Cananor, el río patagónico que nunca existió





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El misterioso río Cananor, ubicado entre los 45º y 47º de latitud austral, aparece en la cartografía en 1502 en los mapas de Caverio y Kunstmann, de lo que se deduce que alguna expedición habría llegado a esas latitudes de nuestra Patagonia, entre ellas la de Américo Vespucio que según escribió llevó sus naos hasta los 50º, citando al mencionado río.

Por ser un nombre muy raro y no coincidir con fecha alguna del Santoral ni con algún tripulante de la expedición de Vespucio, el escritor Germán Arciniegas expone un curioso antecedente: “Cananor era un recuerdo del Oriente que lo mismo impresionaba a los portugueses que a los florentinos. Cananor y Cochín eran los dos puertos de exportación más importantes para la pimienta y la canela, sobre la costa de Malabar. De Malabar era originaria la pimienta, y la pimienta tenía en Florencia más consumo que ninguna otra especia. Se usaba en la cocina y en la farmacia y valía como moneda”.

De allí –según Arciniegas– que Américo Vespucio debió tener en cuenta ese antecedente para dar bautizo al enigmático río de la Patagonia austral.

Sobre el particular el académico de la historia Enrique de Gandía afirma que “el nombre del río está relacionado con el nombre imaginario de un rey de una novela de caballería de fines del siglo XV: ‘La historia del rey Canamor y del Infante Turián, su hijo’”.

Por su parte Lewis Jones en su libro “La colonia galesa” se refiere al río Chico y su probable desembocadura en la bahía Camarones. “En el fondo de esta depresión que comunica el Imacán (Chico) con Camarones, corre un curso salado cuyo caudal depende de las lluvias y de los manantiales”, y que al verlo en esa estación los viajeros lo identificaron como el río Cananor.

Alcazaba y Sotomayor cuenta que “A 3 del dicho, tomé sol en cuarenta y seis grados y medio; en este día vimos tierra, en la entrada del río Cananor, que es una bahía grande y entra al oeste-noroeste y acosta de la banda del norte; que es tierra alta; y a la parte del sud oeste y del sud sudoeste hasta el sur, que es tierra baja como isla y viene a la mar ocho leguas”.

Con diferencias en su grafía (Cananor, Cananea y otras), se siguió citando hasta que en la expedición de 1883 de Lino Oris de Roa se da información de su inexistencia.

El escritor y músico Héctor Raúl Ossés en su interesante libro “Patagonia, ficción y realidad” cita a Tomás Falkner cuando escribió que “en la bahía de Camarones nada había que llamase la atención, a no ser unos grandes peñascos que tenían toda la apariencia de una ciudad sumergida”, de lo cual deduce Ossés que “es probable que la desembocadura sea sólo la parte final del Salado, un zanjón temporario muy importante, que cuenta con afluentes de cañadones muy grandes ubicados al oeste de Camarones, sobre la Pampa de La Lochiel, meseta de Montemayor. Al llegar el verano la nieve y el hielo de esas pampas, mesetas y cañadones se vuelcan en el mar a través del zanjón”.

Y por ese detalle afirma que “por muchísimos años el Cananor fue un río en los mapas, pero es probable que haya sido sólo el desagüe de la meseta, un cañadón muy importante. Y tal vez el ‘río’ que vio Vespucio era el agua tardía del deshielo”.

La Patagonia es una tierra fantástica caída de toda cartografía donde la leyenda y el mito han dejado una impronta indeleble sobre su geografía. Dragones, endriagos, gigantes, ciudades revestidas de oro y ríos que nunca fueron han alimentado la fantasía de aventureros de toda laya y condición.

*Escritor de Valcheta


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