El disparador: Max

Datos

Fue casi un año atrás. Caminaba por la playa cubana de Maguana, cerca de Baracoa. Creía que estaba solo pero de pronto me habló un tipo. Se llamaba Max y era francés. Compraba esmeraldas en Sudamérica y las vendía en Europa. “Acá tiran paquetes con droga al mar”, me dijo. Levanté la vista y desde lo alto de un acantilado nos miraban dos militares armados.
Esa tarde charlamos con Max y mi mujer. Después lo llevamos al hostal. Nos contó que en Asia casi se murió por un accidente en moto. Ver la cicatriz gigante en su pierna ya dolía. Al día siguiente pasamos por el hostal para despedirnos. Apareció con una resaca infernal. “¡Piutá, Maaax! ¡¿Qué hiciste anoche?!”, dijo. Como nos quedaba de paso, lo dejamos en la playa donde nos habíamos conocido.
Fue hace dos meses. No sé por qué busqué entre papeles el correo de Max. Le iba a escribir pero no lo hice.
Fue hace una semana. Estábamos en Barranquilla, en el departamento de un amigo. Apenas nos vio, una amiga de la mujer de mi amigo nos dijo: “¿Estaban en Cartagena el domingo pasado en un Crepes and Waffles almorzando?”. Con mi mujer nos reímos sin entender cómo era posible tal coincidencia.
Fue hace dos días. Llegamos a Santa Marta para hacer escala de una noche y seguir hacia la Ciudad Perdida. “Lulo”, leímos en un pizarrón que tenía varias palabras más. El conserje del hostal nos dijo que eran restaurantes recomendados. “En Lulo hay ceviche barato”, detalló. Y fuimos. Mientras esperábamos el 2×1 de mojito, escuché: “¡Maaax!”. Dejé el celular y la vi a mi mujer, que señalaba con su índice: “Ese era Max”.
En la calle había decenas de personas. Vi un tipo de espaldas, me paré y lo perseguí una cuadra. Me gustaba la idea de que fuera Max, aunque no se pareciera. “Ey, Max”, dije, tímido. El tipo, flaco y canoso, se dio vuelta: “Sí, soy Max”. Había tenido unos malos meses en París y hacía unos días que estaba en el Caribe para comprar esmeraldas. “Acá hay mucho ron y coca, tengo que parar”, dijo. Anotó mi mail y nos abrazamos con un entusiasmo desmesurado al despedirnos. Apurado volví a la mesa donde esperaba mi mujer. Esa cuadra fui pensando que ya se debía estar calentando el mojito.

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