Columna «En clave de Y»: La maga 01-11-03
Su llegada a mi vida fue impactante. Yo saludaba mis rosas naranja, cuando dijo: a mí también me gustan, pero más las rojas. De dónde salió este personaje, me pregunté en silencio. Como si estuviera leyendo mi alma, respondió: vengo de la luna; ahí duermo. No me pregunten cómo, pero lo supe: una bruja, una bruja en persona.
No, no me llames bruja. Ese es el lenguaje de los inquisidores. Yo soy una maga. Y no me mires con esa cara, es como tus amigos mapuches: no les gusta que los llamen indios, es el lenguaje de los conquistadores.
Y cuando dijo inquisidores sus ojos color tiempo fueron dos ranuras tristes, se retiraron a algún lugar dentro de ella misma, como hacen los gatos. Así empezó la cosa con la maga. Y qué hacés aquí, conmigo, yo creía que ustedes ya no existían, que era todo cuento…
Siempre estoy, me aclaró, y aparecí porque tuviste el atrevimiento de cambiar el nombre de una era, ¿te acordás? Cambiaste «Edad Media» por «Edad Mágica».
Como para olvidarme. Era uno de esos días en que el mundo tecnológico me superaba. Y me fui para una época injustamente llamada como un pasillo entre la Antigua y la Moderna. Así que en realidad, la convoqué, y desde entonces, la bruja -perdón, la maga-, ronda por ahí. Por aquí, por allá.
Meterse en el mundo mágico tiene sus problemas. Hay que aguantarla, porque maneja códigos que no son los nuestros, pero tiene que vivir aquí, y me cuenta que no es nada fácil, porque recibe mensajes confusos, una maga en el siglo XXI, y entonces me usa, sí, me usa de puente. Voy caminando y la siento: ese es mago. ¿¿Ese?? Sí, anda perdido como yo, acercate, está mezclado con agendas y aviones, pero es mago, te digo, vuela.
¿Como vos y el astronauta? Siento que toqué algo. ¿Y cómo sabés eso? Vamos, lo canta la Bersuit, un astronauta y una bruja viajan en una burbuja derechito para el sol…
El recuerdo le molesta. Este vuela, insiste… El tipo es normal, no se despega del piso, pero ella sigue: vuela con las palabras, con los colores, con la imaginación, ¿no te das cuenta? Y sí, en realidad tenía razón, porque la maga no portaba escoba ni vehículo alguno. Esos son inventos, me aclaró.
La historia de la magia la escribieron los que ganaron, inventando cosas terribles y cosas ridículas, como ese asunto de las escobas o los gatos negros. Ahí sus ojos color tiempo brillaron indignados. Las magas aman los gatos, que son mágicos a su enigmática manera, y no tienen problemas con el color negro ni con la oscuridad, porque ven perfectamente aunque no brille lámpara, fuego ni estrella alguna, es una cuestión mágica, me explica. Y sigue: vos tenés miedo de la oscuridad porque no ves, pero si hacés a un lado el miedo vas a darte cuenta que es el mismo mundo pero más íntimo, más para sentir que para hacer o mirar o describir. Para sentir, ¿me entendés?
Claro que entendía. Esta extraña habitual machaca y machaca las cosas hasta que parece que alguien te abriera el corazón o el alma -por ella me enteré que el alma puede estar cerrada, es decir, encerrada, y que sufre porque está hecha para volar, una cosita frágil y delicada que quiere espacio-, y díganme una cosa: entre el laburo, el vencimiento, el plomo del vecino, la estúpida de la cuñada, ese dolor que lo le encuentran la vuelta, el asalto al quiosco, ¿cómo encontrar un lugarcito para el alma?
Pero según la maga todo eso pasa por encarcelarla, porque el alma llora y se angustia, y su grito se convierte en aullido, como el viento cuando se lo mete en los pasillos o en el hueco del ascensor, cuando él es libre, como la magia y los gatos…
Cuánto que sabés, me admiro. Cuando hablo con vos, el mundo parece otro. Pero decime, y espero no molestarte. Con tanta sabiduría, ¿por qué las quemaban?
Sus ojos color tiempo se compadecieron de mi ignorancia. Por eso, dijo.
bebasalto@hotmail.com