Cilia Flores, una combativa primera dama

Redacción

Por Redacción

La combativa abogada Cilia Flores es a Nicolás Maduro lo que la intransigente senadora Lucía Topolansky es a José Mujica. Ambas son mujeres de mucho carácter, aunque algo reservadas. Duras, dominantes, intransigentes, polémicas, vehementes y aguerridas que, desde hace años, acompañan a los presidentes de Venezuela y Uruguay, respectivamente. Con personalidad y vida pública propias, sin embargo. Con temperamentos muy fuertes. Y con una enorme influencia política directa sobre el pensar y el actuar de sus respectivos consortes. Para los venezolanos, la aparición de Cilia Flores, originaria del Estado de Cojedes, como “primera dama” del país es una nota casi inusual desde que ella viene a llenar un vacío que duró nada menos que nueve años, atento a que Hugo Chávez no tenía compañera oficial y que, al final de sus días, se recostó más bien sobre sus hijas Rosa Virginia y María Gabriela. A punto tal, que fue una de ellas la que, insólitamente, le impuso la banda presidencial a Nicolás Maduro, cuando éste (pese a las serias impugnaciones y abiertas acusaciones de fraude) se hizo cargo (al menos por ahora) de la presidencia de su país. A petición de Nicolás Maduro, ella no será llamada “primera dama” (como sería absolutamente normal) sino “la primera combatiente de la Patria”, en un mensaje agresivo, de raro contenido simbólico, si no semibélico. Flores es una abogada de 60 años, especializada en derecho penal y laboral, con una gran experiencia política. Fue diputada primero y luego (en reemplazo de Maduro, que había sido designado canciller) devino presidenta del Parlamento. Además fue procuradora de su país en el 2012, logrando el aplazamiento de la jura de Hugo Chávez por razones de salud. De decorativa, Cilia Flores, queda visto, no tiene absolutamente nada. Todo en ella es actividad y fervor. Es además incondicional al proceso ideológico en su momento iniciado por Hugo Chávez, con el que está absolutamente comprometida desde hace más de dos décadas cuando, con Nicolás Maduro, ella se sumó tempranamente al MBR-200, el pequeño grupo del que derivó luego el “chavismo”. En febrero de 1992, cuando el Chávez “golpista” fracasara, Cilia fue su abogada penalista tras su intentona revolucionaria contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. En 1994, con gran empeño, Flores obtuvo el indulto de Chávez de manos de Rafael Caldera, episodio catalogado como uno de los peores errores políticos cometidos en toda la historia venezolana. Flores es diez años mayor que Nicolás Maduro. Pero mucho más suelta –y mejor comunicadora– que él. En rigor, es su pareja, desde que no han contraído nunca matrimonio. Tampoco han tenido hijos. No obstante, Cilia tuvo tres hijos de un matrimonio previo con el diputado Walter Gavidia y se ocupa del hijo que, por su parte, tiene Nicolás Maduro. Un hueso duro de roer, en síntesis. Para no dejar de tener en cuenta nunca. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)


La combativa abogada Cilia Flores es a Nicolás Maduro lo que la intransigente senadora Lucía Topolansky es a José Mujica. Ambas son mujeres de mucho carácter, aunque algo reservadas. Duras, dominantes, intransigentes, polémicas, vehementes y aguerridas que, desde hace años, acompañan a los presidentes de Venezuela y Uruguay, respectivamente. Con personalidad y vida pública propias, sin embargo. Con temperamentos muy fuertes. Y con una enorme influencia política directa sobre el pensar y el actuar de sus respectivos consortes. Para los venezolanos, la aparición de Cilia Flores, originaria del Estado de Cojedes, como “primera dama” del país es una nota casi inusual desde que ella viene a llenar un vacío que duró nada menos que nueve años, atento a que Hugo Chávez no tenía compañera oficial y que, al final de sus días, se recostó más bien sobre sus hijas Rosa Virginia y María Gabriela. A punto tal, que fue una de ellas la que, insólitamente, le impuso la banda presidencial a Nicolás Maduro, cuando éste (pese a las serias impugnaciones y abiertas acusaciones de fraude) se hizo cargo (al menos por ahora) de la presidencia de su país. A petición de Nicolás Maduro, ella no será llamada “primera dama” (como sería absolutamente normal) sino “la primera combatiente de la Patria”, en un mensaje agresivo, de raro contenido simbólico, si no semibélico. Flores es una abogada de 60 años, especializada en derecho penal y laboral, con una gran experiencia política. Fue diputada primero y luego (en reemplazo de Maduro, que había sido designado canciller) devino presidenta del Parlamento. Además fue procuradora de su país en el 2012, logrando el aplazamiento de la jura de Hugo Chávez por razones de salud. De decorativa, Cilia Flores, queda visto, no tiene absolutamente nada. Todo en ella es actividad y fervor. Es además incondicional al proceso ideológico en su momento iniciado por Hugo Chávez, con el que está absolutamente comprometida desde hace más de dos décadas cuando, con Nicolás Maduro, ella se sumó tempranamente al MBR-200, el pequeño grupo del que derivó luego el “chavismo”. En febrero de 1992, cuando el Chávez “golpista” fracasara, Cilia fue su abogada penalista tras su intentona revolucionaria contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. En 1994, con gran empeño, Flores obtuvo el indulto de Chávez de manos de Rafael Caldera, episodio catalogado como uno de los peores errores políticos cometidos en toda la historia venezolana. Flores es diez años mayor que Nicolás Maduro. Pero mucho más suelta –y mejor comunicadora– que él. En rigor, es su pareja, desde que no han contraído nunca matrimonio. Tampoco han tenido hijos. No obstante, Cilia tuvo tres hijos de un matrimonio previo con el diputado Walter Gavidia y se ocupa del hijo que, por su parte, tiene Nicolás Maduro. Un hueso duro de roer, en síntesis. Para no dejar de tener en cuenta nunca. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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