Dátiles

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

De niña, curiosa e inquieta, me fascinaban los veranos con mis abuelos en La Rioja. Para ser más precisa, en Patquía, una ciudad de unos 1.800 habitantes. Los días eran lentos pero me divertía. Creo que era porque siempre descubría algo. También me llevaban a pasear. Como cuando fuimos a la Sierra de los Quinteros y por primera vez vi volar un cóndor.

Una tarde, mis abuelos estaban tomando mate bajo unas enormes palmeras. “Ella es Ruth”, me presentaron ante un amigo. Creo que me dio un poco de vergüenza porque no le di un beso. El señor, al que le decían Atilio, me preguntó por qué tenía las manitos pegoteadas. Le expliqué que había comido todo mi almuerzo y, entonces, me había ganado una ración doble de dátiles de postre. Y me los había comido todos, ¡qué ricos que eran!

“¿Vos sabés de dónde viene esa fruta tan dulce?”, me preguntó Atilio. Yo solo sabía que me los daban mis abuelos. Eso era suficiente. El hombre, que era bajito, menudo y muy didáctico, me explicó que los dátiles se comían mucho en el norte de África y que su nombre deriva de la palabra griega “daktilos”, que significa “dedo”.

Después me dijo que mis abuelos eran unos verdaderos afortunados porque habían podido cosechar los frutos. Sí, esos dátiles que tanto me gustaban… ¡los producían en un campo vecino! Eso me hizo sentir aún más orgullosa de mis abuelos.

Atilio siguió hablando. Me dijo que su padre le había dicho que quien siembra dátiles, a menos que sea alguien muy joven, no llegará a comerlos. Luego, con el tiempo, descubrí que eso era un poco exagerado: plantada de semilla, la palma datilera se demora unos diez años en dar los primeros frutos. Los dátiles más ricos suelen darse después de la primera década y hasta alrededor de los 80 años de vida de la planta, la cual puede seguir floreciendo varios años más aunque no dé frutos.

De tantos veranos y días que pasé ahí, esa tarde me quedó entre las más vívidas. Me acuerdo el contraste del mate amargo con los dátiles y, también, el énfasis que por momentos ponía Atilio. En realidad, yo nunca intenté plantar una palmera datilera; es más, las plantas que tengo en casa se me mueren.

Pero las palabras de Atilio siguen vivas. Vuelven cada vez que me encuentro empantanada. Puede ser lavando los platos, corrigiendo exámenes de la universidad o diciéndoles a mis hijos -uno es biólogo, el otro escritor- que no se desanimen frente a un proyecto de largo aliento o ante la incertidumbre. Como a ellos, a veces me parece que todo es inútil, una pérdida de tiempo o no entiendo por qué me demoro en avanzar.

Ahí, como un reflejo, vuelvo a sentir el contraste entre los dátiles dulces y mate amargo; y me acuerdo de Atilio, que me dijo que hay ideas que son como los dátiles: tardan tanto en crecer -si es que crecen-, que quien las siembra no verá sus frutos ni tampoco puede saber quiénes gozarán de ellos. Y -me aseguró él- eso puede aplicarse a muchas cosas en la vida, porque nosotros vamos sembrando mientras disfrutamos lo que otros sembraron.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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