“Carambola”



La carambola es un juego en vías de extinción. Supe de su existencia en mi mocedad, cuando mi padre nos dio las primeras lecciones a mi hermano y a mí en mi lejana y querida Entre Ríos, específicamente en un pueblo llamado Galarza. A partir de entonces lo adopté como uno de mis entretenimientos favoritos. En Buenos Aires pasé varias noches de bohemia y billar en un local sito en la calle Santa Fe casi Pueyrredón, con mis amigos cabecitas negras de ocasión. Muchas veces la falta de pericia hacía saltar las bolas, las que con gran estrépito picaban en el piso e incluso, a veces, escaleras abajo hasta la avenida Santa Fe. La algarabía ganaba a los eventuales parroquianos que exclamaban entre risotadas: “Almacén y cancha de bochas”… En la zona he jugado en la ciudad de Neuquén, en la calle Perito Moreno, en la Mitre, en el club Pacífico y en el último local que disponía de mesas: Bolacero. En la ciudad de Cipolletti, jugaba en el bar del Sr. Marinozzi, una antigua casa que hoy es una tanguería. Con mis hermanos nos trasladábamos hasta allá, pero grande era nuestra decepción cuando veíamos un montón de autos relucientes estacionados, señal inequívoca de que había gitanos jugando, lo cual frustraba nuestro propósito, pues permanecían horas ocupando las dos mesas disponibles. Todavía recuerdo las palabras que solía pronunciar mi hermano Hugo, cuando acontecía tal circunstancia: “Sonamos, hay gitanos como para hacer dulce”, –dicho esto con todo el respeto hacia la comunidad zíngara–. También hemos trasladado nuestro “vicio” a las ciudades de Centenario, Allen y Roca, en el club italiano, donde había una mesa de billar y otra de casín. Debo aclarar que soy un jugador mediocre, pues a pesar del empeño y las horas que le dediqué al juego, nunca me destaqué como un billarista siquiera aceptable, pero el disfrute de practicar el juego, con amigos, hermanos y con mi ya extinto padre era inigualable. Extraño esas noches de bohemia y billar. Albérico Martín Cáceres, DNI 11.047.612 – Neuquén


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