Contra los números
Al llegar a su fin el verano boreal, en muchos países europeos están reanudándose las manifestaciones callejeras en defensa de un modelo socioeconómico que, por motivos que tienen muy poco que ver con las cuestiones ideológicas que preocupan a políticos e intelectuales, ha dejado de ser viable. El martes pasado millones de franceses se movilizaron en París y otras grandes ciudades para repudiar el intento del presidente Nicolas Sarkozy de reformar el sistema previsional subiendo la edad de jubilación de 60 a 62 años. Si bien se trata de una propuesta decididamente modesta, ya que en Alemania no se puede cobrar una jubilación completa antes de cumplir 65 años, límite que pronto subirá a 67, la mayoría abrumadora de los franceses se opone a cualquier cambio. No le impresiona en absoluto el que, sin una reforma drástica, el sistema no tardará en estallar. Para los sindicalistas que están organizando las protestas y para los muchísimos ciudadanos que se sienten conformes con el statu quo, tales detalles carecen de interés, algunos porque quieren aferrarse cueste lo que costare al esquema generoso al que se han acostumbrado y otros que, a pesar de entender que es necesario modificarlo, participan de las manifestaciones so pretexto de que a su juicio el gobierno debería proceder de manera diferente. La razón por la que todos los sistemas previsionales del mundo desarrollado están en crisis es sencilla. Merced al progreso de la medicina y una calidad de vida envidiable, la edad promedio de la población ha aumentado tanto que son cada vez más los que esperan vivir veinte o treinta años de una jubilación estatal, mientras que la resistencia a procrear que es típica de todas las sociedades prósperas actuales sigue reduciendo la proporción de trabajadores activos que aportan a los fondos jubilatorios. Por lo tanto, sistemas que un siglo atrás pudieron haberse sostenido indefinidamente se han acercado, con rapidez desconcertante, al borde de la bancarrota. Frente a la realidad así supuesta los gobiernos tienen que elegir entre fingir creer que no hay ninguna necesidad de cambiar nada, alternativa ésta que por algunos años fue adoptada por los españoles, y reconocer que el problema es auténtico para entonces tomar las medidas correspondientes. En el corto plazo negar que haya un problema puede servir para ahorrarle a un gobierno conflictos pero, a menos que haya un salto muy poco probable de la productividad o una caída estrepitosa de la expectativa de vida acompañada por un aumento igualmente notable de la natalidad, el sistema no podrá sino desmoronarse, como en efecto ocurrió en nuestro país. Dadas las circunstancias, los gobernantes europeos tendrán que optar por un lado entre lo que podría calificarse de “una solución argentina” que consistiría en procurar apaciguar a los jubilados con promesas y declaraciones solidarias, sin por eso ir al extremo de darles el dinero adeudado –es decir, en estafarlos–, y por el otro, reformar el sistema antes de que sea demasiado tarde adaptándolo a la situación imperante. Sarkozy ha elegido la segunda opción, lo que ha brindado a sus muchos adversarios una oportunidad para personalizar el asunto, como si se tratara de un nuevo capricho de un mandatario que ha perdido popularidad, no de un problema muy grave que tendría que enfrentar cualquier gobierno, fuera conservador, progresista o centrista. En otras partes de Europa, sobre todo en aquellas en que la edad mínima para jubilarse ya es más elevada que en Francia, los contrarios a las reformas que están en marcha también se las han arreglado para acusar a los gobiernos de atentar contra los derechos adquiridos de la gente, pero hasta ahora las protestas han sido menos virulentas que las enfrentadas por Sarkozy, acaso porque, a diferencia de los franceses, los británicos, alemanes, holandeses y escandinavos propenden a ser más pragmáticos. En cuanto a los italianos y españoles, cuyas tradiciones políticas se asemejan más a las francesas, han recibido tantas malas noticias económicas últimamente que muchos habrán comprendido que no les queda otra alternativa que la de resignarse a años de estrechez, aunque, claro está, la conciencia generalizada de que el futuro será más duro que el pasado reciente no impedirá que se produzcan muchas protestas testimoniales en los próximos meses.
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