Cuatro roquenses que pasan parte de sus vidas sobre dos ruedas

Para hacer trámites, para devorar paisajes, para sentir la velocidad o para desparramar arte a otros pueblos. Coincidieron en que ésta es una manera de deslizarse por la vida donde todo fluye más fácilmente.



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La bicicleta no se ha hecho tan popular por azar ni por estar de moda. Hay una relación si se quiere evolutiva que nos hace adoptar los mecanismos más eficientes a nuestras necesidades culturales. El cuerpo humano es el motor más ecológico que existe. Si a su capacidad de generar trabajo le sumamos la maquinaria de una bicicleta estamos creando el medio de transporte más eficaz. Una bicicleta puede llegar a ser hasta cinco veces más eficiente que caminar.

Si se compara la cantidad de calorías quemadas en el ciclismo con las que quema un automóvil, la diferencia es asombrosa. Cien calorías puede alimentar un ciclista durante tres kilómetros, un coche sólo podría recorrer una distancia de unos 85 metros. Esto se replica proporcionalmente comparando con la natación, cabalgar, andar en moto o en tren.

De la misma manera que el amor es una cuestión química de feromonas y no de Cupido, nuestro cariño por la bicicleta es una cuestión de eficiencia mecánica.

Pero como los humanos somos un manojo de razón y emociones, y dado que las emociones tienen brotes verdes con flores lindo perfume y atraen a los pajaritos y las mariposas, decidimos explicar muchas cosas desde las emociones. De ahí que las pobres feromonas se tengan que disfrazar de niños obesos con alas y disparar flechas para explicar el proceso químico subyacente. Dicho de otro modo se nos da mejor la poética que la química y la prosa que la mecánica.

Lo cierto es que la bicicleta nos ha liberado del paradigma del animal bípedo erguido que deposita todo su peso sobre cada pie para recorrer un trayecto. Nos ofrece un mecanismo intermedio: seguimos siendo el motor pero a la vez abandonamos parte de nuestro peso. Un poco parecido a nadar porque nos deslizamos, un poco similar a volar porque nos pega el viento en cara.

Burlar la fuerza de gravedad es como escapar a una profecía bíblica y viajar sobre mullidas cámaras de aire es sinónimo de silencio, formando parte del paisaje y sintiendo que casi todo fluye más fácilmente.

2017, a doscientos años de la invención de la bicicleta, la pasión continúa.

andrés maripe

Julio González, la felicidad en dos ruedas

Julio descendía por un túnel oscuro y aterciopelado con una sensación de bienestar como nunca había experimentado en su vida. “¡Sesenta y tres! ¡Sesenta y tres pulsaciones doctor!”, repitió la enfermera y en ese momento abrió los ojos. Gracias a un marcapasos escapó de la caricia de una muerte clínica. “Si eso es la muerte está todo bien”, dijo Julio, acordándose de hace tres años, cuando el cuerpo le rendía cuentas.

Viene con varias magulladuras a cuestas. Dislocaciones de clavícula, esguince de muñeca y problemas en la pierna izquierda de cuando corría carreras de bicicletas en Uruguay. Pero así y todo, Julio piensa que a sus 90 años tiene saldo a favor.

En Roca todo el mundo lo conoce de verlo pasar en su bicicleta enfundado en su maillot de competición; desde los vecinos del centro, los obreros de las canteras de la barda norte hasta la gente de los barrios en la costa del río. Su cuerpo delgado y menudo es como la continuación de su bicicleta galguera, mientras pedalea armoniosamente, como deslizándose sobre el pavimento.

“Mis hijos no andan ni en monopatín”, dice riéndose, “pero mi nieto me salió bueno. Hace unos años con Diego agarrábamos las mountain bike y encarábamos para la barda norte y le enseñaba los rigores de las trepadas y el control en el vértigo de las bajadas. De ahí volvíamos llenos de experiencias y por supuesto de mucha tierra”.

Practicó tantos oficios como deportes: fue verdulero, jugador de fútbol como “Back”, repartidor de pan en carretela, pelotari de pelota vasca, obrero textil, jugador de bochas, canillita y pintor de altura.

Pero a sólo una cosa se mantuvo fiel: su amor por la bicicleta. Desde la primera, usada y reparada, que se compró a los 12 años con su sueldo en la verdulería, hasta su preferida la Bicental de medio fondo con cuadro inglés, con que corrió profesionalmente para los clubes Pirineo y Fénix de su Montevideo natal.

Si hay un lugar en el mundo donde soy feliz, confiesa Julio, es sobre el “sillín de la bicicleta”.

“Si fuera por mí, comería, dormiría y viviría sobre el asiento de la bicicleta”.

Julio González

Rafael Teixido, el titiritero trashumante

Rafael ya hace diez años que recorre los parajes y pueblos que rodean la Línea Sur rionegrina. Viajes solitarios sobre la meseta de Somuncura pero que inevitablemente al final del camino multiplican caras de asombro que estallan en carcajadas entre risas y miradas maravilladas.

Salones municipales y escuelas reciben su teatro ambulante de títeres arrastrado por su bicicleta “la andariega”, bautizada así en honor a la carreta del maestro Javier Villafañe, escritor, cuentacuentos y titiritero. Siempre prefirió las comunidades pequeñas para mostrar su arte pero no fue avaro con el mapa, conoció dieciocho países entre América y Europa para estudiar y presentarse en diferentes festivales.

Hace doce mil kilómetros que forman un solo equipo con su bicicleta. Durante los viajes sus marionetas descansan en el fondo de una valija y es “la andariega” manejada por las manos y potenciada por sus piernas la que se transforma en la protagonista sobre el inmenso escenario de la naturaleza. “Viajar en bicicleta es como ser parte del paisaje, los animales no escapan porque no sienten ruido de motor, las mariposas, que las hay por millones, te acompañan, los pájaros se pueden ver y sobre todo escuchar. Viajando en bici uno se da cuenta de la inmensa cantidad de cosas que no se ven cuando se lo hace en un auto u otro vehículo”.

En la ruta también hay piedras y espinas, pero lo bueno es que siempre se llega, reafirma Rafael. “‘La andariega’ nunca me dejó en el camino. Por eso siempre converso con ella, le doy ánimos y las gracias cuando llegamos a destino”.

“Viajar en bicicleta es como ser parte del paisaje, las mariposas, que las hay por millones, te acompañan...”.

Rafael Teixido

Susana Seifert, cicloviajera

Un viento fuerte y helado la sorprendió un día y Susana quedó tiritando, como queda cualquiera cuando la vida le arrebata un afecto. Hasta ese momento la bicicleta en la vida de Susana era sólo eso, una bicicleta. Pero a partir de allí comenzó a llamarse “la rusita” y su manillar fue un buen lugar al que aferrarse.

Siempre hizo ejercicio físico y como cosmetóloga de profesión tiene bien claro que el mejor maquillaje lo da la salud integral. Con sesenta y tantos años, Susana es una mujer vital y verborrágica y no cambia por nada la adrenalina que la invade en el porche de su casa, cuando cierra la puerta y se prepara para subirse a “la rusita” y emprender un nuevo viaje.

El primer trayecto largo que hizo fue a Las Grutas. No tiene miedo de viajar sola, pero tampoco improvisa. Viaja de día y planifica el recorrido en etapas de 60 km
– que a veces se extendieron a 160 km– marcando los lugares donde descansar. La gente de Medina ciclismo es la que la asiste técnicamente preparando la bicicleta e incluso con un curso intensivo, desde cambiar las cubiertas hasta armar y desarmar la bicicleta. No son los únicos que la cuidan, los camioneros y las camionetas de las petroleras también son sus ángeles de la guarda en el camino.

Una imagen de libertad. Ésa es la percepción que tiene Susana de una ruta que se pierde en el horizonte. De alguna manera se le hizo un paisaje adictivo pero no para marcar récords, sino para disfrutarlo cada kilómetro. No escucha música cuando pedalea, sólo el ruido del viento y el siseo de la cubierta sobre el asfalto. Todos sus sentidos están en el camino, en el paisaje que se desliza hacia atrás y en sus pensamientos.

Así pasaron días con sol, lluvias intensas y viento en contra. Pasaron Chile, Sierra de la Ventana, Copahue, Bariloche y Mendoza. Pero allá adelante, bien al sur, está El Calafate, un ansiado proyecto por la Ruta 40.

“Que la ruta se pierda en el horizonte es una gran sensación de libertad”.

Susana Seifert

Antonio Boglio, pedaleando la vida

La generación de Antonio no descarta las cosas cuando se estropean, se reparan, y en lo posible en casa. Por eso todavía tiene la bicicleta que su padre le regaló en 1930, a los 18 años, y también la primer bicicletita que le compró a su hijo Jorge. En el cuartito del patio guarda su bicicleta de trabajo y otra de repuesto, lista con las ruedas infladas.

Ahí mismo está su mesa de trabajo con una morsa y una piedra amoladora. “Son mi otra mano”, confiesa, orgulloso de sus herramientas. Por supuesto, sus bicicletas no van a la bicicletería por cualquier tontería, antes pasan por sus “tres ”hábiles manos.

Imposible no haberse cruzado a Antonio, hace 75 años que trabaja en la misma cuadra de la calle Tucumán entre Belgrano e Italia. Primero en dos tiendas y actualmente en una inmobiliaria.

Un día cualquiera de Antonio comienza a las seis de la mañana con mate, noticias y el resumen deportivo de su amado Racing Club. A las nueve ya está montado en la bicicleta recorriendo no menos de 5 km por día haciendo gestiones en bancos y oficinas públicas. Nada mal para un caballero de 87 años.

Recuerda el único accidente que tuvo a los 19 años cuando Roca era una ciudad de pocos autos, tan pocos que en realidad chocó con otra bicicleta. Una cicatriz en su frente todavía atestigua el golpe en la frente que dejó a los dos ciclistas desparramados en la calle.

Para Antonio la bicicleta no es un deporte, es parte de su ropaje, y montarse sobre su sillín es tan natural como quien se calza un par de zapatillas para salir.

En estos tiempos de objetos descartables, trabajos descartables y vidas sedentarias, Antonio lo refuta con una actividad envidiable, gracias seguramente a pedalear la vida como lo ha hecho.

“Me siento mucho mejor sobre la bicicleta que caminando”.

Antonio Boglio

Datos

2017, a doscientos años de la invención de la bicicleta, la pasión continúa.
“Si fuera por mí, comería, dormiría y viviría sobre el asiento de la bicicleta”.
“Viajar en bicicleta es como ser parte del paisaje, las mariposas, que las hay por millones, te acompañan...”.
“Que la ruta se pierda en el horizonte es una gran sensación de libertad”.
“Me siento mucho mejor sobre la bicicleta que caminando”.

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Cuatro roquenses que pasan parte de sus vidas sobre dos ruedas