Cuando los niños comen pasto para combatir el hambre
Por Florence Panoussian
Alguna vez considerado la Suiza de América Latina, el Uruguay se acerca peligrosamente al abismo, a tal punto que niños pobres de Montevideo no tienen otro recurso que escarbar basura y comer un puré sobre la base de pasto y sobras para sobrevivir.
La crisis económica, que se agrava desde hace cuatro años en este país de 3,3 millones de habitantes, es particularmente visible en los asentamientos populares como Conciliación, a unos 12 km del centro de Montevideo.
Desde los paupérrimos muros saltan a los ojos mensajes como «el gobierno hambrea el pueblo y salva a los bancos» o «devaluación = hambre», en referencia a la depreciación del 40% que el peso uruguayo sufrió desde el comienzo de este año.
Según cifras oficiales, el desempleo afecta a cerca del 16% de la población activa en el Uruguay, pero en Conciliación casi el 70% de sus 20.000 habitantes no tienen trabajo y muchos de los 850 niños de la escuela del barrio son víctimas de malestares los lunes al volver a clases, por la falta de comida durante el fin de semana.
La situación fue revelada por Martha Peigonet Ibarra, presidenta de la comisión de padres de alumnos, quien lanzó un dramático pedido público de ayuda y luego renunció a su puesto para no tener que cumplir con su compromiso de mantener el tema en sigilo.
«Yo no podía callar más frente a la desesperación de los padres, especialmente el fin de semana, cuando la cafetería escolar está cerrada y deben limitarse a hervir pasto y sobras que convierten en un puré para alimentar a sus pequeños», explicó a la AFP esta mujer de 46 años, desempleada y madre de tres hijos.
Con la ayuda del secretario de la comisión, Dardo Pereira, de 49 años, un obrero de la construcción también sin empleo, y otros padres, Martha instaló un «merendero», una sala para dar de comer a los niños y cocinarles platos para llevar a sus casas el sábado y domingo.
«Las donaciones comienzan a llegar, incluso del extranjero. Una ex maestra de la escuela que vive en Suiza nos envió 1.000 pesos (alrededor de 50 dólares al cambio actual) de comida», contó Dardo, entre algunos sacos de pasta, arroz, harina y leche, que guardan como reserva al lado de ropa, bombonas (garrafas) de gas e incluso una cocina nueva. Un utensilio que le vendría de perillas a José Luis Alvez, el «jefe» de la olla popular organizada desde hace dos semanas por unos cincuenta habitantes de Conciliación, sobre un terreno vacío donde los escolares escarban la basura.
Bajo la gélida lluvia del invierno austral, 200 niños y 70 adultos vienen a comer cada día bajo un contenedor, instalado muy cerca de la enorme olla que hierve sobre un fuego prendido sobre el suelo.
«Les preparo sopas, guisos (cocidos). La carne falta. En general nos dan sólo huesos», explica este inmenso mestizo de 42 años, obrero sin empleo que «adora cocinar» y a quien secundan dos profesionales, empleados hasta hace poco en un restaurante.
Patricia Denis, una mujer de 30 años con la boca ya sin dientes y con sus hermosos cabellos negros prematuramente blancos, viene cada día con sus seis hijos a este comedor popular.
«¡Esto me permite al menos alimentarlos! Estoy sin trabajo. Hasta ahora mi mamá nos ayudaba. Ella labura (trabaja) limpiando. Pero con la crisis, ella tiene cada vez menos» trabajo, explica mientras sostiene a su pequeña Sofía de 17 meses, dormida sobre su hombro.
Los voluntarios de la olla popular se turnan para cocinar, servir las comidas, pero también para recibir las donaciones en las casas, en los locales de los comerciantes y en los mercados de la ciudad. Uno de los voluntarios, Julio Martínez, de 45 años, está orgulloso de la organización puesta en marcha en tan poco tiempo, pero también muy preocupado: «Hay cada vez más personas, como estos tres hermanitos que se turnan para venir, puesto que tienen sólo un par de zapatos. ¡Y no veo nada bueno en el horizonte para el país!»
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