenerlo en reserva por suponer que le resultaría ser una pieza electoral útil. En cuanto al sucesor de Puricelli como titular de Defensa, el ultrakirchnerista Rossi, se trata de un legislador astuto y movedizo que nunca ha manifestado demasiado interés en los problemas de las Fuerzas Armadas que, según los especialistas en la materia, a esta altura no estarían en condiciones de enfrentar un –por fortuna meramente hipotético– ataque paraguayo o boliviano. Parecería que fue designado ministro sólo para alejarlo de Santa Fe, donde el peronismo está celebrando una de sus ya rutinarias guerras internas y el diputado Rossi cuenta con más enemigos que aliados. Con las elecciones de octubre cada vez más cercanas, puede darse por descontado que la presidenta está concentrándose en las eventuales candidaturas puesto que, desde su punto de vista, tienen prioridad sobre un eventual intento de formar un gobierno mejor. Puede que haya pronto más cambios en el gabinete, pero, a juzgar por los nombres que están en danza, el gobierno seguirá siendo tan mediocre como el actual e incluso podría ser peor, en parte porque Cristina es notoriamente reacia a dejarse acompañar por personas que en su opinión podrían aspirar a hacerle sombra, erigiéndose en “superministros”, pero también porque escasean políticos o técnicos de capacidad reconocida que estarían interesados en arriesgarse cumpliendo funciones bajo el mando de una presidenta que no tolera el disenso. Es que las deficiencias patentes del gobierno kirchnerista pueden atribuirse a la falta de idoneidad de quienes saben, desde el vamos, que para permanecer en el cargo tendrán que hacer gala de un grado de obediencia ciega que es incompatible con el profesionalismo. Por lo demás, no pueden sino comprender que una gestión demasiado eficaz los pondría en apuros, ya que a juicio de algunos compañeros destacarse es una forma de traición. El sistema monárquico que se ha instalado en la Argentina virtualmente garantiza la ineptitud. En el mundo moderno la centralización excesiva no funciona porque, para administrar bien un país tan complicado como el nuestro, sería necesaria una multitud de equipos técnicos conformados por personas capacitadas que no se sientan obligadas a subordinar todo a su “lealtad” para con el líder máximo o limitarse a desempeñar un papel en un “relato” fantasioso desvinculado de la realidad.


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