El peso de lo invisible

Por Carta de lector

Javier Genoud
DNI 17.506.130

General Roca

Había un tipo que siempre tenía el discurso correcto. Sabía qué decir en cada mesa, en cada reunión, en cada charla. Hablaba de valores, de respeto, de empatía. Caía bien. Convencía. Pero en lo cotidiano, era otra cosa.
Le hablaba mal a la moza porque tardaba. Ignoraba al que le ofrecía algo en la calle, como si no existiera. Le pegaba un tirón a la correa del perro cuando nadie miraba. Pequeños gestos. Invisibles para muchos. Decisivos para quien presta atención.
Un día, alguien que lo conocía bien lo vio en una de esas escenas. No dijo nada en el momento, pero algo cambió. Entendió que todo lo que ese tipo decía valía menos que la forma en que trataba a quienes no podían devolverle nada. Ahí se le cayó el personaje. Porque al final, no hay discurso que tape lo que sos cuando no estás ganando nada. Eso no se ensaya. Eso sale.
Y hay algo peor que mentirle a los demás: creerse el propio cuento.
Mirarse al espejo y no ver al que empuja, al que desprecia, al que pisa en silencio. Porque ahí ya no es actuación, es costumbre.
Y vos, cuando nadie te necesita, nadie te aplaude y nadie puede darte nada: ¿quién carajo sos realmente?


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