Cerca de las estrellas

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

La Peña

Nueve hermanos nacieron ahí y crecieron en el mismo lugar. Una larga lista de recuerdos encierran las paredes anchas de adobe que aún permanecen en pie. Tal vez estén llegando al siglo de vida y la calidad de otros tiempos todavía las sostienen.

Esas mismas paredes, con algunos cambios, muestran la casa de hoy. Techos altos y detalles que hacían que el aire acondicionado no fuera necesario, siempre fresca.

Pasaron más de 20 años para volver a pisar la casa de mi abuelo, en Saujil, un pequeño pueblo agrícola cargado de encantos en Catamarca. El calor es intenso, pero más intensas son sus noches de luna llena, cargadas de estrellas y de luciérnagas que no detienen su vuelo por nada del mundo.

Ese fue el escenario de la familia de mi padre, fue el escenario de historias de trabajo, aventuras, estudios y felicidades llenas de picardías. También allí supieron seguir adelante en tiempos de frustraciones grandes.

Esa casa, a la que volví este verano, es la muestra de una historia, como la de muchas familias que crecieron gracias al esfuerzo, con mil obstáculos, pero fueron formando otras camadas capaces de mantener en pie miles de recuerdos.

Y vaya si hay recuerdos en ese escenario, casi media manzana por decirlo de algún modo es el espacio que ocupa la casa de mi abuelo paterno, el abuelo Fermín, que partió de este mundo pero dejó su sello en ese espacio. Ahí está todavía el horno de barro por donde pasaron los manjares más ricos, desde el pan lleno de aromas mañaneros hasta los lechones de cada navidad que eran un sello de Don Fermín, como solían decirle sus amigos y vecinos.

La casa de Don Fermín o el abuelo conserva todavía algunas de sus paredes anchas de adobe revocado, donde no pasaba el frío ni el calor, una especie de cielo raso de caña y una cubierta de cemento. No había goteras ni filtraciones, con eso bastaba para estar cómodos y confortables.

Treinta o cuarenta años después esa casa sigue en pie, conserva además del horno, lo que de niños llamábamos la pileta de los patos, vaya uno a saber por qué, donde increíblemente nos metíamos cuatro o cinco chicos a nadar como si fuera una pileta olímpica. No mide más de un metro cuadrado, pero la veíamos enorme. Hoy me pregunto cómo hacíamos para entrar en tan poco espacio.

Las nuevas generaciones hicieron cambios, pero tuvieron la genial idea de conservar pequeños grandes detalles que fueron parte de la vida de esa casa enorme, de galerías interminables, de puertas de madera de dos hojas, de una gran mesa de juego de lo que supo ser un bar donde fabricaban soda y naranjada, como la llaman todavía en la familia.

Ahí está la gran tinaja de barro donde el abuelo colgaba un cucharón de aluminio para servirse en un jarro de metal el agua más rica y más fresca que uno pudiera imaginar. La clave era servirse la jarra llena, tomar hasta donde uno quisiera y lo que quedaba usarlo para mantener siempre húmeda una lona similar a las que antes se usaban para las papas, que recubría la tinaja. Eso era garantía de frescura.

Pasaron muchos años para que volviera a ese lugar, mudanzas, tiempos complejos y mil factores más demoraron el regreso, pero fue como volver el tiempo atrás y sentir las estrellas, la luna, las luciérnagas que estaban al alcance de la mano. Entendí después de tantos años que el cielo en Saujil es más celeste, que las estrellas están más cerca y que entre tanta pared se guardan recuerdos que jamás podría olvidar.

Se respira todavía ese clima único de la casa del abuelo, o la casa de mi padre. Allí fuimos capaces de correr y jugar sin tiempos ni límites. Décadas después sentí la sensación de volver a estar cerca de las estrellas y tener las luciérnagas al alcance de la mano.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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