De Níger a Grecia

Por Redacción

Por ser el Fondo Monetario Internacional una entidad de alcance mundial que de una manera u otra suele involucrarse en las finanzas de más de un centenar de países, es sin duda legítimo que la directora del organismo, la francesa Christine Lagarde, piense más “en los niños que asisten a una escuelita en Níger… que en la gente de Atenas” que, a pesar de todo, dispone de recursos decididamente mayores. Asimismo, tiene razón al señalar que entre las causas de la situación catastrófica en la que se encuentra la economía griega está la evasión impositiva en gran escala. Con todo, al hablar de tal modo Lagarde cometió un error garrafal que podría incidir en las elecciones griegas que se celebrarán en un par de semanas y por lo tanto en el futuro de Europa y, cuando no, en las perspectivas económicas del resto del planeta. Como sus equivalentes de otras latitudes, los políticos griegos quieren convencer a sus compatriotas de que la crisis que se ha abatido sobre su país se debe a la maldad ajena, la que en su caso particular se ve representada por “la troika” conformada por el FMI, el Banco Central Europeo y la Unión Europea dominada por Alemania. Aunque a juzgar por los resultados de las elecciones del 6 de mayo la mayoría de los griegos entiende muy bien que los partidos tradicionales son culpables de lo sucedido, grupos ultranacionalistas e izquierdistas están procurando aprovechar el fastidio comprensible que tantos sienten para difundir la idea de que Grecia sea víctima de una gigantesca conspiración. En Grecia, lo mismo que en nuestro país, la clase política es notoriamente corrupta, mientras que abundan los empresarios y profesionales que durante años se han acostumbrado a evadir los impuestos, pero a quienes trabajan en relación de dependencia no les es dado emularlos, de ahí la indignación provocada por el comentario de Lagarde. Según parece, lo que se proponía era convencer a los votantes de que pase lo que pasare tendrían que resignarse al programa de austeridad draconiano que está en marcha, de suerte que no les serviría para nada apoyar al candidato de la izquierda radical Alexis Tsipras que intenta convencerlos de que los demás europeos preferirían darles el dinero que necesitan, a permitir que Grecia saliera de la Eurozona, apuesta ésta que muchos encuentran muy tentadora. Sin embargo, aunque es muy poco probable que los alemanes y otros aceptaran subsidiar indefinidamente a un país que ya se ha manifestado capaz de absorber cantidades colosales de dinero para que pudiera seguir como antes, la alternativa, que consistiría en un ajuste tras otro acompañados por el achicamiento constante de una economía en la que sólo este año ha visto caer el 25% el poder de compra del grueso de sus habitantes, tampoco parece realista. A esta altura, es razonable suponer que en el mediano plazo, a los griegos y a otros que están en una situación similar les convendría resucitar las viejas monedas, aun cuando los resultados inmediatos de una decisión en tal sentido serían con toda seguridad traumáticos, pero los gobiernos de los países aún solventes, comenzando con Alemania, quisieran que se restaurara el equilibrio perdido mediante la aplicación de programas de austeridad muy severos. El dilema que todos enfrentan sería menos alarmante si la Eurozona contara con una administración económica facultada para transferir recursos de las regiones más prósperas y productivas a las relativamente atrasadas, como ya sucede en los distintos países, pero tal solución requeriría un grado de solidaridad continental que aún no existe. Mal que bien, los bávaros no se sienten responsables por los destinos de los griegos o andaluces; están dispuestos a ayudar a sus compatriotas alemanes del Este, como los italianos del norte lo están cuando es cuestión de subsidiar, si bien a regañadientes, a los del sur, pero su generosidad se reduce mucho cuando se trata de quienes para ellos siguen siendo extranjeros. Desgraciadamente para los europeos de la periferia mediterránea, sus socios norteños sentirían más simpatía por aquellos “niños de Níger”, por los que Lagarde dice preocuparse, que por quienes acusan de ser holgazanes corruptos, adictos al clientelismo, cuyas penurias imputan no a un modelo económico nada realista sino a sus supuestas deficiencias morales.


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