De boca en boca
VIOLENCIA EN EL FÚTBOL
Las hordas actúan en forma indisciplinada y con violencia. Logran en su unión realizar actos que en forma individual no harían los sujetos integrantes de la misma. En otras palabras, cada uno de sus miembros pierde su subjetividad, deja de ser individuo para, entre todos, construir la subjetividad de la multitud y es por eso que las mismas impresionan tener individualidad propia. Esto intenta explicar cómo es posible que individuos de “vida social normal”, trabajadores, padres y madres de familia, se vean involucrados en desmanes, violencia y conductas inapropiadas. Hechos que se pueden observar en las tribunas de fútbol en todo nuestro país.
Lo que ocurrió en la cancha de Boca está muy lejos de este intento de explicación social. No fue una horda la responsable del problema. Fueron algunos individuos “organizados” que premeditaron lo ocurrido, preparando el material hiriente, buscando el momento oportuno y el sitio exacto para generar un daño. Es decir: éste no es un acto de la horda, éste es un acto delictivo vulgar y grave. Es igual que tirarle piedras a un vecino y lesionarlo, ni más ni menos (planteado desde una mirada ética y moral y no legal).
Consumado el delito, pero siempre desde el boca en boca, llamaron mucho la atención algunos eventos que, desde el sentido común, llevan a una reflexión. Éstos son: la autoridad de la cancha, los sistemas de contención y atención médica a las víctimas, la protección policial, el proceso de evacuación de los jugadores, el comportamiento del equipo anfitrión. Cada uno de ellos y de distinta manera fallaron, hicieron fallar y habilitaron todo lo sucedido, que a la postre terminó con la sorpresa colectiva de un pueblo amante del buen fútbol y de las buenas costumbres. Cada uno de los que tenían la responsabilidad de accionar frente a este suceso inesperado por todos (y programado por algunos) mostró inoperancia, improvisación y rebeldía a la autoridad, reflejo esto de lo que sucede en otros ámbitos de nuestra sociedad. Se intentará puntuar estos sucesos que quedaron en la retina de los espectadores y que invitan, como se señaló, a la reflexión.
En primer lugar, la autoridad de la cancha demostró que sólo pudo ejercerla cuando la pelota circulaba. Con pelota parada, la autoridad la tenía su empleador, representado por un veedor que por suerte logró comunicarse sin interrupciones por la telefonía móvil. Luego de mucho esperar, y de consultar a las víctimas “si podían seguir jugando” (algo inaudito, por cierto), se suspendió el partido. Mientras ocurría todo esto, el escenario que se mostraba por la televisión no tan pública resultaba más que bizarro. Este hecho, desapercibido por todos (o por lo menos no mencionado por el periodismo especializado), da una idea cabal de que el circo debe continuar, aun con los trapecistas ciegos y quemados.
La policía olvidó proteger la zona y realizar, como en las películas, un círculo con cintas de colores que pudiera proteger a las víctimas y resguardar el lugar para la obtención de pruebas que la Justicia reclamará de lo sucedido. Fue más que llamativo que, en vez de hacer esto, llevaron a los jugadores y víctimas al centro de la cancha. Lejos de los agresores que se encontraban libres detrás de una valla, la misma de donde había partido la sustancia misteriosa a la que rápidamente alguien denominó gas pimienta.
Las víctimas, en vez de ser atendidas por profesionales médicos especializados, fueron monitoreadas por médicos del control antidoping, es decir vigiladas para ver si mentían o no. Los lesionados nunca fueron atendidos por el servicio de emergencias con que todo evento debe contar en el lugar. Fueron mirados como “seres extraños” y con un intención sospechosa. Sin saber qué producto químico fue utilizado como “arma”, se les alcanzó agua con la intención de “lavar el daño”, desparramando más aún al elemento irritante por el resto del cuerpo. Lo más llamativo aún es que ni siquiera se les ofreció una camiseta o ropa limpia. Lo que dictaba el sentido común, y no la ciencia médica, era sacarlos de la cancha por el medio sanitario más adecuado y llevarlos a un lugar donde recibieran atención acorde a sus lesiones. Claro, no estaban en coma ni había sangre, por lo tanto allí quedaron, expuestos al medioambiente, sin atención médica y sometidos a la tensión de una nueva amenaza de agresión.
El miedo de los jugadores a salir de la cancha es entendible, sobre todo con la falta de recursos policiales presentes. Dice el boca a boca que eran muchos los policías cuidando la supuesta horda, que demostró no serlo ya que se retiraron de la cancha en silencio y paz, seguramente avergonzados. Los policías que se encontraban en el lugar del hecho no pudieron contener ni resguardar a quince personas. Tal vez una maniobra muy sencilla y rápida (que aparece en todas las películas que muestran evacuaciones) habría sido retirar, utilizando los escudos de tres o cuatro policías, a un jugador por vez. Se habría tardado exactamente 30 minutos, en el peor de los casos, en lograr ese objetivo. El túnel de escudos realizado no fue una obra de ingeniería, por cierto.
Lo más penoso y demostrativo del verdadero problema fue la actitud del equipo anfitrión. Los jugadores se quedaron en la cancha, con la intención de salir últimos de la misma. Como si con ello dijeran que son más o mejor, ¿que quién?, ¿a quién? Al retirarse, un líder negativo los reunió y los hizo aplaudir a los pocos simpatizantes que quedaban en la tribuna, habilitando con ese signo lo sucedido. Un saludo y aplauso que simboliza el alcance de la contaminación que existe en nuestro fútbol. Una actitud por demás injustificable y que queda sin sanción. La frutilla del postre fue la aparición del autor principal, vestido con gorro amarillo, de profesión panadero, con un discurso “armado” que insulta la inteligencia de un pueblo que ama un fútbol serio y responsable.
Se sancionó por fin a un club. Se sancionó a una “horda” que demostró civilidad y solidaridad al retirarse en forma pacífica y ordenada. No se sancionó a los delincuentes y tampoco se sancionó a quienes, mediante el uso de los símbolos, los habilitaron públicamente.
El espectáculo debe continuar, mencionó un director técnico, y lo hará. De boca en boca se supo todo. Ocurrió de todo, se hizo poco y es probable que no se haga nada con los responsables. De boca en boca pasará este evento al olvido, concentrados en discutir a quién le corresponden los puntos. Nadie se preocupará más por las víctimas. Ya están en la arena. Que siga el juego.
CARLOS R. NAVARRO
Médico especialista en Clínica Médica. Magíster en Educación
CARLOS R. NAVARRO