«No hemos venido aquí a divertirnos»: una sátira sobre la hipocresía del mundo cultural en la era de la cancelación
“No hemos venido a divertirnos”, de la noruega Nina Lykke, satiriza la vacuidad y la hipocresía del mundo cultural. La autora del muy recomendable “Estado de malestar”, vuelve a hundir su dedo en la llaga en las contradicciones de la era de la cancelación.
“¿Por qué las personas que lo tienen todo a menudo no son tan felices como se pensaba que serían?”. Esa pregunta -llegada de uno de esos países que siempre encabezan los rankings de felicidad- fue la que llevó a Nina Lykke, noruega ella, a escribir “Estado de malestar”, una de las obras con la que divirtió -un poco amargamente- a los argentinos gracias a la publicación que trajo al país Gatopardo Ediciones. Luego llegó “No hemos venido a divertirnos”, por la misma editorial. Y otra vez, con esa combinación de sátira, humor negro y una mirada crítica sobre la clase media privilegiada de los países nórdicos, Nina Lykke dio en la tecla.
Ambas novelas, aunque centradas en personajes distintos —una médica de familia en crisis y un escritor cincuentón en franca decadencia—, dialogan entre sí en torno a un mismo eje: la fragilidad de las certezas en sociedades que se proclaman ejemplares, pero que esconden tensiones, soledades, patetismo del más bajo, y muchas -muchas- contradicciones.
En “No hemos venido a divertirnos” el protagonista es Knut, un escritor que alguna vez fue célebre por un best seller publicado veinte años atrás, pero que hoy es menos que una sombra de aquello: divorciado, solitario, con una relación distante con su hijo y una carrera literaria en ruinas. Su editorial rechaza sus manuscritos. Los críticos (blancos, de clase media) le reprochan que hable de la clase media blanca, pero, cuando al fin escribe una novela a partir del testimonio de otra persona, le devuelven el manuscrito. ¿El motivo? Resulta perturbador que un blanco escriba sobre un paquistaní. Y lo que es peor, la historia traumatiza al editor, nacido en Sri Lanka (tan cerca de Pakistán como Argentina de México), al punto de que se pide una licencia. La vida de Knut queda reducida a trabajos ocasionales y a la rutina del desencanto. De momento, sólo mira videos que alimentan su hipocondría y piensa en lo deprimente que sería volver a trabajar de ayudante en una residencia de ancianos, donde para ganarse unos pesos cambia los pañales a los habitantes.
La oportunidad de salir del pozo llega con la invitación a participar en un prestigioso festival literario. Pero, el evento se convierte en un campo minado: debe compartir mesa con el nuevo esposo de su exmujer y con una joven escritora que, en su última autoficción, lo retrata como un acosador.
El contraste entre su figura decadente y el entorno diverso -poetas kenianos, feministas con hiyab, escritores vegetarianos, conferenciantes trans- funciona como un espejo amplificador de la élite cultural, más preocupada por la corrección política que por la sustancia de la literatura. Pero, pese a su tono, éste no es un libro que pretenda ubicarse dentro de la llamada “guerra cultural”.
Lykke, siempre aguda, utiliza la ironía para desnudar la doble moral de ese establishment. El protagonista, gruñón y desfasado, se convierte en vehículo de una sátira que cuestiona tanto la autoficción como las dinámicas de poder en el mundo cultural.
En “Estado de malestar”, su anterior novela, la protagonista es Elin, una médica que, tras cometer un error en su matrimonio, ve cómo todo se desmorona. Se refugia en su consultorio y dialoga con un esqueleto de plástico. La novela, galardonada con el Premio Brage, expone la insatisfacción de una sociedad con las necesidades materiales cubiertas, pero atravesada por el vacío existencial.
Se respira un aire parecido en ambas novelas de Lykke: tanto Elin como Knut son personajes que encarnan la crisis de la clase media noruega. Ella, atrapada en la rutina de la medicina y la familia; él, en la decadencia de una carrera literaria que ya no encuentra lugar en un mundo del que no puede ni sabe formar parte.
La corrección política
Uno de los puntos centrales de “No hemos venido a divertirnos” es la reflexión sobre la autoficción. Knut es acusado en una novela que mezcla hechos reales con muchas escenas inventadas, y se pregunta hasta qué punto es legítimo exponer la vida privada cuando implica a otros. Lykke aprovecha esta tensión para cuestionar el rumbo de la literatura contemporánea. Lo hace decir a Knut cosas como esta: “Como los escritores de literatura basada en hechos reales quieren conservar a su cónyuge, a sus hijos, su círculo de amigos y sus bienes inmuebles, suelen andar con pies de plomo para no enemistarse con nadie. Por lo tanto, la literatura basada en hechos reales es el género más mentiroso de todos”.
El estilo de Lykke se caracteriza por un humor ácido que desnuda las contradicciones de la sociedad noruega. En “Estado de malestar”, la sátira se dirige al sistema de salud (el famoso estado de bienestar que se contrapone al título) y al ideal de la familia perfecta. En “No hemos venido a divertirnos”, el blanco es la élite cultural y sus rituales de corrección política. En ambos casos, la risa se congela a medio camino: lo que parece cómico se vuelve un trago amargo.
Nina Lykke nació en Trondheim en 1965 y creció en Oslo. Estudió diseño gráfico en Copenhague y trabajó como diseñadora antes de dedicarse a la literatura. Su debut fue en 2010 con la colección de relatos que aún no fue traducida, igual que su primera novela. En 2016 alcanzó notoriedad con “No y mil veces no”, un drama familiar que consolidó su estilo y que también se consigue en la Argentina (por Gatopardo).
“Estado de malestar” fue traducida a más de 18 idiomas y adaptada al teatro. Y luego, “No hemos venido a divertirnos”.
En ambas, Lykke expone con un humor oscuro -que a veces funciona como un espejo en el que nadie quiere mirarse y otras como un buen chiste negro-, la fragilidad de las certezas en sociedades que se proclaman ejemplares, y no pueden resolver sus contradicciones. Habla de Noruega, pero todos podemos reflejarnos.
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