Contra el reloj

Aunque el país consiga "modernizarse", no existe garantía de que lo haga a tiempo para ahorrarnos el colapso.

Redacción

Por Redacción

Al gobierno del presidente Fernando de la Rúa le gusta dar nombres a su entender impresionantes a los acuerdos vinculados con la deuda externa con los que espera mantener a raya a la bancarrota, de ahí el «blindaje financiero» del año pasado que supuestamente nos salvaría de los acreedores y el «megacanje» que está arreglando con el mismo propósito Domingo Cavallo. Si bien la propensión así supuesta es comprensible en vista de la obsesión oficial con la imagen y de la virtual obligación de que intente hacer creer que sus derrotas son en realidad triunfos épicos, la decisión de exagerar el valor del «blindaje» resultó contraproducente al convencer brevemente a muchos de que en adelante no tendrían que preocuparse por asuntos engorrosos como el déficit fiscal. ¿Ocurrirá lo mismo con el «megacanje»? A juicio de los analistas financieros tanto aquí como en el exterior, es más que probable que sí debido en gran medida a la proximidad de las elecciones de octubre. Aunque es de esperar que se hayan equivocado los que suponen que durante la campaña los «dirigentes» se comportarán con irresponsabilidad suicida, la experiencia reciente hace pensar que están en lo cierto y que, una vez más, el país desperdiciará una oportunidad para poner sus finanzas en orden para que después tenga una posibilidad de emprender un proceso de crecimiento sostenible.

Con todo, hay algunos motivos para el optimismo. Al fin y al cabo, en el transcurso de los años últimos, la tan denostada «clase política» nacional se ha visto obligada a familiarizarse con la diferencia entre lo que podría considerarse deseable por un lado y lo que es posible por el otro. Por supuesto, muchos dirigentes veteranos, de los cuales los más destacados son Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, han persistido en negar que sea conveniente distinguir entre ellos y la verdad es que a esta altura sería difícil concebir una catástrofe lo bastante satisfactoria como para forzarlos a modificar su retórica populista, pero parecería que la mayoría de aquellos políticos que aspiran a cumplir roles significantes en el futuro ha entendido la necesidad de evolucionar con el tiempo. Puede que su progreso en tal sentido haya sido muy lento y que la campaña electoral provoque un retroceso, pero aún así parecería que han servido para algo las frustraciones que ha producido la gestión del presidente Fernando de la Rúa al enseñar a «los políticos» que gobernar supone mucho más que repartir beneficios entre sus allegados. Sean sinceras o no las manifestaciones de humildad de los que están haciendo gala de su conciencia de que no les será dado continuar como antes, el que tantos se hayan creído obligados a formularlas es de por sí una señal positiva.

Es de prever que tarde o temprano la «clase política» nacional logre alejarse de los credos anticuados de un pasado corporativo en el que la alternativa natural a la «dirigencia civil» consistía en las fuerzas armadas, las que, contra su propia voluntad, por lo común tuvieron que manejar la economía conforme a pautas «liberales». Las formas de pensar que se consolidaron en la Argentina semimilitarizada que se dio antes del desplome del Proceso están en la raíz de una proporción muy grande de sus problemas actuales. Eliminarlas no será fácil en absoluto. Asimismo, aunque el país finalmente consiga «modernizarse» en tal sentido de resultas del funcionamiento normal del sistema democrático, no existe ninguna garantía de que lo haga a tiempo para ahorrarnos el colapso económico generalizado que según los más pesimistas sobrevendrá a causa de la negativa de la «clase dirigente» a hacer frente a los límites fijados por la realidad económica. Como sabemos, en todas partes los «tiempos de la política» suelen ser llamativamente menos rápidos que aquellos de la economía: mientras que una persona inteligente puede necesitar varios años en que adaptar su pensamiento a circunstancias que le parecen radicalmente nuevas, una crisis económica inmanejable puede surgir en una cuestión de horas, motivo por el que sigue siendo muy grande el riesgo de que no sólo el presidente De la Rúa sino también muchos otros políticos resulten ser tan incapaces como fue Alfonsín en 1989 de hacer frente a las consecuencias concretas de sus propios errores, omisiones y prejuicios ideológicos.


Al gobierno del presidente Fernando de la Rúa le gusta dar nombres a su entender impresionantes a los acuerdos vinculados con la deuda externa con los que espera mantener a raya a la bancarrota, de ahí el "blindaje financiero" del año pasado que supuestamente nos salvaría de los acreedores y el "megacanje" que está arreglando con el mismo propósito Domingo Cavallo. Si bien la propensión así supuesta es comprensible en vista de la obsesión oficial con la imagen y de la virtual obligación de que intente hacer creer que sus derrotas son en realidad triunfos épicos, la decisión de exagerar el valor del "blindaje" resultó contraproducente al convencer brevemente a muchos de que en adelante no tendrían que preocuparse por asuntos engorrosos como el déficit fiscal. ¿Ocurrirá lo mismo con el "megacanje"? A juicio de los analistas financieros tanto aquí como en el exterior, es más que probable que sí debido en gran medida a la proximidad de las elecciones de octubre. Aunque es de esperar que se hayan equivocado los que suponen que durante la campaña los "dirigentes" se comportarán con irresponsabilidad suicida, la experiencia reciente hace pensar que están en lo cierto y que, una vez más, el país desperdiciará una oportunidad para poner sus finanzas en orden para que después tenga una posibilidad de emprender un proceso de crecimiento sostenible.

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