Cantidad y calidad
Ya es oficial. Según estadísticas que fueron difundidas hace un par de días por el gobierno nominalmente comunista de China, el “gigante asiático” acaba de superar a Japón en la liga económica internacional para ubicarse en el segundo lugar detrás de Estados Unidos, con un producto bruto interno equivalente a 1,33 billones de dólares. Formulada así la novedad es impactante, razón por la que los responsables de muchos periódicos la creyeron la más importante del día, lo que no hubiera sido el caso si nos informaran que, luego de tres decenios de crecimiento vertiginoso, los chinos habían logrado alcanzar el nueve por ciento del producto per cápita de sus vecinos japoneses, puesto que su población es más de diez veces mayor. Es que, si bien en ciertas ciudades costeras el nivel económico es relativamente alto conforme a las pautas del Tercer Mundo, en el resto del país –con la excepción de la recién reincorporada ciudad autónoma de Hong Kong– sigue siendo terriblemente bajo. Como los funcionarios chinos mismos suelen recordarnos, el ingreso per cápita actual es comparable con los de Argelia y Guatemala, países que nadie en su sano juicio pensaría en tomar por “modelos” de dinamismo económico. En términos de poder adquisitivo, el ingreso promedio en la Argentina es casi tres veces más elevado que el chino, lo que no es óbice para que en otras latitudes la economía de nuestro país sea considerada un fracaso apenas explicable. No se trata de detalles menores. El resurgimiento de la economía china después de siglos de atraso ha impresionado vivamente a muchos políticos en distintas partes del mundo que creen ver en él evidencia de que una combinación de autoritarismo político, dirigismo y capitalismo “salvaje” es mucho más eficaz que los esquemas en el fondo liberales y democráticos favorecidos por los países desarrollados. En sociedades de tradiciones autoritarias en que, por motivos supuestamente éticos, muchos integrantes de la elite cultural desconfían del capitalismo tal y como lo practican en Estados Unidos y Europa, es muy fuerte la tentación de “aprender” del ejemplo chino ya que, a su juicio, nos enseña que el centralismo estatista es superior a las recetas recomendadas por la mayoría de los economistas norteamericanos y europeos. Tal vez tendría algunos méritos si sólo aspiraran a emular a los argelinos y guatemaltecos, pero en países como el nuestro, que dejaron atrás dicha fase hace varias décadas, los desafíos que enfrentan los dirigentes no son los mismos. Como es habitual cuando la economía de un país determinado crece a un ritmo muy rápido, abundan los que dan por descontado que la tendencia así supuesta se prolongará por muchos años más. En los años ochenta del siglo pasado parecía que la economía japonesa estaba destinada a superar pronto a la de Estados Unidos, erigiéndose en la mayor del planeta, pero para sorpresa de casi todos se inició un período que aún no ha terminado –y que por razones demográficas puede resultar permanente– de crecimiento relativamente modesto que puso fin a las ambiciones niponas en tal sentido. ¿Ocurrirá lo mismo en China? Aunque parece probable que continúe mejorando su desempeño económico por algunos años más y que, por contar con una población que es entre cuatro y cinco veces mayor que la estadounidense, se confirmen los vaticinios de quienes creen que tarde o temprano ocupará el lugar de privilegio en el podio internacional, hay motivos de sobra para prever que nunca alcanzará el mismo nivel de prosperidad a menos que los norteamericanos, y los europeos, experimenten una caída catastrófica que, por supuesto, incidiría de forma muy negativa en China por depender tanto el gigante de sus exportaciones al mundo desarrollado. Por lo demás, será difícil que los chinos consigan enriquecerse mucho más sin reformas políticas radicales que sirvan para estimular la iniciativa personal. Aunque es comprensible que para muchos políticos y algunos intelectuales en países subdesarrollados el orden dictatorial y burocrático que se da en China haya resultado ser muy atractivo, les convendría pensar en la posibilidad de que sea incompatible con un ingreso per cápita equiparable con el argentino, para no hablar del ya alcanzado en América del Norte, Europa occidental, Japón y Oceanía.
Ya es oficial. Según estadísticas que fueron difundidas hace un par de días por el gobierno nominalmente comunista de China, el “gigante asiático” acaba de superar a Japón en la liga económica internacional para ubicarse en el segundo lugar detrás de Estados Unidos, con un producto bruto interno equivalente a 1,33 billones de dólares. Formulada así la novedad es impactante, razón por la que los responsables de muchos periódicos la creyeron la más importante del día, lo que no hubiera sido el caso si nos informaran que, luego de tres decenios de crecimiento vertiginoso, los chinos habían logrado alcanzar el nueve por ciento del producto per cápita de sus vecinos japoneses, puesto que su población es más de diez veces mayor. Es que, si bien en ciertas ciudades costeras el nivel económico es relativamente alto conforme a las pautas del Tercer Mundo, en el resto del país –con la excepción de la recién reincorporada ciudad autónoma de Hong Kong– sigue siendo terriblemente bajo. Como los funcionarios chinos mismos suelen recordarnos, el ingreso per cápita actual es comparable con los de Argelia y Guatemala, países que nadie en su sano juicio pensaría en tomar por “modelos” de dinamismo económico. En términos de poder adquisitivo, el ingreso promedio en la Argentina es casi tres veces más elevado que el chino, lo que no es óbice para que en otras latitudes la economía de nuestro país sea considerada un fracaso apenas explicable. No se trata de detalles menores. El resurgimiento de la economía china después de siglos de atraso ha impresionado vivamente a muchos políticos en distintas partes del mundo que creen ver en él evidencia de que una combinación de autoritarismo político, dirigismo y capitalismo “salvaje” es mucho más eficaz que los esquemas en el fondo liberales y democráticos favorecidos por los países desarrollados. En sociedades de tradiciones autoritarias en que, por motivos supuestamente éticos, muchos integrantes de la elite cultural desconfían del capitalismo tal y como lo practican en Estados Unidos y Europa, es muy fuerte la tentación de “aprender” del ejemplo chino ya que, a su juicio, nos enseña que el centralismo estatista es superior a las recetas recomendadas por la mayoría de los economistas norteamericanos y europeos. Tal vez tendría algunos méritos si sólo aspiraran a emular a los argelinos y guatemaltecos, pero en países como el nuestro, que dejaron atrás dicha fase hace varias décadas, los desafíos que enfrentan los dirigentes no son los mismos. Como es habitual cuando la economía de un país determinado crece a un ritmo muy rápido, abundan los que dan por descontado que la tendencia así supuesta se prolongará por muchos años más. En los años ochenta del siglo pasado parecía que la economía japonesa estaba destinada a superar pronto a la de Estados Unidos, erigiéndose en la mayor del planeta, pero para sorpresa de casi todos se inició un período que aún no ha terminado –y que por razones demográficas puede resultar permanente– de crecimiento relativamente modesto que puso fin a las ambiciones niponas en tal sentido. ¿Ocurrirá lo mismo en China? Aunque parece probable que continúe mejorando su desempeño económico por algunos años más y que, por contar con una población que es entre cuatro y cinco veces mayor que la estadounidense, se confirmen los vaticinios de quienes creen que tarde o temprano ocupará el lugar de privilegio en el podio internacional, hay motivos de sobra para prever que nunca alcanzará el mismo nivel de prosperidad a menos que los norteamericanos, y los europeos, experimenten una caída catastrófica que, por supuesto, incidiría de forma muy negativa en China por depender tanto el gigante de sus exportaciones al mundo desarrollado. Por lo demás, será difícil que los chinos consigan enriquecerse mucho más sin reformas políticas radicales que sirvan para estimular la iniciativa personal. Aunque es comprensible que para muchos políticos y algunos intelectuales en países subdesarrollados el orden dictatorial y burocrático que se da en China haya resultado ser muy atractivo, les convendría pensar en la posibilidad de que sea incompatible con un ingreso per cápita equiparable con el argentino, para no hablar del ya alcanzado en América del Norte, Europa occidental, Japón y Oceanía.
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