Cómo se controla la seguridad en las represas de la región

Ante la posibilidad de que surja una falla en alguna de las nueve presas que están sobre los ríos Neuquén y Limay se requiere un control minucioso y con tecnología de punta. Las empresas aportan un millón y medio de pesos por año al organismo que las controla para reducir la probabilidad de accidentes, que serían catastróficos. El sistema nacional ya se puso a prueba con buenos resultados.

Por Redacción

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CIPOLLETTI (AC) – Sería catastrófico que cualquiera de las nueve presas que frenan el agua de los ríos Limay y Neuquén se rompiera. Las consecuencias son incalculables e irían mucho más allá de lo estrictamente regional. Todos los años, las cinco empresas que operan estas moles de la ingeniería invierten millones de pesos en la seguridad y auscultan permanentemente sus estructuras, bajo el control del Estado.

El sistema de control del Organismo Regulador de Seguridad de Presas (Orsep), cuya sede central está en Cipolletti, se puso a prueba este año y, por ahora, parece surtir efecto: hace cinco meses los indicadores de una central hidroeléctrica de Mendoza pusieron en alerta a los técnicos e inmediatamente se dispuso una reducción de su embalse y la puesta en marcha del denominado «plan de acción durante emergencias» (PADE), mientras especialistas internacionales averiguan qué fue lo que pasó.

Con estas cosas no hay vueltas: cuando un instrumento indica una falla y otro aparato lo corrobora, deben tomarse medidas.

La rotura de una presa no es una fantasía porque ha ocurrido y hasta en países muy desarrollados.

De todos modos, las nuevas tecnologías y el desarrollo del conocimiento permitieron reducir la estadística notablemente.

Los cientos de miles de personas que residen aguas abajo de las presas de la región deberían vivir con la certeza de que una catástrofe de este tipo es posible y prepararse para ello.

No obstante, a casi 30 años de la finalización de El Chocón ningún municipio tiene un plan para contingencias de este tipo, a excepción de Cipolletti, que recién este año comenzó a tratar de elaborarlo.

El poder de embalse de estas obras es enorme. Pueden frenar una cantidad de agua difícil de escribir: 80 billones de litros (una cifra que tiene trece ceros). La altura de todas sus presas, sumadas, es el equivalente 21 edificios de diez pisos.

Casi 20.000 personas murieron en todo el mundo como consecuencia de la rotura de presas en los últimos dos siglos.

No siempre la antigüedad de una presa tiene relación directa con la posibilidad de colapso. De hecho, en Tailandia hay una obra que data de 543 antes de Cristo y que sigue en funcionamiento.

En España, las presas Cornalbo (que tiene una altura de 19 metros) y Prosperina (24 metros), están en operación, 2.100 años después de su construcción.

La eventual rotura y colapso de El Chocón forma parte de las leyendas y de los miedos de los habitantes de Neuquén y el Alto Valle rionegrino.

Pero es cierto que El Chocón debió ser reparado porque la fundación (porción del terreno donde se asienta la presa) tenía fallas y fue necesario reparar lo que se denomina «cortina de inyección».

La obra de refacción de El Chocón finalizó hace apenas siete años, ya cuando la central estaba en manos de una empresa privada, que invirtió unos 15 millones de dólares en esa tarea.

Las presas pueden ser de varios tipos (materiales sueltos, gravedad, escollera, arco, contrafuertes).

Sobre los ríos Neuquén y Limay todas son de tierra, pero hay una, Piedra del Aguila, que fue construida con hormigón y tiene una altura de 170 metros.

Los peligros son diferentes, según el tipo de construcción, pero todas tienen, más o menos, el mismo tipo de sensores:

*Piezómetro: mide la presión y está colocado dentro de la presa y en su fundación.

*Asentímetro: mide unidades de longitud.

*Inclinómetro: mide los movimientos de la presa de acuerdo a la presión del agua.

*Péndulo: también mide la inclinación de la presa mediante un aparato que pende de una cuerda a través de un caño que atraviesa toda la presa, desde el coronamiento hasta la base.

*Péndulo invertido: es similar, pero al revés que el anterior, es decir: desde la base hasta el coronamiento.

*Extensiómetro: mide la característica de «deformabilidad» de la presa.

*Termómetro: obviamente, mide la temperatura.

Claro que un tablero lleno de relojitos y paneles, por sí solos, no da garantías de seguridad. «El que lee la pantalla tiene que saber si hay alguna combinación que indique una señal anómala y dar la información a los especialistas», que son, esencialmente, ingenieros, explicó el presidente del Orsep, Carlos Yema.

En un comienzo, las centrales que fueron privatizadas a partir de 1992 precisaron de inversiones varias veces millonarias que estaban previstas en los contratos de concesión.

Obligadas a invertir

Independientemente de estos gastos, las compañías están obligadas a invertir en la seguridad de las presas que operan.

Las empresas hidroeléctricas aportan entre un millón y un millón y medio a la Orsep para que este organismo controle las normas de seguridad de las represas ubicadas aguas arriba de los ríos Limay y Neuquén.

El mantenimiento de los sensores y su atención permanente requiere de inversiones permanentes que los concesionarios de las presas están obligados a realizar, lo mismo que cuando es preciso contratar consultores externos, que suelen ser extranjeros.

El Chocón goza de buena salud

CIPOLLETTI (AC) – Quizás por errores en su diseño o construcción, o porque no existían los materiales que ahora se manejan en el mundo, la presa de El Chocón tuvo una filtración a finales de la década del «80 que terminó de ser reparada con una obra de ingeniería asombrosa, en 1995.

El Chocón es una presa de materiales sueltos. Se construyó, como todas en su tipo, sin un gramo de cemento: todo es arcilla, limo, arena, grava y piedras de la zona donde está emplazada. Le debe su rigidez a un núcleo impermeable.

Pero antes de levantarse es preciso, como en una casa, asegurarse de que su fundación sea resistente. Ello se logra con la inyección, esta vez sí, de una mezcla líquida de gran contenido de cemento en la roca donde se asentará la presa.

Cuando la obra era administrada y operada por Hidronor se detectó que existía una filtración a través de esa «cortina de inyección» de la fundación.

La solución hallada por los especialistas consistía en la construcción de un túnel muy por debajo de la presa para poder inyectar esa mezcla, con materiales más modernos, desde aba-jo hacia arriba.

La obra finalizó en 1995. Para los concesionarios privados de la hidroeléctrica significó una inversión de 15 millones de dólares.

En Mendoza sonó la alarma

Los Reyunos es una central hidroeléctrica ubicada sobre el río Diamante, en Mendoza, en cercanías de San Rafael. Cuenta con una potencia instalada y un embalse de volumen comparables a Pichi Picún Leufú. En marzo fue necesario desagotarla drásticamente porque dos de sus sensores encendieron la alerta.

Todo comenzó a mediados del año pasado: un piezómetro, que mide la presión del agua sobre la estructura de la presa, comenzó a arrojar valores muy altos. La alerta se prendió cuando en marzo de 2002 otro piezómetro empezó a comportarse de la misma manera. Rápidamente, junto con el Orsep, se encaró una evaluación y se decidió consultar a un evaluador independiente. Llegó así al país Giovanni Lombardi. Este, está considerado como uno de los más notables especialistas del mundo.

Se decidió, como medida de prevención, la reducción del embalse. La medida provocó algunas inundaciones en zonas rurales y levantó enormes quejas de los productores. Por primera vez desde que existe en el país este esquema de seguridad de presas, se puso en marcha el PADE (plan de acción durante emergencias) y se calificó la situación de «nivel 1», que es el menos serio.

Con la reducción de la cota del embalse, quedó la presa preparada para hacer perforaciones de hasta 80 metros sobre la estructura para saber a ciencia cierta cómo se encuentra la obra.

fotos: El virtual desmoronamiento de la presa Teton, en Idaho, Estados Unidos, es un caso casi único en la historia de la hidrología. Ello, debido a que el fenómeno fue fotografiado en una secuencia que duró sólo doce horas.

La rotura (fue una «tubificación») se produjo en 1975 y causó pérdidas por dos billones de dólares en varias ciudades. Murieron once personas, que podrían haber sido muchísimas más si no se hubiera puesto en marcha un plan de emergencia. La catástrofe afectó 4.000 viviendas, que quedaron destruidas, al igual que 35 comercios. (AC)