Conspiraciones siniestras
Como era de prever, la «dureza» que han estado manifestando los directivos del FMI hacia la Argentina desde que a fines del año pasado su negativa a seguir enviándole dinero asestó una herida mortal al gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, ha servido para dar pie a una cantidad notable de teorías conspirativas. Según las más populares, el gobierno de Estados Unidos se ha propuesto barrer con la clase política argentina y, como si esto ya no fuera más que suficiente, también aprovechar la confusión resultante para apropiarse de buena parte de la economía nacional, hipótesis ésta que han formulado el ex presidente Raúl Alfonsín y otros representantes del populismo criollo. Por razones comprensibles, tales interpretaciones de los desastres de los meses últimos disfrutan de cierta popularidad entre los convencidos de que la Argentina es víctima del imperialismo ajeno, pero ocurre que no existen motivos para creer que las autoridades norteamericanas estarían dispuestas a prestarse a una maniobra tan ambiciosa que plantearía el riesgo de que el país cayera en manos de enemigos jurados de Estados Unidos, del capitalismo liberal y de la globalización, lo cual provocaría convulsiones en toda América Latina. En cuanto a la idea de que su objetivo principal consiste en preparar el terreno para una invasión de capitales, hasta ahora no se ha producido ningún indicio de que inversores de cualquier parte del mundo hayan sentido interés por las nuevas posibilidades locales. Por el contrario, los inversores que ya han probado suerte aquí están pensando en cómo salir.
Si bien no se equivocan por completo los que señalan que ciertas actitudes y la conducta de los gobiernos de los países ricos y del FMI, además de la evolución reciente de la economía mundial, han contribuido a agravar nuestra situación, no sirve para mucho atribuirlas a un plan premeditado emprendido por una versión actualizada de la «sinarquía» que en otros tiempos fascinaba a la derecha peronista. Tampoco ayuda la intervención de economistas extranjeros que por sus propios motivos se dedican a criticar con ferocidad la trayectoria del FMI, afirmando que casi todas sus recetas han resultado contraproducentes. Aun cuando tales disidentes estuvieran en lo cierto, poder achacar nuestros problemas a los eventuales errores conceptuales perpetrados por los técnicos del FMI o los funcionarios estadounidenses no equivaldría a solucionarlos. Antes bien, brindaría más armas a los comprometidos con intereses creados, en especial los políticos, que a pesar de la gravedad de la crisis siguen resistiéndose a considerar la posibilidad de que les correspondiera también a ellos pagar una parte sustancial de los costos de los cambios que conforme a todos son necesarios.
Nuestros dirigentes pueden protestar contra el orden mundial existente, la perversidad del «neoliberalismo» y las deficiencias, auténticas o meramente imaginarias, de gobiernos extranjeros e instituciones internacionales, pero no están en condiciones de modificarlos. Les guste o no, tanto ellos como el país tendrán que convivir con la realidad tal y como es, de suerte que es urgente que se pongan a pensar con más seriedad en lo que nos será posible hacer a fin de sustraernos al abismo en el que nos hemos precipitado. Mientras que para la cúpula actual del FMI y también para el gobierno estadounidense «fracasar» en la Argentina sería con toda seguridad desagradable y podría ocasionarles dificultades en sus respectivas internas, para los habitantes del país mismo resultaría una nueva catástrofe sin atenuantes. Por eso, es más preocupante la incapacidad evidente no sólo del gobierno de Duhalde sino también de los distintos sectores de la clase política nacional para reaccionar frente a la crisis, que la perplejidad igualmente evidente de los dirigentes extranjeros. Tener motivos para creer que tampoco en Washington se saben «las respuestas» puede resultar reconfortante para aquellos dirigentes que se las han ingeniado para protegerse personalmente contra las consecuencias concretas del desmoronamiento de nuestra economía, pero no sirve de consuelo para los millones que se han visto privados brutalmente tanto de su presente como de su futuro.
Como era de prever, la "dureza" que han estado manifestando los directivos del FMI hacia la Argentina desde que a fines del año pasado su negativa a seguir enviándole dinero asestó una herida mortal al gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, ha servido para dar pie a una cantidad notable de teorías conspirativas. Según las más populares, el gobierno de Estados Unidos se ha propuesto barrer con la clase política argentina y, como si esto ya no fuera más que suficiente, también aprovechar la confusión resultante para apropiarse de buena parte de la economía nacional, hipótesis ésta que han formulado el ex presidente Raúl Alfonsín y otros representantes del populismo criollo. Por razones comprensibles, tales interpretaciones de los desastres de los meses últimos disfrutan de cierta popularidad entre los convencidos de que la Argentina es víctima del imperialismo ajeno, pero ocurre que no existen motivos para creer que las autoridades norteamericanas estarían dispuestas a prestarse a una maniobra tan ambiciosa que plantearía el riesgo de que el país cayera en manos de enemigos jurados de Estados Unidos, del capitalismo liberal y de la globalización, lo cual provocaría convulsiones en toda América Latina. En cuanto a la idea de que su objetivo principal consiste en preparar el terreno para una invasión de capitales, hasta ahora no se ha producido ningún indicio de que inversores de cualquier parte del mundo hayan sentido interés por las nuevas posibilidades locales. Por el contrario, los inversores que ya han probado suerte aquí están pensando en cómo salir.
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