Después de Kirchner

Redacción

Por Redacción

La muerte súbita, pero en vista de sus antecedentes médicos no muy sorprendente, del ex presidente Néstor Kirchner ha cambiado de manera drástica el panorama político del país. Si bien la notable “vocación de poder” del santacruceño le permitió poner fin a un período de gran inestabilidad y acercarse al fin de su período presidencial con un nivel de aprobación envidiable, también contribuyó a asegurar que su fallecimiento dejara un vacío peligroso al debilitar o hacer perder autoridad a instituciones tan básicas como el Congreso nacional y la Corte Suprema, fracturar su propio partido y provocar una multitud de conflictos al impulsarlo a embestir una y otra vez contra el campo, sectores empresariales y muchos medios de difusión, en especial los vinculados con el Grupo Clarín. Que ello haya sucedido fue en cierto sentido previsible. Mal que bien, en el 2003 el país entero reclamaba un “presidente fuerte” capaz de restaurar el orden, pero no contaba con las instituciones necesarias para asegurar que una persona con el carácter necesario para hacerlo siempre respetara los límites propios de una sociedad democrática, con el resultado de que, luego de completar con éxito la tarea que le fue confiada, Kirchner siguió intentando imponer lo que tomaba por orden en ámbitos, como el mediático, que no deberían someterse a los dictados del gobierno de turno. Andando el tiempo, el famoso “estilo K” dejó de beneficiarlo, pero aun cuando haya entendido que su agresividad constante le costaba el apoyo de franjas cada vez más anchas, no le fue dado abandonarlo. Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la muerte de su marido ha sido un golpe cruel no sólo porque la ha privado de quien compartió su vida durante 35 años sino también porque hasta las 9:15 de ayer había sido la figura dominante de su gobierno, el hombre que manejaba la economía, elegía en efecto a los ministros, secretarios y subsecretarios y se encargaba de manera muy personal de las relaciones con aliados políticos y sindicales clave, entre éstos el camionero Hugo Moyano. Si bien en algunas oportunidades Cristina se negó a complacerlo, como según se informa hizo cuando le pidió renunciar luego del voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos que sirvió para desactivar la situación explosiva causada por el enfrentamiento con el campo, no es ningún secreto que el ex presidente llevaba la voz cantante en el gobierno que ella formalmente encabeza. He aquí el motivo por el que se ha difundido la sensación de que la muerte de Néstor Kirchner podría desatar una crisis política de proporciones. De haberse limitado a desempeñar el papel del “primer ciudadano”, el dolor que con toda seguridad siente Cristina en estos momentos tan ingratos sería el de cualquier esposa en un trance parecido, pero por desgracia la presidenta tendrá que tomar en cuenta las inevitables repercusiones políticas. En países como el nuestro de instituciones débiles, la desaparición física de un caudillo como Kirchner siempre tiene consecuencias traumáticas. El poder político depende tanto de las características de una sola persona que reemplazarlo pronto es virtualmente imposible, sobre todo si, como en su caso, nunca quiso que nadie fuera tomado por su delfín. Para hacer más inquietante la situación que se ha creado, estamos a comienzos de un largo proceso electoral en que abundan los precandidatos, los distintos partidos políticos están ocupados con sus propias internas y el “modelo” socioeconómico que los Kirchner heredaron del ex presidente provisional Eduardo Duhalde, el que lo construyó sobre las ruinas que fueron dejadas por el colapso de la convertibilidad, una devaluación brutal y la pesificación asimétrica, parece haberse agotado. Con tal que colaboren el gobierno de Cristina y la oposición moderada, el país podría ahorrarse una crisis atribuible a una combinación nefasta de incertidumbre política, agravada por la muerte del “hombre fuerte”, y tensiones económicas crecientes. Es de esperar que pronto se den señales de que los protagonistas de la vida política nacional entienden muy bien que a todos les convendrían superar viejos rencores. Por cierto, no es hora para que los ambiciosos traten de hacer suya la consigna “dividir para reinar” que tanto ha contribuido a la atomización política del país.


La muerte súbita, pero en vista de sus antecedentes médicos no muy sorprendente, del ex presidente Néstor Kirchner ha cambiado de manera drástica el panorama político del país. Si bien la notable “vocación de poder” del santacruceño le permitió poner fin a un período de gran inestabilidad y acercarse al fin de su período presidencial con un nivel de aprobación envidiable, también contribuyó a asegurar que su fallecimiento dejara un vacío peligroso al debilitar o hacer perder autoridad a instituciones tan básicas como el Congreso nacional y la Corte Suprema, fracturar su propio partido y provocar una multitud de conflictos al impulsarlo a embestir una y otra vez contra el campo, sectores empresariales y muchos medios de difusión, en especial los vinculados con el Grupo Clarín. Que ello haya sucedido fue en cierto sentido previsible. Mal que bien, en el 2003 el país entero reclamaba un “presidente fuerte” capaz de restaurar el orden, pero no contaba con las instituciones necesarias para asegurar que una persona con el carácter necesario para hacerlo siempre respetara los límites propios de una sociedad democrática, con el resultado de que, luego de completar con éxito la tarea que le fue confiada, Kirchner siguió intentando imponer lo que tomaba por orden en ámbitos, como el mediático, que no deberían someterse a los dictados del gobierno de turno. Andando el tiempo, el famoso “estilo K” dejó de beneficiarlo, pero aun cuando haya entendido que su agresividad constante le costaba el apoyo de franjas cada vez más anchas, no le fue dado abandonarlo. Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la muerte de su marido ha sido un golpe cruel no sólo porque la ha privado de quien compartió su vida durante 35 años sino también porque hasta las 9:15 de ayer había sido la figura dominante de su gobierno, el hombre que manejaba la economía, elegía en efecto a los ministros, secretarios y subsecretarios y se encargaba de manera muy personal de las relaciones con aliados políticos y sindicales clave, entre éstos el camionero Hugo Moyano. Si bien en algunas oportunidades Cristina se negó a complacerlo, como según se informa hizo cuando le pidió renunciar luego del voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos que sirvió para desactivar la situación explosiva causada por el enfrentamiento con el campo, no es ningún secreto que el ex presidente llevaba la voz cantante en el gobierno que ella formalmente encabeza. He aquí el motivo por el que se ha difundido la sensación de que la muerte de Néstor Kirchner podría desatar una crisis política de proporciones. De haberse limitado a desempeñar el papel del “primer ciudadano”, el dolor que con toda seguridad siente Cristina en estos momentos tan ingratos sería el de cualquier esposa en un trance parecido, pero por desgracia la presidenta tendrá que tomar en cuenta las inevitables repercusiones políticas. En países como el nuestro de instituciones débiles, la desaparición física de un caudillo como Kirchner siempre tiene consecuencias traumáticas. El poder político depende tanto de las características de una sola persona que reemplazarlo pronto es virtualmente imposible, sobre todo si, como en su caso, nunca quiso que nadie fuera tomado por su delfín. Para hacer más inquietante la situación que se ha creado, estamos a comienzos de un largo proceso electoral en que abundan los precandidatos, los distintos partidos políticos están ocupados con sus propias internas y el “modelo” socioeconómico que los Kirchner heredaron del ex presidente provisional Eduardo Duhalde, el que lo construyó sobre las ruinas que fueron dejadas por el colapso de la convertibilidad, una devaluación brutal y la pesificación asimétrica, parece haberse agotado. Con tal que colaboren el gobierno de Cristina y la oposición moderada, el país podría ahorrarse una crisis atribuible a una combinación nefasta de incertidumbre política, agravada por la muerte del “hombre fuerte”, y tensiones económicas crecientes. Es de esperar que pronto se den señales de que los protagonistas de la vida política nacional entienden muy bien que a todos les convendrían superar viejos rencores. Por cierto, no es hora para que los ambiciosos traten de hacer suya la consigna “dividir para reinar” que tanto ha contribuido a la atomización política del país.

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