Después del triunfo de Obama

Por Redacción

Acaso por prever que los republicanos –enojados porque creen que el sistema político estadounidense está sesgado en su contra puesto que, a pesar de superar a Mitt Romney por pocos votos en el país en su conjunto, Barack Obama consiguió una victoria aplastante en el colegio electoral– serán aún más reacios que antes a colaborar con la administración demócrata, todos los mercados bursátiles del mundo reaccionaron negativamente frente al resultado de las elecciones que acaban de celebrarse. Aunque según la mayoría de las encuestas siempre era probable que Obama conservara su empleo, parecería que por lo menos algunos habían previsto que ganara el republicano. De todos modos, el nerviosismo exhibido por los mercados puede considerarse lógico. Estados Unidos se ha acercado peligrosamente al “abismo fiscal”: a menos que los legisladores de ambos grandes partidos alcancen un acuerdo, el año próximo habrá un fuerte aumento impositivo combinado con una reducción repentina del gasto público. En tal caso, podría frenarse abruptamente la recuperación lenta pero así y todo promisoria de la economía de la superpotencia, revés que tendría un impacto muy doloroso en Europa, que desde hace años tambalea al borde de una catástrofe, el Japón, que también está en apuros, y China. En la fase concluyente de la campaña electoral norteamericana, ambos candidatos procuraban subrayar su propio optimismo. Obama tuvo que hacerlo por razones evidentes, ya que defendía su propia gestión, mientras que Romney se esforzaba por convencer a los votantes de que, si ganaba, le resultaría relativamente fácil corregir las distorsiones que atribuía al presidente actual. Así, pues, los dos minimizaban la gravedad de los problemas que Estados Unidos tendrá que enfrentar en los cuatro años próximos. Estarán en lo cierto los republicanos que advierten que sería muy peligroso permitir que la deuda pública continúe aumentando, pero también lo estarán los keynesianos que dicen que un ajuste prematuro podría resultar contraproducente. Por lo demás, sería claramente mejor que los legisladores republicanos y demócratas procuraran cerrar filas en torno a lo que tienen en común, aunque sólo fuera con el propósito de brindar una impresión de seriedad y de tal modo estimular la confianza de los preocupados por la parálisis política del país que sigue siendo el más poderoso y más influyente de todos, pero parecería que están más interesados en llamar la atención a sus diferencias. A juicio incluso de muchos simpatizantes, la primera gestión de Obama resultó ser decepcionante, en parte porque ningún presidente, por carismático y talentoso que fuera, podría ponerse a la altura de la retórica electoralista que lo ayudó a triunfar en noviembre del 2008, pero también porque parecería que no le interesan demasiado los detalles administrativos; dicho de otro modo, le gusta más reinar que gobernar. Ya concluido lo que será su última campaña presidencial –a pocos norteamericanos se les ocurriría fantasear con un “Obama eterno”–, tendrá que preocuparse por su legado histórico. Por lo general, el segundo período en el poder de aquellos presidentes norteamericanos que han conseguido la reelección, como Bill Clinton y George W. Bush, ha sido menos innovador que el primero, puesto que se han conformado con desempeñar tareas que ya les son rutinarias y con defenderse contra críticos decididos a aprovechar cualquier oportunidad para incomodarlos. Pero es poco probable que Obama pueda darse el lujo de dormir en los laureles que ha conseguido. De resultas del dinamismo propio de Estados Unidos, el país que ha contribuido más que ningún otro al progreso tecnológico y al desarrollo del sistema económico cada vez más globalizado que está en vías de consolidarse, el mundo entero ha entrado en una época tumultuosa en que los resueltos a resistirse al predominio de la superpotencia, cuando no a todos los cambios culturales, sociales y políticos que está impulsando la modernidad occidental, redoblarán sus esfuerzos por aprovechar al máximo cualquier síntoma de debilidad que detecten en Washington. Así las cosas, los desafíos enfrentados por Obama no son menores que los que le esperaban hace cuatro años cuando, en medio de una crisis financiera y económica fenomenal, se preparaba para iniciar su primera gestión.


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