Bases extranjeras: militarización y vulneración de nuestra soberanía

17 ago 2018 - 00:00

La Patagonia vuelve a ser objeto de atención internacional, luego de la instalación de una base china y una norteamericana en Neuquén. La primera, segunda base extranjera de investigación aeroespacial después de la europea en Malargüe, Mendoza (2012), fue autorizada en acuerdo de cooperación espacial entre la China Satellite Launch and Control General y la Conae argentina, suscripto por la expresidenta Cristina Fernández y Xi Jinping en el 2015 por 50 años. Ratificado por Mauricio Macri, quien a instancias del Congreso agregó un anexo, especificando que no será utilizada para fines militares, sino pacíficos (DLN 5/9/16). Depende del Ministerio de Defensa y forma parte del Programa Espacial que la elite burocrática ha diseñado para restaurar y legitimar el resurgimiento chino mediante la expansión de infraestructuras (Delgado México 2012), a fin de recuperar su antiguo status de potencia internacional (Goldstein 2005). A su vez se inscribe en “el nuevo sueño chino” de “one belt-one road” (una franja, una ruta), aludiendo a la antigua Ruta de la Seda, nueva conectividad compuesta por corredores económicos marítimos y terrestres, entre China, Eurasia, Oriente Medio, Europa, África y América Latina. China, tercer destino de exportaciones latinoamericanas después de Estados Unidos y Europa y segunda zona de inversión extranjera directa desde China, se vincula también militarmente mediante a) reuniones entre oficiales militares superiores, b) interacciones entre militares de bajo nivel y c) ventas militares (Dr. Evan Ellis, US Arm. 2010).

A diferencia de EE. UU., el involucramiento militar chino expansivo se puede decir que recién comienza. Las bases militares chinas fuera de su país son hechos recientes como la de Djibouti en África (2017) y la planeada en Gwadar, Pakistán. No obstante, la aeroespacial instalada en Neuquén no deja de ser una presencia militar extraterritorial concreta de observación del espacio remoto y cercano, que pone a nuestro país en medio de la disputa internacional con EEUU por la hegemonía global planetaria.

En cuanto a las bases norteamericanas de ayuda humanitaria de Chaco y Neuquén, financiadas por el Comando Sur (uno de los nueve del Pentágono), abortadas en el 2012 por oposición popular, es retomada Neuquén.

La invocada ayuda humanitaria responde al “Programa de fortalecimiento del sistema provincial de emergencias”, que fuera firmado con EE. UU. en el 2006. “De esta manera y enmascarando las reales intenciones se posibilitaba la entrada de dicho Comando en territorio argentino por la puerta de servicio”, afirma Elsa Bruzzone (historiadora), “(...) ocurrido con anterioridad en Ecuador, Honduras, Costa Rica, Paraguay y Colombia”.

Una historia de intervenciones

Estados Unidos comparte con América Latina y El Caribe una historia larga de intervenciones que inicia en 1822 al reconocerla como su área de influencia bajo el lema “América para los americanos” de la Doctrina Monroe. En 1848 invade México, quitándole California y Nuevo México. A fines del siglo XIX se apropia de Filipinas, Puerto Rico y Cuba. En las décadas siguientes intervendrá, más de 30 veces, países del Caribe. Recién en 1933 con D. Roosevelt, acuciado por los movimientos nacionalistas, plantea la política del “buen vecino” retirando tropas de esta cuenca.

En 1938 contaba con 14 bases militares en el planeta. Durante la Guerra Fría con la URSS, llega a establecer 32.000 bases, posicionándose como “gendarme del mundo”. En este período Cuba sufrirá un bloqueo económico y serán invadidas Guatemala, República Dominicana, Panamá, Granada y Nicaragua. Pasada la Guerra Fría, un escenario político multipolar deja a EE. UU. como potencia dominante. Las bases militares se reducen a un millar. El plan Puebla Panamá y el Colombia devinieron en incremento de la presencia militar norteamericana de vigilancia del territorio, con bases en Colombia (9), Honduras, Salvador, Aruba, Curazao, Puerto Rico, Ecuador, Costa Rica y Perú. La periodista Telma Luzzani contabilizó 37 en el 2012 y se supone un número semejante de no declaradas.

Hubo una metamorfosis experimentada por estos dispositivos estratégicos de defensa. Las MOB, Bases de Operaciones Principales, fortificaciones con soldados y acuerdos formales con cada Estado, se reducen por rechazo de la sociedad civil. Las FOL, Bases de Operaciones de Avanzada, tienen poco personal militar, pero capacidad inmediata de incrementarlo. Les suceden las CSL, Centro de Seguridad Cooperativa, ante las tensiones que despertaron las FOL por la presencia directa del ejército. Finalmente las COER, Centro de Operaciones de Emergencia Regional, de ayuda humanitaria por desastres, contra la droga o el terrorismo internacional, con pistas de aterrizaje o próximas a aeropuertos: “Poseen capacidad de transformarse, cuando las necesidades lo requieran, en centro de operaciones militares” (Luzzani).

Con este sistema, EE. UU. ha logrado establecer tres áreas de control 1) Centroamérica, Golfo de México y El Caribe; 2) La cuenca amazónica; 3) La Triple Frontera, Patagonia y Antártida. La Base Estigarribia de Paraguay (frente al Acuífero Guaraní) es punta de lanza junto a las proyectadas en Brasil y Argentina (Misiones/Chaco/Salta/Jujuy). Al sur, Neuquén por hidrocarburos. Las bases de Tierra del Fuego, de la OTAN en Malvinas y Concón en Chile, cubren la confluencia del Atlántico/Pacífico y la Antártida.

Cerca de riquezas estratégicas

Confirmando las sospechas, Ana Ceceña, economista mexicana, elabora un mapa de concentración de cuatro grandes riquezas estratégicas del planeta: agua, petróleo, biodiversidad y minerales, que luego superpone a la ubicación de las bases norteamericanas en América Latina y comprueba que cada una de ellas se halla ubicada frente a uno o varios de estos recursos estratégicos. El proceso de militarización se sobrepone al mercado como factor de ordenamiento social y dominación, desideologizando las fuerzas armadas nacionales, naturalizando la presencia extranjera y construyendo legalidad por encima de las normas constitucionales y la soberanía para legitimar intromisiones (Ceceña, 2009). La Seguridad Nacional, influenciada por la Seguridad Hemisférica estadounidense, termina siendo su reflejo. Desdibuja las funciones de las FF. AA. reorientándolas a la seguridad interna y ayuda humanitaria, proclive a extenderlas a inteligencia contra personas partidos o movimientos disidentes (decreto 683/2018).

Volviendo a la Patagonia, resulta sugestivo el informe del corresponsal Larry Rohter en “The New York Time” de agosto del 2002 presagiando su separación del resto del país. El diario “Río Negro” dio lugar entonces a la publicación de un sinnúmero de artículos de actores sociales diversos que coincidieron en desmentir esa interpretación tendenciosa y en no considerarla una simple información errónea.

En línea con la extranjerización del territorio se iban realizando ventas importantísimas de tierras patagónicas a magnates extranjeros (Benetton, Douglas Tompkins, Lewis, Turner, Soros, Suchard). Lugares estratégicos, rodeados de agua y otras riquezas naturales a ambos lados de la cordillera.

Recién en el 2011 se sanciona la ley 26737 de protección de tierras rurales, previniendo la extranjerización. Hoy, en consonancia con la apertura económica y el realineamiento con EE. UU. y Gran Bretaña, el Congreso debate la propuesta del Ejecutivo de modificar la ley, que amenaza romper con los límites de ventas de hectáreas, ampliar los beneficios a sus compradores y acceder a mejores ubicaciones sin restricciones (Magdalena Odarda, diario “Río Negro”, 6/8/18).

Nuestro patrimonio y la soberanía nacional han sido vulnerados. Es necesario informarse, alertar y movilizarse en su defensa. La militarización encubierta de control del territorio y apropiación de los recursos es otra vuelta de cordón en el cuello a la autodeterminación y la paz de los pueblos que viven en paz, y tendrá que ser rechazada.

*Docente e integrante de la Comisión de Estudios Históricos de General Roca

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