País de pistoleros




Julián Alvarez, DNI 7.574.027

La gran democracia del norte hace mucho que ha perdido la brújula, si es que alguna vez la tuvo. Desde que los padres fundadores escaparon de los impuestos del rey inglés para cruzar los mares, quedó fijado el destino de ese país, cuya grandeza no es otra que su extensión y su vocación armamentística.

Así empezó su historia de pistoleros, dedicados primero a asesinar indígenas y, complementariamente, fauna local que era una de las fuentes de vida de los llamados pieles rojas (denominación que ahora se ha descubierto peyorativa). Así nació la leyenda de uno de sus próceres, Búfalo Bill.

Claro está que semejante práctica consagrada además como fundacional no podía quedarse en la “epopeya” conquistadora. Se instaló en la sociedad que la creó, la idealizó y finalmente la consagró como un elemento sustancial de su naturaleza.

Así las prácticas asesinas siguieron contra los ovejeros, en su disputa con los ganaderos. Tuvo una gran instancia aparentemente institucional en la guerra del norte contra el sur, que tan acertadamente denominó Jauretche, la “guerra de las camisetas”. Y es así porque se perseguía y se consiguió el apoderamiento de los algodonales. Los esclavos siguieron y siguen tan esclavos como antes (a salvo los esfuerzos de Martín Luther King y otros héroes), esclavos de los que ahora ningún “dueño” se hace cargo, y son el nuevo blanco de los pistoleros.

Los tiroteos masivos se suceden uno tras otro, ya en forma bastante indiscriminada y cada vez más frecuente.

Quien quiera despegar estos asesinatos de las políticas económicas, imperialistas, educativas, internas y externas de los Estados Unidos del Norte de América, es porque quiere ser el mejor de los ciegos: el que no quiere ver un país de pistoleros.

Estas prácticas han sido y seguirán siendo auspiciadas por la Sociedad del Rifle, y el Ku Klux Clan residual.


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