¿Cuánto importan hoy las Fuerzas Armadas?
La semana pasada, el presidente Macri cambió a la cúpula de las Fuerzas Armadas, pasó a retiro a más de treinta generales, almirantes y brigadieres y a nadie se le movió un pelo. La noticia fue relegada a un segundo o tercer plano, detrás de últimas revelaciones en la saga de la mafia de la efedrina, del triple crimen a la triple fuga, la corrupción policial y sus vínculos con el narcotráfico, la aprobación del presupuesto de la provincia de Buenos Aires, el aumento de los alquileres, la quiebra de la empresa aérea Sol y las nominaciones de este año para el Oscar. Obviamente fue más resonante y difícil la remoción de la cúpula de la Policía Bonaerense tras la recaptura de los sicarios Lanatta y Schillaci, que nos tuvo en vilo desde comienzos de año. El recambio de las cúpulas militares al inicio de cada presidencia tuvo trascendencia y alto impacto desde la recuperación de la democracia. Para Alfonsín representó la primera gran decisión que fijaba su autoridad como comandante en jefe y la voluntad de marcar un corte nítido con la estructura de mandos heredada de la dictadura. Sus primeras designaciones, en diciembre de 1983, determinaron el pase a retiro de gran parte del generalato y los almirantes y brigadieres. Por otro lado, cada nombramiento o remoción de un jefe del Ejército (fueron cinco en cinco años) fue un tema de primera magnitud y gravedad a lo largo de todo su mandato. Una instancia en la que, como lo cuenta el libro de Horacio Jaunarena “La casa está en orden” (Taeda), podía dirimirse la propia estabilidad institucional y la fortaleza o debilidad de la democracia frente a los condicionamientos del poder militar, incluyendo los levantamientos carapintadas, conspiraciones, provocaciones y resistencias. Lo mismo ocurrió cuando asumió Menem, que llegó al gobierno con el apoyo de los carapintadas y la promesa de darle un espacio al coronel Seineldín en la nueva estructura de mandos. La llegada del general Martín Balza a la conducción del Ejército terminó con esa connivencia y marcó el inicio de una nueva etapa de definitiva subordinación al poder civil y el Estado de derecho. Precisamente en estos días, Balza publica “Bitácora de un soldado” (Atlántida), libro de memorias en el que cuenta pormenores poco conocidos de aquellas trastiendas cívico-militares. Con De la Rúa y Duhalde, la conducción de las fuerzas tuvo un perfil más bajo pero no dejó de cobrar visibilidad y contener implicancias políticas, fuera respecto de los juicios de lesa humanidad como de las definiciones sobre la política de defensa o el presupuesto militar. Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia en el 2003 se produjo el mayor recambio en las cúpulas castrenses desde 1983: pasaron a retiro 27 generales, 13 almirantes y 12 brigadieres. Se leyeron en esta purga motivos políticos y personales: la decisión de avanzar a fondo con los juicios tras la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y la promoción a la jefatura del Ejército de un general –Roberto Bendini– a quien Kirchner conocía por su destino en Río Gallegos. Entretelones que cuenta Guido Braslavsky en “Enemigos íntimos. Los militares y Kirchner” (Sudamericana). Otro tanto ocurriría años después con Cristina Kirchner y la promoción del controvertido general César Milani, que introdujo la mayor politización del Ejército desde la recuperación de la democracia, con sus definiciones de adhesión al “proyecto nacional” y el sobredimensionamiento de la inteligencia militar. El presidente Macri designó ahora una nueva cúpula militar produciendo una importante renovación generacional y desplazando a los altos mandos que quedaban de la era kirchnerista. Los nuevos jefes del Ejército, general Diego Luis Suñer, de la Armada, vicealmirante Marcelo Hipólito Srur, de la Fuerza Aérea, brigadier Enrique Víctor Amrein, y del Estado Mayor Conjunto, general Bari del Valle Sosa, pertenecen a una generación de uniformados que no tuvo participación en la represión ilegal (los cuatro eran adolescentes cuando Videla, Massera y Agosti se instalaron en el poder a sangre y fuego el 24 de marzo de 1976, hace casi cuarenta años) e hicieron su carrera militar en democracia. Dos de ellos, el general Sosa y el brigadier Amrein combatieron en Malvinas. Sus designaciones implican el pase a retiro de dos decenas de generales, ascendidos bajo la impronta de Milani, por ser más “antiguos” que el nuevo jefe, a los que pueden sumarse algunos más. Es posible que pasen a retiro cerca de la mitad de los actuales 55 generales, almirantes y brigadieres. Los nuevos jefes representan una camada “profesionalista” en Fuerzas Armadas que vieron reducido su tamaño, presupuesto e influencia, depuradas de la formación autoritaria del pasado, desvinculadas de sus lastres ominosos, pero a las que los sucesivos gobiernos aún no lograron darles un perfil definido, con misiones y recursos adecuados y a la altura de los desafíos que el país tiene en materia de integración y desarrollo territorial, defensa nacional y seguridad regional e internacional. El gasto en Defensa es menor al 1% del PBI, por debajo del 1,7% promedio de las naciones sudamericanas. La totalidad de efectivos no llega a los 90.000 (65.000 del Ejército), la misma cantidad de la Policía Bonaerense. Que pocos tengan presente el nombre de los jefes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea es un indicador de lo que hemos avanzado en materia de consolidación democrática. Que ocurra lo mismo a la hora de explicar qué es lo que hacen y con qué recursos y capacidades cuentan las Fuerzas Armadas para cumplir con sus funciones es parte de las asignaturas pendientes de nuestra democracia en un mundo signado por turbulencias y conflictos. (*) Periodista y politólogo
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Fabián Bosoer – @fabianlautaro (Especial para Río Negro)
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