Crudo relato sobre infancia y delito en el Oeste
Habla la directora de la Escuela Nº 336, ubicada frente a una comisaría y en el área donde operan y se disputan el territorio grupos identificados como “Los Menducos” y “Los Champú”.
Luis García
NEUQUÉN.- En los barrios del Oeste neuquino, los niños viven en un clima de altísima violencia y maltrato. Así lo expresó la directora de la Escuela Primaria Nº 336 del Gran Neuquén Norte, Claudia Pérez.
Producto de los desmembrados núcleos familiares, desde la primera década de sus vidas, los niños son “adultizados”. Los más grandes deben hacerse cargo de sus hermanos menores. Las bandas delictivas los emplean desde chicos, actividad que es retribuida con alcohol y drogas, por lo que el consumo de estos es prematuro.
Para seguridad personal, algunos niños concurren a los establecimientos con armas blancas, en su mayoría, y de fuego, también. Atentan contra sus vidas con esta forma de vivir.
Las escuelas deben duplicar sus esfuerzos, ya no sólo para formarlos, sino también para brindarles la contención que no tienen en el ámbito familiar. “Siempre viendo cómo se mueren los pibes, si tienen suerte sobreviven, sino los perdemos”, comentó desde su experiencia la directora.
La escuela Nº 336 está ubicada frente a la Comisaría 18ª, pero también a una cuadra y media del centro de operaciones de la banda “Los Menducos”, que se disputa el poder territorial con “Los Champú”. Dentro de los 470 alumnos que concurren, la escuela recibe a chicos que están dentro de esas bandas.
“Si los pibes no mueren por la droga, que los quema y se vuelven irrecuperables, lo hacen por su actividad en la banda. Se matan entre ellos o los asesinan con impunidad”, sostuvo Pérez, quien tituló esta situación como “Crónica de una muerte anunciada: la de la infancia”.
Los menores se encuentran en una alta situación de vulnerabilidad. “Coquetean” con las bandas, buscando cuál les ofrece una mejor recompensa. Exponen aún más su vida a una venganza. Es una de las pocas vías que tienen para acceder a mejores zapatillas, celulares o drogas.
Integrantes de “Los Menducos”, liderados por la familia Santana, esperan cotidianamente la finalización del turno de la escuela primaria. Sin discriminar edad, ofrecen a los alumnos trabajar de “mulas”. Se trata del transporte de drogas o armas.
A cambio del servicio reciben distintos tipos de drogas: pastillas de venta recetada en farmacias, que son mezcladas con alcohol; pegamento, para inhalar; o marihuana, en el caso de que sea un trabajo importante. Otras, por su mayor costo, como la cocaína, son reservadas para los adultos.
La utilidad que tienen los menores es que son inimputables. “Los utilizan como escudo legal”, sostuvo Pérez, y explicó que ante estas situaciones el accionar policial queda limitado. También opinó que “muchas veces por portación de rostro, por el color, la policía para a los pibes y se producen abusos”.
“Con las bandas tenemos una lucha que la perdemos todos los días”, dijo la directiva. Admitió que la escuela no tiene ningún tipo de importancia para la familia de los niños.
La docente observa que este contexto es alimentado por las estructuras familiares. La mayoría de las parejas se encuentran separadas y los niños conviven sólo con uno de sus padres y sus hermanastros, productos de diferentes relaciones. Las familias son amplias y los padres están ausentes o trabajan la mayor parte del día.
Los hijos están a cargo del cuidado del hermano de mayor edad y quedan expuestos a la oferta laboral de las bandas o a las balaceras que periódicamente se producen. Por la responsabilidad que se les es asignada, muchos chicos viven armados.
“Las armas las traen los chicos como mecanismo de protección, es el modo de defenderse en el barrio, no es para usarlas dentro del establecimiento”, dijo la docente.
Aunque, explicó Pérez, no tienen miedo a usar las armas, no tienen escrúpulos, porque para ellos no tiene ningún valor la vida, nadie se lo inculcó y no tienen ejemplos visibles.
Carlos López
carloslopez@rionegro.com.ar
Jorge Gadano
jagadano@yahoo.com.ar
Luis García
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